Dylan. Un Nobel cantado
Claro García ve reconocido con este Nobel a Dylan su modo de vida, su modo de entender la poesía, una poesía sin metáforas que arraiga en la vida
![[Img #24910]](upload/img/periodico/img_24910.jpg)
Para Luismi Alonso Guadalupe
La primera vez que escuché a Bob Dylan intuí que ya nada sería igual en mi vida, que estaba asistiendo a un encuentro que cambiaría mi forma de entender la literatura y la música, lo que en aquellos tiempos formaba parte sustancial de nosotros, como el pelo largo o las botas camperas. Toda una generación nos sentimos deslumbrados por un tipo que parecía estar tocado por una luz divina y que con una voz imposible escupía metáforas que dinamitaban el orden del sistema y el de la poesía. Dylan escribía de una forma que nos impresionaba. Metáforas que te rasgaban la piel y que te arrancaban el corazón.
Formados y deformados por los clásicos, constreñidos y aplastados por un academicismo inmóvil en el que no nos veíamos reflejados, muchos descubrimos en sus letras, en su poesía y en su comportamiento, que otra vida era posible y, sobre todo, que existía otra forma de escribir. Y escribir, en aquellos años era respirar. Escribir era vivir.
Nos deslumbró la manera de la que hablaba de los grandes sentimientos a través de las pequeñas cosas, o de las cosas pequeñas. La solemnidad y el academicismo saltaron por los aires y se reblandecieron bajo la lluvia y luego fueron arrastrados por el viento hasta las fronteras del Norte donde los vientos pegan fuerte y donde vive la chica a la que aún quieres. Dylan aireó a verso limpio los salones cerrados de nuestro corazón y nos dotó de una libertad inimaginable en aquel entonces. Mucho antes de que aquí llegasen las libertades políticas, Bob Dylan nos había regalado las libertades poéticas. Y creo que no es cierto, como se ha venido diciendo estos días, que Dylan haya colocado la poesía en lo más alto; todo lo contrario: la hizo descender de donde la tenían secuestrada para ponerla a nuestra altura, para hacerla más nuestra, más cotidiana, más en minúsculas. Una poesía poblada de objetos y lugares que normalmente no aparecían en los poemas: moteles, autobuses, fábricas, autopistas, esquinas y callejones. Inventó y cantó con todo detalle un mundo real que, por cotidiano, resulta fascinantemente poético porque habla de nosotros, de lo que sentimos y de lo que somos, y porque no utiliza metáforas para hablar de la realidad, sino que la realidad la constituyen las propias metáforas. Esa era la diferencia. Una de ellas.
En los años 60 del siglo pasado, Bob Dylan situó la poesía en el Siglo XXII y abrió la puerta de un mundo que desconocíamos. Por esa puerta entró una nueva forma de sentir, de mirar y de vivir. La puerta, décadas después, sigue abierta a la fascinación, al inconformismo, al talento y a los sentimientos. Dylan creó un mundo, y en ese mundo que he hecho mío, me apetece vivir porque él lo ha hecho más hermoso y más llevadero con sus canciones. Todo lo que escribió ha terminado por ser cierto: para mí, el amor inalcanzable vivirá para siempre en la frontera de la Chica del País del Norte, y el amor que se ha ido, y que tal vez no regrese, está en los versos de unas Botas de Cuero Español.
![[Img #24909]](upload/img/periodico/img_24909.jpg)
Leo ahora unas líneas que alguien ha incluido en uno de los miles de artículos que se están escribiendo sobre él. Son de Tombstone Blues, y resumen a la perfección lo que he tratado de decir.
Mamá está en la fábrica
no tiene zapatos
papá está en el callejón
está buscando un fusible
yo estoy en las calles con el blues de Tombstone.
A partir de Dylan el Premio Nobel de Literatura sabe un poco más a amores perdidos en carreteras secundarias, a poesía vagabunda, a la de verdad. La poesía cotidiana que sobrevive en la calle; la poesía libre que te llama por tu nombre. Dudo que exista otra.
![[Img #24910]](upload/img/periodico/img_24910.jpg)
Para Luismi Alonso Guadalupe
La primera vez que escuché a Bob Dylan intuí que ya nada sería igual en mi vida, que estaba asistiendo a un encuentro que cambiaría mi forma de entender la literatura y la música, lo que en aquellos tiempos formaba parte sustancial de nosotros, como el pelo largo o las botas camperas. Toda una generación nos sentimos deslumbrados por un tipo que parecía estar tocado por una luz divina y que con una voz imposible escupía metáforas que dinamitaban el orden del sistema y el de la poesía. Dylan escribía de una forma que nos impresionaba. Metáforas que te rasgaban la piel y que te arrancaban el corazón.
Formados y deformados por los clásicos, constreñidos y aplastados por un academicismo inmóvil en el que no nos veíamos reflejados, muchos descubrimos en sus letras, en su poesía y en su comportamiento, que otra vida era posible y, sobre todo, que existía otra forma de escribir. Y escribir, en aquellos años era respirar. Escribir era vivir.
Nos deslumbró la manera de la que hablaba de los grandes sentimientos a través de las pequeñas cosas, o de las cosas pequeñas. La solemnidad y el academicismo saltaron por los aires y se reblandecieron bajo la lluvia y luego fueron arrastrados por el viento hasta las fronteras del Norte donde los vientos pegan fuerte y donde vive la chica a la que aún quieres. Dylan aireó a verso limpio los salones cerrados de nuestro corazón y nos dotó de una libertad inimaginable en aquel entonces. Mucho antes de que aquí llegasen las libertades políticas, Bob Dylan nos había regalado las libertades poéticas. Y creo que no es cierto, como se ha venido diciendo estos días, que Dylan haya colocado la poesía en lo más alto; todo lo contrario: la hizo descender de donde la tenían secuestrada para ponerla a nuestra altura, para hacerla más nuestra, más cotidiana, más en minúsculas. Una poesía poblada de objetos y lugares que normalmente no aparecían en los poemas: moteles, autobuses, fábricas, autopistas, esquinas y callejones. Inventó y cantó con todo detalle un mundo real que, por cotidiano, resulta fascinantemente poético porque habla de nosotros, de lo que sentimos y de lo que somos, y porque no utiliza metáforas para hablar de la realidad, sino que la realidad la constituyen las propias metáforas. Esa era la diferencia. Una de ellas.
En los años 60 del siglo pasado, Bob Dylan situó la poesía en el Siglo XXII y abrió la puerta de un mundo que desconocíamos. Por esa puerta entró una nueva forma de sentir, de mirar y de vivir. La puerta, décadas después, sigue abierta a la fascinación, al inconformismo, al talento y a los sentimientos. Dylan creó un mundo, y en ese mundo que he hecho mío, me apetece vivir porque él lo ha hecho más hermoso y más llevadero con sus canciones. Todo lo que escribió ha terminado por ser cierto: para mí, el amor inalcanzable vivirá para siempre en la frontera de la Chica del País del Norte, y el amor que se ha ido, y que tal vez no regrese, está en los versos de unas Botas de Cuero Español.
![[Img #24909]](upload/img/periodico/img_24909.jpg)
Leo ahora unas líneas que alguien ha incluido en uno de los miles de artículos que se están escribiendo sobre él. Son de Tombstone Blues, y resumen a la perfección lo que he tratado de decir.
Mamá está en la fábrica
no tiene zapatos
papá está en el callejón
está buscando un fusible
yo estoy en las calles con el blues de Tombstone.
A partir de Dylan el Premio Nobel de Literatura sabe un poco más a amores perdidos en carreteras secundarias, a poesía vagabunda, a la de verdad. La poesía cotidiana que sobrevive en la calle; la poesía libre que te llama por tu nombre. Dudo que exista otra.






