Un matiz definitivo
Ángel Alonso Carracedo trabajó durante casi 40 años en la Agencia EFE. Empezó como editor gráfico para pasar a redactor de cierre en EFE-Nacional. Desarrolló la información laboral en el área de Economía, convertida luego en dirección independiente, en la que ocupó la jefatura del área de Sectores y Empresas. Creó el hilo especializado EFE-Motor, así como el programa de radio Cuentakilómetros, que dirigió y presentó ocho años en dos etapas. Ha sido enviado especial en numerosos eventos económicos y del automóvil en España y el extranjero. Colabora en la revista La Tribuna de Automoción, de la que forma parte de su consejo de dirección. Es también colaborador de El Faro Astorgano, con la columna 'Por Cierto'.
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Las prácticas políticas de España están fuertemente mediatizadas por un matiz gramatical. No es simple anécdota, sino, todo lo contrario: especie de drama que ha marcado los momentos claves de nuestra historia. Somos un país poderosamente sectario; de ahí que a la hora de decisiones importantes, nos mostremos más proclives al QUIÉN que al QUÉ, cuando la razón y la reflexión serena, dictan una prioridad opuesta y aplastante de pronombres interrogativos.
Una frase del escritor francés Jules Romain (1885-1972) acota bastante el campo de acción de nuestras filias y fobias. Dice: “La gente inteligente habla de ideas, la gente común habla de cosas, la gente mediocre habla de gente”. Un descriptivo esquema de por dónde discurre el diálogo socio-político en España. Responde al cuaderno de bitácora de nuestros posicionamientos ideológicos. En la interpretación de la cita del literato galo, queda blanco sobre negro que la gente es el QUIÉN y las ideas o acontecimiento el QUÉ de la dicotomía que propongo, así como el tipo de ciudadanos que se aposenta sobre la una y sobre las otras.
Desde hace tiempo se ha alertado sobre la vulgarización del debate global, no sólo en el área de la política, sino en el de la sociedad en general. Nada, por otra parte sorprendente, si se bebe en fuentes como la televisión, invadida de seres mediocres que venden la nada a precio de todo; que fabrica celebridades con la forma real de personajillos bufonescos; que crea opinión en tertulias de trinchera y decorados de bronca y confrontación. Cuando se quiere meditar desde la tranquilidad y el sosiego, sobre lo visto y oído, finalmente subyace el paupérrimo relato de la quincalla cerebral de seres vacíos de ideas nobles y creativas. Esa televisión, no se olvide, entra hoy en millones de hogares, en las estancias más íntimas y a horas de alta audiencia, dejando el reguero de una podredumbre intelectual.
La política no escapa a la civilización del espectáculo urdida en nuestro entorno. El político de hoy es una especie de ficticia pose de ‘top model’, más pendiente de una vestimenta y de tics gestuales, que de hacer llegar un mensaje esperanzador y, sobre todo, sincero. La mentira y la corrupción se han hecho muy rentables en las urnas, y esa ausencia de castigo a semejantes estafas es una variante más de que un apellido y una militancia a secas, tienen más peso analítico que el rigor de un programa de partido, auténtica acta notarial de los compromisos ante el electorado. Pesa más, de nuevo, el QUIÉN del líder y su procedencia partidista, que el QUÉ de un ideario colectivo con la teórica aspiración del bienestar de los demás.
Masa encaja como sinónimo de manada. Los políticos lo han entendido así, porque así se lo ha sugerido el cuerpo ciudadano, con tantas dosis de estulticia. No es de extrañar, pues, que entre ellos, prosperen los combates rituales en pro de la distinción del macho-alfa. Es otra variante del nuevo espectáculo de la política: un metafórico ring en el que se intercambian puñetazos y patadas en forma de dosieres de corrupción y otros tejemanejes. Mientras tanto, nosotros, espectadores, nos infectamos de esa algarabía de estadio, aplaudiendo, bajo narcótico euforizante, a nuestro quién, incluso en su juego sucio, o silbando, posesos de indignación, al quién de los demás, por hacer lo mismo que los adictos.
Si en este país fuésemos capaces de anteponer ese QUÉ de las ideas al QUIÉN del personaje, nadie dudaría de un gigantesco avance en madurez política y social. Si enfriamos neuronas y nos da por pensar que los argumentos del otro pueden ser tan legítimos como los propios, el debate se haría mucho más rico en iniciativas y propuestas; una suma, en definitiva. Si se abdica de la cerrazón de que hacer concesiones no es una rendición, sino salir de un barullo paralizante, se constatará una estrategia de política de Estado y no de rentabilidades cortoplacistas que oscurecen el futuro. ¿Puede servir de ejemplo el gran pacto por la enseñanza? Trabajemos y moldeemos ese QUÉ de las ideas, de la imaginación. El QUIÉN es un protagonista secundario, una gente o unas siglas demasiadas veces afectadas de contagiosa mediocridad.
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Las prácticas políticas de España están fuertemente mediatizadas por un matiz gramatical. No es simple anécdota, sino, todo lo contrario: especie de drama que ha marcado los momentos claves de nuestra historia. Somos un país poderosamente sectario; de ahí que a la hora de decisiones importantes, nos mostremos más proclives al QUIÉN que al QUÉ, cuando la razón y la reflexión serena, dictan una prioridad opuesta y aplastante de pronombres interrogativos.
Una frase del escritor francés Jules Romain (1885-1972) acota bastante el campo de acción de nuestras filias y fobias. Dice: “La gente inteligente habla de ideas, la gente común habla de cosas, la gente mediocre habla de gente”. Un descriptivo esquema de por dónde discurre el diálogo socio-político en España. Responde al cuaderno de bitácora de nuestros posicionamientos ideológicos. En la interpretación de la cita del literato galo, queda blanco sobre negro que la gente es el QUIÉN y las ideas o acontecimiento el QUÉ de la dicotomía que propongo, así como el tipo de ciudadanos que se aposenta sobre la una y sobre las otras.
Desde hace tiempo se ha alertado sobre la vulgarización del debate global, no sólo en el área de la política, sino en el de la sociedad en general. Nada, por otra parte sorprendente, si se bebe en fuentes como la televisión, invadida de seres mediocres que venden la nada a precio de todo; que fabrica celebridades con la forma real de personajillos bufonescos; que crea opinión en tertulias de trinchera y decorados de bronca y confrontación. Cuando se quiere meditar desde la tranquilidad y el sosiego, sobre lo visto y oído, finalmente subyace el paupérrimo relato de la quincalla cerebral de seres vacíos de ideas nobles y creativas. Esa televisión, no se olvide, entra hoy en millones de hogares, en las estancias más íntimas y a horas de alta audiencia, dejando el reguero de una podredumbre intelectual.
La política no escapa a la civilización del espectáculo urdida en nuestro entorno. El político de hoy es una especie de ficticia pose de ‘top model’, más pendiente de una vestimenta y de tics gestuales, que de hacer llegar un mensaje esperanzador y, sobre todo, sincero. La mentira y la corrupción se han hecho muy rentables en las urnas, y esa ausencia de castigo a semejantes estafas es una variante más de que un apellido y una militancia a secas, tienen más peso analítico que el rigor de un programa de partido, auténtica acta notarial de los compromisos ante el electorado. Pesa más, de nuevo, el QUIÉN del líder y su procedencia partidista, que el QUÉ de un ideario colectivo con la teórica aspiración del bienestar de los demás.
Masa encaja como sinónimo de manada. Los políticos lo han entendido así, porque así se lo ha sugerido el cuerpo ciudadano, con tantas dosis de estulticia. No es de extrañar, pues, que entre ellos, prosperen los combates rituales en pro de la distinción del macho-alfa. Es otra variante del nuevo espectáculo de la política: un metafórico ring en el que se intercambian puñetazos y patadas en forma de dosieres de corrupción y otros tejemanejes. Mientras tanto, nosotros, espectadores, nos infectamos de esa algarabía de estadio, aplaudiendo, bajo narcótico euforizante, a nuestro quién, incluso en su juego sucio, o silbando, posesos de indignación, al quién de los demás, por hacer lo mismo que los adictos.
Si en este país fuésemos capaces de anteponer ese QUÉ de las ideas al QUIÉN del personaje, nadie dudaría de un gigantesco avance en madurez política y social. Si enfriamos neuronas y nos da por pensar que los argumentos del otro pueden ser tan legítimos como los propios, el debate se haría mucho más rico en iniciativas y propuestas; una suma, en definitiva. Si se abdica de la cerrazón de que hacer concesiones no es una rendición, sino salir de un barullo paralizante, se constatará una estrategia de política de Estado y no de rentabilidades cortoplacistas que oscurecen el futuro. ¿Puede servir de ejemplo el gran pacto por la enseñanza? Trabajemos y moldeemos ese QUÉ de las ideas, de la imaginación. El QUIÉN es un protagonista secundario, una gente o unas siglas demasiadas veces afectadas de contagiosa mediocridad.






