Laura de la Torre
Miércoles, 09 de Noviembre de 2016
Irse antes de tiempo
'Tristeza' es el adjetivo que se me ocurre a la hora de hablar de noviembre; un mes que empieza recordándonos a los que ya no están. Pareciera, de alguna manera, que los últimos meses del año son una constante alabanza a la despedida y que el décimo primer mes nos estuviese preparando para decirle adiós a este año que ya empieza a dedicarnos sus últimos suspiros, regalándonos una hora de luz menos al día y volviéndolos, por consiguiente, más fríos, oscuros y sombríos.
Pero el 1 de noviembre es una fecha que muchos de nosotros no es que la necesitemos, sino que cualquier otro día, sin figurar en el calendario como tal, nos recuerda a aquellos que una vez perdimos. De hecho, la festividad de todos los santos no deja de ser una fiesta religiosa que se traduce en fiesta nacional, muy lejos de tener en ella algo que celebrar.
La muerte de un ser querido es uno de los hechos más importantes a los que toda persona se tiene que enfrentar tarde o temprano, pero ese no ha sido sólo tema de las religiones. La literatura y la poesía también lo han tratado en muchas y diversas formas, como reflejo de una de las más notorias inquietudes humanas. Pues, de todos los problemas que sondean nuestra vida, ninguno es tan punzante como el de la muerte. Así, el por todos conocido escritor Miguel de Unamuno, nos decía en su obra ‘El sentimiento trágico de la vida’ que el único problema que realmente le interesaba era el de la muerte, el cual lo atormentó durante toda su existencia.
El terapeuta Jonh Bradshaw califica la muerte como "la emoción que nos hace saber que somos finitos" y, en este sentido, a veces resulta increíble la celeridad con la que transcurren ciertas etapas de nuestras vidas. Pareciera incluso que un día uno se levanta por la mañana y ya no es un niño, ya no es un adulto o ya no es mayor. El problema aparece en el momento en que queda interrumpido el curso normal de la vida de cualquier persona en el desarrollo de cualquiera de esas etapas y que, por desgracia, suele ser repentino en demasiadas ocasiones.
Por eso, quiero dedicar mi artículo de este mes a aquellas personas que han sufrido de una u otra manera la pérdida de personas importantes en su vida. A aquellos que cuidaron a sus seres queridos hasta el último momento, a aquellos que soportaron la enfermedad, vivieron un accidente o recibieron una llamada a medianoche. A aquellos que nunca escatimaron en fuerzas y a aquellos que siempre tenían palabras de ánimo para los demás. Para aquellos que se quedaron aquí y cargaron en sus hombros el peso que dejaba el que tristemente se iba. Para aquellos, que a pesar de las terribles circunstancias, salieron adelante como héroes y heroínas sin necesidad de ninguna capa, y que hicieron del coraje, la perseverancia y la templanza sus admirables señas de identidad transmitiéndoselas a otros en nombre del que ya no está. Para aquellos que lucharon con una fuerza capaz de mover montañas, pero que, desgraciadamente, no pudieron ganar la batalla.
Por aquellos que un día no volvieron a trabajar, los que dejaron de visitar el pueblo en vacaciones o los que dejaron de pasear sonrientes por las calles de su ciudad. Por todos aquellos abuelos que dejaron de cuidar a sus nietos, y que deberían de ser eternos. Por aquellos padres que dejaron de educar a sus hijos, de recogerlos en el colegio y de darles un beso cada día, antes de ir a dormir. Por todos aquellos compañeros de pupitre con los que un día no te puedes volver a sentar, aquel profesor que admirabas y que un día te deja de enseñar. Por aquellos conocidos que no profundizaste en conocer y que de un día a otro dejas de ver en la peluquería, en el súper o en un pub. Por aquellos camareros que te servían el café más rico de todo el bar y que no es que hayan cambiado de lugar. Por aquellos, que te deseaban los buenos días en la oficina. Por todos aquellos a los que veías nada más llegar, a los que le contabas como había ido el día o aquellos con los que no parabas de soñar. Por todos aquellos, que son muchos, los que se han ido mucho antes de lo que se pueda esperar, antes de tiempo, sin despedirse, sin preguntar.
Para los que siempre vamos a recordar y por los que nunca vamos a olvidar.
![[Img #25327]](upload/img/periodico/img_25327.jpg)
'Tristeza' es el adjetivo que se me ocurre a la hora de hablar de noviembre; un mes que empieza recordándonos a los que ya no están. Pareciera, de alguna manera, que los últimos meses del año son una constante alabanza a la despedida y que el décimo primer mes nos estuviese preparando para decirle adiós a este año que ya empieza a dedicarnos sus últimos suspiros, regalándonos una hora de luz menos al día y volviéndolos, por consiguiente, más fríos, oscuros y sombríos.
Pero el 1 de noviembre es una fecha que muchos de nosotros no es que la necesitemos, sino que cualquier otro día, sin figurar en el calendario como tal, nos recuerda a aquellos que una vez perdimos. De hecho, la festividad de todos los santos no deja de ser una fiesta religiosa que se traduce en fiesta nacional, muy lejos de tener en ella algo que celebrar.
La muerte de un ser querido es uno de los hechos más importantes a los que toda persona se tiene que enfrentar tarde o temprano, pero ese no ha sido sólo tema de las religiones. La literatura y la poesía también lo han tratado en muchas y diversas formas, como reflejo de una de las más notorias inquietudes humanas. Pues, de todos los problemas que sondean nuestra vida, ninguno es tan punzante como el de la muerte. Así, el por todos conocido escritor Miguel de Unamuno, nos decía en su obra ‘El sentimiento trágico de la vida’ que el único problema que realmente le interesaba era el de la muerte, el cual lo atormentó durante toda su existencia.
El terapeuta Jonh Bradshaw califica la muerte como "la emoción que nos hace saber que somos finitos" y, en este sentido, a veces resulta increíble la celeridad con la que transcurren ciertas etapas de nuestras vidas. Pareciera incluso que un día uno se levanta por la mañana y ya no es un niño, ya no es un adulto o ya no es mayor. El problema aparece en el momento en que queda interrumpido el curso normal de la vida de cualquier persona en el desarrollo de cualquiera de esas etapas y que, por desgracia, suele ser repentino en demasiadas ocasiones.
Por eso, quiero dedicar mi artículo de este mes a aquellas personas que han sufrido de una u otra manera la pérdida de personas importantes en su vida. A aquellos que cuidaron a sus seres queridos hasta el último momento, a aquellos que soportaron la enfermedad, vivieron un accidente o recibieron una llamada a medianoche. A aquellos que nunca escatimaron en fuerzas y a aquellos que siempre tenían palabras de ánimo para los demás. Para aquellos que se quedaron aquí y cargaron en sus hombros el peso que dejaba el que tristemente se iba. Para aquellos, que a pesar de las terribles circunstancias, salieron adelante como héroes y heroínas sin necesidad de ninguna capa, y que hicieron del coraje, la perseverancia y la templanza sus admirables señas de identidad transmitiéndoselas a otros en nombre del que ya no está. Para aquellos que lucharon con una fuerza capaz de mover montañas, pero que, desgraciadamente, no pudieron ganar la batalla.
Por aquellos que un día no volvieron a trabajar, los que dejaron de visitar el pueblo en vacaciones o los que dejaron de pasear sonrientes por las calles de su ciudad. Por todos aquellos abuelos que dejaron de cuidar a sus nietos, y que deberían de ser eternos. Por aquellos padres que dejaron de educar a sus hijos, de recogerlos en el colegio y de darles un beso cada día, antes de ir a dormir. Por todos aquellos compañeros de pupitre con los que un día no te puedes volver a sentar, aquel profesor que admirabas y que un día te deja de enseñar. Por aquellos conocidos que no profundizaste en conocer y que de un día a otro dejas de ver en la peluquería, en el súper o en un pub. Por aquellos camareros que te servían el café más rico de todo el bar y que no es que hayan cambiado de lugar. Por aquellos, que te deseaban los buenos días en la oficina. Por todos aquellos a los que veías nada más llegar, a los que le contabas como había ido el día o aquellos con los que no parabas de soñar. Por todos aquellos, que son muchos, los que se han ido mucho antes de lo que se pueda esperar, antes de tiempo, sin despedirse, sin preguntar.
Para los que siempre vamos a recordar y por los que nunca vamos a olvidar.






