La esquela sucinta
![[Img #25890]](upload/img/periodico/img_25890.jpg)
Leí hace poco el valor que otorgaba una columnista, de las de campanillas bien merecidas, al valor informativo de las esquelas. Las citaba como fuente de revelaciones, a veces por la relevancia conjugada en pasado del difunto, sobre el que había caído la losa amnésica del tiempo, a veces por las miserias o grandezas que se imaginaban en la retahíla de allegados. En una oración o en un poema adjunto, se podía sugerir una rivalidad intrafamiliar, de esas que no alivia ni la última voluntad del finado, sobre todo, si las magnitudes de la herencia dan un golpe de timón a existencias en permanente estado de ansiedad.
Una esquela, paradójicamente, es una fe de vida, pero también, y es más acorde, un certificado de defunción ante la sociedad, tan válido como el informe forense o el documento de defunción del médico de cabecera. La orla negra en papel de periódico es un acta de desaparición física del valle de lágrimas que describe la oración. Unos pocos, de esos que se mueven clandestinamente por la picaresca, la han usado como coartada para huir de apuros con la justicia o despistar el olfato depredador de sicarios del crimen organizado. La muerte es difícil que haga conjeturas con la abstracta rumorología, quizás por ser la única vedad inmutable y absoluta de nuestras existencias
Lo más común es que sirva para recordar y notificar. Como evocación, la verdad es que se antoja como recurso secundario y bastante forzado. Mal nos ha debido ir con un ser cercano, si necesitamos de la esquela para alimentar añoranzas. El recuerdo imborrable de las personas queridas es huella indeleble que acompañará hasta el protagonismo propio de nuestra esquela. La notificación es puro recurso informativo, de ahí que el mensajero sea una sección o página de periódico; mejor acomodo no puede encontrar en relación al objetivo perseguido.
Queda un tercer perfil, en el que el tamaño sí importa. Las más grandes sugieren poder, grandeza y riqueza de medios materiales cosechados en vida. Se necesita espacio para que quepan las grandilocuencias de títulos nobiliarios, altos cargos, condecoraciones y sucesión de apellidos compuestos salpicados de guiones y conjunciones que perpetúan los rancios linajes.
Las esquelas son fiel retrato del difunto extendido a parentela y ambiente. Por eso, ese recurso de fuente informativa que proclamaba la avezada colega, resulta similar al del Boletín Oficial del Estado (BOE), que en tiempos un poco lejanos ya, los redactores jefes sugerían a los periodistas novatos, para buscar e indagar sobre posibles informaciones disfrazadas de texto legal. Trucos de veterano profesional que hoy no se estilan porque la relevancia de la noticia llega herméticamente enlatada por el concurso de las nuevas tecnologías.
Dicho esto, y volviendo a las esquelas, pocas con un sentimiento tan parco en palabras y sucinto de prosa, como la de la fotografía que acompaña a este artículo. Con el nombre y apellidos del finado y la fecha del óbito, sólo quince palabras. Una declaración de amor, ya bajo el calificativo de eterno, deduzco que, de su pareja. Reparo, igualmente, en el mínimo tamaño de la orla y en ese lugar escondido al final de una noticia, seguramente de relleno, como eludiendo cualquier relevancia, pretendiendo, queriendo y logrando ser egoísta, para uno mismo y su dolor.
No sé quiénes son Ney ni José Antonio. No conozco, ni me imagino, sus edades. Estoy en la inopia respecto a sus años y forma de cohabitación. Paso por completo de la extracción social. Nada de eso se deja vislumbrar en el recuadro que captó mi atención. Me importa, sí, esa confesión amorosa al exterior, llena de humildad, de un amor que, sin embargo, debió ser, en lo más profundo de su intimidad, opulento y altruista; que no se contaminó del óxido de las miserias de la convivencia; que se alimentó de contactos y diálogos llenos de guiños y matices de complicidad; que debieron ser amantes, amigos y compañeros, todo en uno. Admiro de esta esquela la épica de una vida en común resumida de forma tan contundente y de una pasión que imagino siempre enardecida. Pocas veces, en tan poco texto, se puede decir tanto.
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Leí hace poco el valor que otorgaba una columnista, de las de campanillas bien merecidas, al valor informativo de las esquelas. Las citaba como fuente de revelaciones, a veces por la relevancia conjugada en pasado del difunto, sobre el que había caído la losa amnésica del tiempo, a veces por las miserias o grandezas que se imaginaban en la retahíla de allegados. En una oración o en un poema adjunto, se podía sugerir una rivalidad intrafamiliar, de esas que no alivia ni la última voluntad del finado, sobre todo, si las magnitudes de la herencia dan un golpe de timón a existencias en permanente estado de ansiedad.
Una esquela, paradójicamente, es una fe de vida, pero también, y es más acorde, un certificado de defunción ante la sociedad, tan válido como el informe forense o el documento de defunción del médico de cabecera. La orla negra en papel de periódico es un acta de desaparición física del valle de lágrimas que describe la oración. Unos pocos, de esos que se mueven clandestinamente por la picaresca, la han usado como coartada para huir de apuros con la justicia o despistar el olfato depredador de sicarios del crimen organizado. La muerte es difícil que haga conjeturas con la abstracta rumorología, quizás por ser la única vedad inmutable y absoluta de nuestras existencias
Lo más común es que sirva para recordar y notificar. Como evocación, la verdad es que se antoja como recurso secundario y bastante forzado. Mal nos ha debido ir con un ser cercano, si necesitamos de la esquela para alimentar añoranzas. El recuerdo imborrable de las personas queridas es huella indeleble que acompañará hasta el protagonismo propio de nuestra esquela. La notificación es puro recurso informativo, de ahí que el mensajero sea una sección o página de periódico; mejor acomodo no puede encontrar en relación al objetivo perseguido.
Queda un tercer perfil, en el que el tamaño sí importa. Las más grandes sugieren poder, grandeza y riqueza de medios materiales cosechados en vida. Se necesita espacio para que quepan las grandilocuencias de títulos nobiliarios, altos cargos, condecoraciones y sucesión de apellidos compuestos salpicados de guiones y conjunciones que perpetúan los rancios linajes.
Las esquelas son fiel retrato del difunto extendido a parentela y ambiente. Por eso, ese recurso de fuente informativa que proclamaba la avezada colega, resulta similar al del Boletín Oficial del Estado (BOE), que en tiempos un poco lejanos ya, los redactores jefes sugerían a los periodistas novatos, para buscar e indagar sobre posibles informaciones disfrazadas de texto legal. Trucos de veterano profesional que hoy no se estilan porque la relevancia de la noticia llega herméticamente enlatada por el concurso de las nuevas tecnologías.
Dicho esto, y volviendo a las esquelas, pocas con un sentimiento tan parco en palabras y sucinto de prosa, como la de la fotografía que acompaña a este artículo. Con el nombre y apellidos del finado y la fecha del óbito, sólo quince palabras. Una declaración de amor, ya bajo el calificativo de eterno, deduzco que, de su pareja. Reparo, igualmente, en el mínimo tamaño de la orla y en ese lugar escondido al final de una noticia, seguramente de relleno, como eludiendo cualquier relevancia, pretendiendo, queriendo y logrando ser egoísta, para uno mismo y su dolor.
No sé quiénes son Ney ni José Antonio. No conozco, ni me imagino, sus edades. Estoy en la inopia respecto a sus años y forma de cohabitación. Paso por completo de la extracción social. Nada de eso se deja vislumbrar en el recuadro que captó mi atención. Me importa, sí, esa confesión amorosa al exterior, llena de humildad, de un amor que, sin embargo, debió ser, en lo más profundo de su intimidad, opulento y altruista; que no se contaminó del óxido de las miserias de la convivencia; que se alimentó de contactos y diálogos llenos de guiños y matices de complicidad; que debieron ser amantes, amigos y compañeros, todo en uno. Admiro de esta esquela la épica de una vida en común resumida de forma tan contundente y de una pasión que imagino siempre enardecida. Pocas veces, en tan poco texto, se puede decir tanto.






