Claro García
Jueves, 22 de Diciembre de 2016

España desde abajo

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España entera cabe en el amor con el que el frutero de la esquina coloca las manzanas, los pimientos y las berenjenas en esta mañana de sol invernal. No tiene prisa. Como si dispusiera de todo el tiempo del mundo, el hombre edifica sobre la caja, en la calle, una pirámide con frutas de diversos colores que consigue que los transeúntes se detengan y observen, admirados, una belleza inesperada surgida de la nada.

 

Probablemente nadie le ha pedido que lo haga, pero cada mañana, tras abrir la tienda, el hombre coloca la fruta con la misma lentitud que si moviera una pieza de ajedrez. Juzga el color, la posición, la frescura, y luego deposita cada pieza en el lugar adecuado. Manzanas, pimientos, tomates. Aguacates, kiwis, naranjas. Todo resulta hermoso. Cada pieza de fruta que mueve alberga secretamente el deseo de que el mundo sea más bello. Y lo consigue: la esquina del barrio brilla como nunca lo había hecho. El cuidado del frutero la ha rejuvenecido. Los transeúntes nos detenemos ante la tienda pensando que el mundo es mejor de lo que lo era antes. Mejor y más bonito. Tranquiliza saber que hay hombres y mujeres que cada mañana se encargan de que así sea. Hombres y mujeres que, igual que el frutero, sin que nadie se lo haya pedido, construyen un mundo más hermoso, más apetecible.

 

Miro la fruta y miro al hombre, que sonríe, y que me observa un instante antes de seguir colocando las manzanas como si edificase un paisaje. Es la misma sonrisa de la mujer que atiende la pequeña óptica que limita con los márgenes del Polígono Industrial, un área desolada repleta de fábricas, talleres y concesionarios mortecinos. La tienda es un punto de luz viva que parece caído del cielo. Nadie sabe qué hace allí la diminuta tienda de gafas. Probablemente esperaban un barrio y un colegio que nunca llegó, pero, a pesar de ello, la mujer que atiende la óptica renueva semanalmente, ajena al mundo, la sencilla decoración del escaparate. Siempre me detengo a observarla. Esta semana ha colocado un par de gafas de colores sobre un trozo de césped artificial y ha pintado como balones de fútbol algunas pelotas de golf. La luz que cae de arriba simula la de un Estadio. Es simple y hermoso. A través del cristal le digo adiós con la mano. La mujer sonríe. Nadie pasa a esas horas por la acera. Nadie entra en la tienda, pero la mujer, como el frutero, ha convertido su trabajo en algo hermoso, con sentido. Tardo un poco en comprender que no tengo necesidad de pasar por esa acera, pero la mujer ha conseguido que me desvíe de mi camino y que comparta con ella algo que me resulta difícil de explicar.

 

Admiro al frutero y a la mujer de la óptica. El país que me gusta se entiende desde ellos y está presente en la imaginación que hay en el escaparate de gafas y en el amor que pone el tendero para añadir color a la mañana. La España que sueño cabe en la caja de herramientas del electricista que el mes pasado alargó su horario y no se fue de mi casa hasta que no reparó la avería porque sabía que para mí era importante. España entera cabe en el asiento trasero de un taxi, en el firme saludo del pescadero que conoce su oficio, en el amor que se pone para cortar bien unos filetes de pollo, en la pasión con la que un mecánico desconocido arregla tu coche como si fuera el suyo.

 

Me gusta pertenecer a la misma España que ellos. Una España real que cabe en una caja de fruta, en un mostrador, en un cinturón de herramientas, en un escaparate o en la barra de una cafetería.

 

 

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