Veinte años después
![[Img #31754]](upload/img/periodico/img_31754.jpg)
Ya está en el lecho, tumbada, esperándote. Apenas se abriga con el manto de colores que ha tejido para ti. El reflejo de las llamas baila sobre su vientre desnudo. Es cierto, ha cambiado: algunos de sus cabellos se han vuelto grises, le han salido arrugas en el rostro y su mirada ha perdido brillo. Porque veinte años no pasan en vano. Tampoco tú eres el de entonces. La guerra te ha cubierto de cicatrices y el aire del mar te ha ajado la piel.
Además, por causa del peligro constante en el que has vivido durante todo este tiempo, te has hecho agresivo y desconfiado. Pero las cosas han cambiado: ya no estás en la batalla ni corres ningún riesgo. El aguerrido Héctor ha perecido y Troya ha sido destruida. Todos los príncipes aqueos han regresado a sus hogares o están muertos.
Tú mismo, cuando descendiste al Hades, allí te encontraste a algunos de ellos, convertidos en sombras. Y bien recuerdas lo que te dijo Aquiles, el mejor de los guerreros: preferiría estar vivo, aunque fuera cuidando cerdos, que ser lo que soy aquí en el Hades. Pero tú no solo estás vivo, sino que además, aunque sin tus hombres, has llegado por fin a Ítaca y has acabado con todos esos reyes y príncipes de las islas vecinas que durante un tiempo han ocupado tu palacio esperando a que tu mujer eligiera a uno de ellos como esposo. Los dioses después de todo te han sido favorables. Por eso, despréndete del ardor guerrero y de la astucia, que en el amor de nada sirven. Y ve despacio, con cuidado. Mide todos tus movimientos. Acaso no ves que en sus ojos aún queda una sombra de duda, pues su corazón no se ha hecho todavía del todo a la verdad de que eres tú con quien va a pasar esta noche. A pesar de que ha reconocido que sabías que este tálamo no se puede mover porque está tallado en el tronco de un olivo y que en torno a él se ha construido el palacio, un secreto que solo vosotros dos conocíais, todavía en algún momento te ve como un extranjero y le cuesta mirarte y hablarte. Anda, no te demores y échate a su lado; cobíjate bajo el manto, como te dice ella, que tiene todavía el perfume de sus manos.
La pobre quiere tocar tu cuerpo desnudo y sentir su calor. Quiere asegurarse de que realmente eres tú. Ella también ha librado sus batallas. También ha tenido que servirse de añagazas. No olvides que te ha esperado. Que te ha esperado veinte años. Veinte años es mucho tiempo, Ulises. Acaríciala, bésala, háblale. Escoge las palabras, las más hermosas, las que contengan más ternura, y díselas en voz baja, igual que entonces, antes de partir a la guerra. Que vea bien que eres tú. Cuéntaselo todo. Cuéntale la guerra de Troya. Háblale de Héctor, de Paris, de Eneas, de Áyax, de Agamenón, de Menelao. Dile cómo era Aquiles. Háblale de ese caballo de madera que tú ideaste para engañar a los troyanos. Desvélale cómo lograste zafarte de Polifemo, de Caribdis y Escila, del canto de las Sirenas. Y que no se te olvide lo de Circe, Calipso y Nausica. Dile la verdad. Dile que yaciste con la hechicera Circe y con la ninfa Calipso, y que las gozaste, que fue maravilloso. Pero que no las amaste. Que no pudiste. Que su recuerdo no te dejó. Dile que en los veinte años que estuviste fuera, en esos siete años que pasaste con Calipso en la isla Ogigia, en ningún momento dejaste de pensar en ella, de amarla. Que por ella renunciaste a la eternidad que te ofreció la ninfa. Por ella, ya cerca de Ítaca, rechazaste a la princesa Nausica, la hija de los reyes de los feacios, la joven más bella y sensual que jamás has visto, que acaso nunca veas.
Cuéntaselo todo. Cuéntaselo todo a Penélope, Ulises, que lo quiere saber. Y cuando se duerma sobre tu pecho desnudo, ya al alba, contémplala. Es tan hermosa aún.
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Ya está en el lecho, tumbada, esperándote. Apenas se abriga con el manto de colores que ha tejido para ti. El reflejo de las llamas baila sobre su vientre desnudo. Es cierto, ha cambiado: algunos de sus cabellos se han vuelto grises, le han salido arrugas en el rostro y su mirada ha perdido brillo. Porque veinte años no pasan en vano. Tampoco tú eres el de entonces. La guerra te ha cubierto de cicatrices y el aire del mar te ha ajado la piel.
Además, por causa del peligro constante en el que has vivido durante todo este tiempo, te has hecho agresivo y desconfiado. Pero las cosas han cambiado: ya no estás en la batalla ni corres ningún riesgo. El aguerrido Héctor ha perecido y Troya ha sido destruida. Todos los príncipes aqueos han regresado a sus hogares o están muertos.
Tú mismo, cuando descendiste al Hades, allí te encontraste a algunos de ellos, convertidos en sombras. Y bien recuerdas lo que te dijo Aquiles, el mejor de los guerreros: preferiría estar vivo, aunque fuera cuidando cerdos, que ser lo que soy aquí en el Hades. Pero tú no solo estás vivo, sino que además, aunque sin tus hombres, has llegado por fin a Ítaca y has acabado con todos esos reyes y príncipes de las islas vecinas que durante un tiempo han ocupado tu palacio esperando a que tu mujer eligiera a uno de ellos como esposo. Los dioses después de todo te han sido favorables. Por eso, despréndete del ardor guerrero y de la astucia, que en el amor de nada sirven. Y ve despacio, con cuidado. Mide todos tus movimientos. Acaso no ves que en sus ojos aún queda una sombra de duda, pues su corazón no se ha hecho todavía del todo a la verdad de que eres tú con quien va a pasar esta noche. A pesar de que ha reconocido que sabías que este tálamo no se puede mover porque está tallado en el tronco de un olivo y que en torno a él se ha construido el palacio, un secreto que solo vosotros dos conocíais, todavía en algún momento te ve como un extranjero y le cuesta mirarte y hablarte. Anda, no te demores y échate a su lado; cobíjate bajo el manto, como te dice ella, que tiene todavía el perfume de sus manos.
La pobre quiere tocar tu cuerpo desnudo y sentir su calor. Quiere asegurarse de que realmente eres tú. Ella también ha librado sus batallas. También ha tenido que servirse de añagazas. No olvides que te ha esperado. Que te ha esperado veinte años. Veinte años es mucho tiempo, Ulises. Acaríciala, bésala, háblale. Escoge las palabras, las más hermosas, las que contengan más ternura, y díselas en voz baja, igual que entonces, antes de partir a la guerra. Que vea bien que eres tú. Cuéntaselo todo. Cuéntale la guerra de Troya. Háblale de Héctor, de Paris, de Eneas, de Áyax, de Agamenón, de Menelao. Dile cómo era Aquiles. Háblale de ese caballo de madera que tú ideaste para engañar a los troyanos. Desvélale cómo lograste zafarte de Polifemo, de Caribdis y Escila, del canto de las Sirenas. Y que no se te olvide lo de Circe, Calipso y Nausica. Dile la verdad. Dile que yaciste con la hechicera Circe y con la ninfa Calipso, y que las gozaste, que fue maravilloso. Pero que no las amaste. Que no pudiste. Que su recuerdo no te dejó. Dile que en los veinte años que estuviste fuera, en esos siete años que pasaste con Calipso en la isla Ogigia, en ningún momento dejaste de pensar en ella, de amarla. Que por ella renunciaste a la eternidad que te ofreció la ninfa. Por ella, ya cerca de Ítaca, rechazaste a la princesa Nausica, la hija de los reyes de los feacios, la joven más bella y sensual que jamás has visto, que acaso nunca veas.
Cuéntaselo todo. Cuéntaselo todo a Penélope, Ulises, que lo quiere saber. Y cuando se duerma sobre tu pecho desnudo, ya al alba, contémplala. Es tan hermosa aún.






