¡Yo hice un Master!
![[Img #36391]](upload/img/periodico/img_36391.jpg)
En mi época de estudiante no se impartían Masters en las Universidades, ni mucho menos. Ni había tantas Universidades ni se conocía el sistema de Masters. La palabra Master sonaba a una particular excelencia en la formación profesional americana.
Pero un buen día apareció una noticia extraordinaria en el diario más prestigioso del país en ese momento, El País (el ABC era el más tradicional pero no el más actualizado por lo que El País se le había adelantado con mucho). Este periódico de pronto ofrecía algo insólito: un curso de Master de periodismo. El primer Master de periodismo del país. Anunciaban que solamente había 30 plazas y, naturalmente, el precio era alto.
La convocatoria era especialmente dedicada a licenciados en diversas carreras pues el curso estaba orientado a una especialización del periodismo.
Acudimos al llamamiento más de 2.500 interesados, por lo que había que pasar por una firme selección. Esta selección consistió en unos fuertes exámenes, entre ellos de idiomas, y la presentación de un trabajo periodístico.
Finalmente entramos los 30 elegidos. Uno de los organizadores y maestro del Master era el prestigioso Jesús de la Serna. El curso del Master duraba un año completo, no un curso escolar (ni cuatro días como los de Casado), es decir, de enero a enero, prácticamente los 12 meses. En verano había que hacer las prácticas en algún medio de comunicación nacional, y luego seguir el curso hasta diciembre. El horario era full time: de 9 de la mañana a 9 de la noche, y a veces más. Con muchos trabajos a lo largo del curso que había que hacer fuera del horario lectivo. Vamos, un año entero dedicado al Master. Yo trabajaba en ese momento de redactora en una revista y, por supuesto, tuve que dejar el trabajo. Precisamente muchos alumnos hacían el Master para poder encontrar un trabajo como el que yo dejaba para hacerlo. Pero a mí me parecía una idea fantástica la concentración en un año de una formación muy especializada. Me parecía dar un importante paso en el crecimiento profesional.
En aquella época 1987/88 no se conocía el mundo de los ordenadores. En la redacción de El País todavía se trabajaba con las máquinas de escribir. La increíble revolución, la modernidad máxima, era que en la sección de internacional había unos pocos ordenadores, los primeros del mundo periodístico, (considerados la joya de la corona) de los que la pantalla iba en negro y las letras en fosforito naranja o verde. Eran como máquinas de escribir pero con pantalla, con la posibilidad de corregir o cambiar el escrito con sólo dar a las teclas. Una maravilla. No se necesitaba ni folios ni típex (tipp-ex). Esto me recuerda un chiste que más adelante se contaba en el colegio de mi hijo pequeño: “¿A qué no sabes por qué se sabe que una mujer ha utilizado el ordenador? Respuesta: Porque hay típex en la pantalla”. No creo que los niños supieran qué era el típex pero lo terriblemente curioso es que en un colegio de niños pequeños corriera ese tipo de chistes machistas. Me contaba muchos más del mismo estilo. ¿De dónde salían? Pero ese es otro tema.
Aquellos ordenadores nos parecían algo mágico a pesar de que no estaban conectados con ninguna red nacional ni mundial. Inimaginable la existencia de Google. Teníamos que usarlos en pareja, un ratito tú y otro yo, al alimón, y compartir aquel lujo de ordenadores con los redactores de internacional. Y éramos unos privilegiados. Evidentemente ni podía pasársenos por la cabeza que en muy poco tiempo aquellas máquinas iban a evolucionar hasta poder llevarlas en el bolsillo y llegar a conectarnos con el mundo en un segundo.
El Master, aquel Master, el primer Master de periodismo de un país que conquistaba nuevos horizontes y perfeccionaba sus métodos de preparación profesional, fue una experiencia inolvidable de aprendizaje.
Pero evidentemente eran otros tiempos, bastante más virtuosos. Por desgracia la evolución de esas primeras buenas intenciones no ha derivado en muy positivo. Para el alumno antes primaba el aprendizaje y ahora parece que lo que prima es el poder ostentar un título, poder engordar un currículo. Para el profesorado antes primaba la formación, ahora parece que prima la riqueza, el hacer cursos a destajo para agilizar una fluida entrada de dinero al bolsillo particular.
Se han conexionado las dos necesidades: la de los alumnos y la de los profesores. Por un lado la necesidad de acumular títulos, sea de lo que sea, y por otro lado la de acumular billetes, vengan de donde vengan. Así salen cursos a porrillo de las cosas más inverosímiles y de duraciones más escasas. Y, por eso, hay mucho interés en Universidades privadas, porque es la oportunidad de unos y de otros. Con dinero todo sale adelante.
Y así, se descubrió el chollo de los cursos llamados Masters, que suenan la bomba, y de pronto todo el mundo se ha apuntado a esa onerosa corriente. Los que cobran y los que pagan, todos ganan, como en una tómbola asegurada. Claro que, ante tanta oferta y demanda, el nivel de los cursos acaba reduciéndose hasta llegar a la más ajustada línea de flotación para que con el mínimo esfuerzo haya el máximo de rentabilidad.
Y así, dentro de este sistema de vida al que ha ido derivando la sociedad en la que vivimos, en la que ‘todo vale’ en aras de un beneficio propio, se ha desvirtuado, por desgracia, la esencia de los llamados Masters y han llegado a ser como las rosquillas de la feria.
¡País! Un gran escenario para un continuo y deslucido teatro.
O tempora, o mores.
![[Img #36391]](upload/img/periodico/img_36391.jpg)
En mi época de estudiante no se impartían Masters en las Universidades, ni mucho menos. Ni había tantas Universidades ni se conocía el sistema de Masters. La palabra Master sonaba a una particular excelencia en la formación profesional americana.
Pero un buen día apareció una noticia extraordinaria en el diario más prestigioso del país en ese momento, El País (el ABC era el más tradicional pero no el más actualizado por lo que El País se le había adelantado con mucho). Este periódico de pronto ofrecía algo insólito: un curso de Master de periodismo. El primer Master de periodismo del país. Anunciaban que solamente había 30 plazas y, naturalmente, el precio era alto.
La convocatoria era especialmente dedicada a licenciados en diversas carreras pues el curso estaba orientado a una especialización del periodismo.
Acudimos al llamamiento más de 2.500 interesados, por lo que había que pasar por una firme selección. Esta selección consistió en unos fuertes exámenes, entre ellos de idiomas, y la presentación de un trabajo periodístico.
Finalmente entramos los 30 elegidos. Uno de los organizadores y maestro del Master era el prestigioso Jesús de la Serna. El curso del Master duraba un año completo, no un curso escolar (ni cuatro días como los de Casado), es decir, de enero a enero, prácticamente los 12 meses. En verano había que hacer las prácticas en algún medio de comunicación nacional, y luego seguir el curso hasta diciembre. El horario era full time: de 9 de la mañana a 9 de la noche, y a veces más. Con muchos trabajos a lo largo del curso que había que hacer fuera del horario lectivo. Vamos, un año entero dedicado al Master. Yo trabajaba en ese momento de redactora en una revista y, por supuesto, tuve que dejar el trabajo. Precisamente muchos alumnos hacían el Master para poder encontrar un trabajo como el que yo dejaba para hacerlo. Pero a mí me parecía una idea fantástica la concentración en un año de una formación muy especializada. Me parecía dar un importante paso en el crecimiento profesional.
En aquella época 1987/88 no se conocía el mundo de los ordenadores. En la redacción de El País todavía se trabajaba con las máquinas de escribir. La increíble revolución, la modernidad máxima, era que en la sección de internacional había unos pocos ordenadores, los primeros del mundo periodístico, (considerados la joya de la corona) de los que la pantalla iba en negro y las letras en fosforito naranja o verde. Eran como máquinas de escribir pero con pantalla, con la posibilidad de corregir o cambiar el escrito con sólo dar a las teclas. Una maravilla. No se necesitaba ni folios ni típex (tipp-ex). Esto me recuerda un chiste que más adelante se contaba en el colegio de mi hijo pequeño: “¿A qué no sabes por qué se sabe que una mujer ha utilizado el ordenador? Respuesta: Porque hay típex en la pantalla”. No creo que los niños supieran qué era el típex pero lo terriblemente curioso es que en un colegio de niños pequeños corriera ese tipo de chistes machistas. Me contaba muchos más del mismo estilo. ¿De dónde salían? Pero ese es otro tema.
Aquellos ordenadores nos parecían algo mágico a pesar de que no estaban conectados con ninguna red nacional ni mundial. Inimaginable la existencia de Google. Teníamos que usarlos en pareja, un ratito tú y otro yo, al alimón, y compartir aquel lujo de ordenadores con los redactores de internacional. Y éramos unos privilegiados. Evidentemente ni podía pasársenos por la cabeza que en muy poco tiempo aquellas máquinas iban a evolucionar hasta poder llevarlas en el bolsillo y llegar a conectarnos con el mundo en un segundo.
El Master, aquel Master, el primer Master de periodismo de un país que conquistaba nuevos horizontes y perfeccionaba sus métodos de preparación profesional, fue una experiencia inolvidable de aprendizaje.
Pero evidentemente eran otros tiempos, bastante más virtuosos. Por desgracia la evolución de esas primeras buenas intenciones no ha derivado en muy positivo. Para el alumno antes primaba el aprendizaje y ahora parece que lo que prima es el poder ostentar un título, poder engordar un currículo. Para el profesorado antes primaba la formación, ahora parece que prima la riqueza, el hacer cursos a destajo para agilizar una fluida entrada de dinero al bolsillo particular.
Se han conexionado las dos necesidades: la de los alumnos y la de los profesores. Por un lado la necesidad de acumular títulos, sea de lo que sea, y por otro lado la de acumular billetes, vengan de donde vengan. Así salen cursos a porrillo de las cosas más inverosímiles y de duraciones más escasas. Y, por eso, hay mucho interés en Universidades privadas, porque es la oportunidad de unos y de otros. Con dinero todo sale adelante.
Y así, se descubrió el chollo de los cursos llamados Masters, que suenan la bomba, y de pronto todo el mundo se ha apuntado a esa onerosa corriente. Los que cobran y los que pagan, todos ganan, como en una tómbola asegurada. Claro que, ante tanta oferta y demanda, el nivel de los cursos acaba reduciéndose hasta llegar a la más ajustada línea de flotación para que con el mínimo esfuerzo haya el máximo de rentabilidad.
Y así, dentro de este sistema de vida al que ha ido derivando la sociedad en la que vivimos, en la que ‘todo vale’ en aras de un beneficio propio, se ha desvirtuado, por desgracia, la esencia de los llamados Masters y han llegado a ser como las rosquillas de la feria.
¡País! Un gran escenario para un continuo y deslucido teatro.
O tempora, o mores.






