Mercedes Unzeta Gullón
Sábado, 28 de Julio de 2018

Silvina Ocampo. Irrepetible

 

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El tiempo político sigue estando revuelto a pesar de que estamos en tiempo vacacional. Temas hay muchos en los que detenerse. Pero yo hoy me apetece relajar un poco el espíritu y rescatar de la biblioteca a una mujer insólita. Se trata de la escritora Silvina Ocampo.  El escritor Adolfo Bioy Casares era su marido. Fue íntima amiga de Jorge Luis Borges (con él se perdía en las noches por los barrios de Buenos Aires) y hermana menor de una de las mujeres argentinas más conocidas del mundo literario, dentro y fuera del país austral, Victoria Ocampo.

 

Silvina era una mujer muy particular y los cuentos que escribía eran también muy particulares, de gran, y suavemente perversa, imaginación. Rodeada de tan excelsos escritores ella pasó desapercibida pero se la empieza a considerar como una de las mejores cuentistas argentinas. El escritor Hugo Beccacece dice de ella: “Todos los humanos somos irrepetibles, pero los que la conocieron y admiraron saben que ella lo fue en grado sumo. Ha sido una de las mujeres más fascinantes de la Argentina, la verdadera reina de la gracia y la poesía”. Todo el mundo coincide y destaca de ella sus espectaculares piernas que, parece, ella lucia con agrado.

 

Se podría decir mucho de ella pero voy a narrar algunas anécdotas que cuenta la escritora Maniana Enriquez en La hermana menor. Son tan solo unas pinceladas de Silvina Ocampo.

 

Silvina llama a un amigo, Juanjo Hernandez, a primerísima hora de la mañana: “¿Te desperté?” (Claro que me había despertado, cuenta el amigo) “No, no me despertaste”, contesta benévolo. “¿Estás solo?”. “Sí, estoy solo”. “Oigo como una respiración de león al lado tuyo”. “Ah, claro, una persona se quedó a dormir y ronca un poco”. “¿Yo conozco a esa persona?”. “No, no la conocés”. “¿Qué sexo tiene?”, pregunta Silvina ya muy interesada. Y Juanjo Hernández  le contesta impaciente: “Silvina, ¿cómo supones que a una persona que se queda a dormir en mi casa le voy a preguntar el sexo? Es una descortesía”. El amigo comenta que escuchó de Silvina un aullido de placer ante la respuesta.

 

Cuenta Edgardo Cozarinsky que de vez en cuando quedaba con Silvina para charlar en algún lugar de la ciudad, siempre escogido por ella. En esta ocasión le había citado en el Rosedal de Palermo. “Allí llegué una tarde de primavera a eso de las seis y la vi charlando animadamente con un hombre enfundado en un impermeable sucio y gastado. Vacilé en acercarme, pero al verme ella me saludó con una sonrisa y me llamó con un gesto. Me presentó como un joven escritor; el hombre, que no tardó en retirarse, fue presentado como “el exhibicionista del Rosedal”. Una vez solos, Silvina me explicó que él la tenía miedo: “la primera vez que se abrió el impermeable le pedí que esperara un momento y me puse los anteojos”.

 

Le cuenta Silvina a su amiga Noemí: “Yo tengo un poema a Diana, que era mi perra. Me gusta porque lo he escrito con mucha emoción, pero tengo que buscarlo en algún cajón. Pero un cajón es una de las cosas más lejanas que hay en el mundo”. Qué cierto.

 

Cuando reflexiona sobre la soledad escribe: “La soledad es una riqueza que el mundo ha perdido. Nadie quiere estar solo. La soledad se volvió agreste, hasta peligrosa. Antes era el canto de los ruiseñores, era la brisa bajo los árboles; en un lecho era el coito, era el sabor de lo que iría a suceder mañana, tal vez pasado mañana, tal vez nunca. Ahora es la bomba del agua que se ha tapado, es la corriente eléctrica que no funciona, es el teléfono que llama de parte de nadie o de un señor que podría llamarse el señor Amenazas, los pasos en las baldosas frías de un atrevido que entra a matar a alguien y se olvida de que el móvil de un crimen es un robo y deja los armarios rotos con las cerraduras violadas”.

 

Enfadada, los tres últimos años de su vida dejó de dirigirle la palabra definitivamente a su marido, Bioy Casares, a pesar de que él le rogaba: “Por lo que más quieras Silvinita no me hagas esto, no sabés el daño que me haces”, pero ella nunca más le habló. Sí hablaba a las otras personas de su alrededor pero no a él. Quizás le inspiró esta drástica actitud la determinación que había tomado Clara de no volver a dirigirle la palabra a su marido Esteban, en la Casa de los Espíritus. Novela de la chilena Isabel Allende publicada en 1982 en Buenos Aires, nueve años antes de que Silvina decidiera no hablar nunca más a su marido.

 

Murió a los 90 años, en 1993, catorce años después de su conocida y reconocida hermana mayor Victoria Ocampo, los años que tenían de diferencia. Sus últimas palabras publicadas en vida fueron: “Quisiera escribir un libro sobre nada”.

 

O témpora, o mores

 

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