Isabel Llanos
Sábado, 11 de Agosto de 2018

Historia de una camiseta mayor de edad

 

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Pasar unos días del verano con los progenitores, mientras se tiene la suerte de conservarlos, es como una visita a un parque temático de la nostalgia. Yo pagaría una fortuna por tener la posibilidad de darme un paseo por aquellas calles de la infancia y adolescencia, y visitar a vecinos y tenderos hoy desaparecidos, tener la dicha de conversar con mis mayores y agradecerles todo aquello que solo ahora, con la edad, comprendo, estimo y valoro. 

 

Generalmente solo retorno a casa en los periodos de rigor, coincidentes con las vacaciones: Navidad, Pascua y verano. Mi madre siempre insiste en que viaje con poco equipaje “que en casa hay de todo”, así que esta vez, para dormir me ha dejado encima de la cama una camiseta tipo playa. Después de darnos las buenas noches, al entrar en la habitación, allí estaba ella. Treinta y tres años de vida ya, pero sin que el tiempo hubiese hecho mella en la insultante lozanía de sus colores.  Todo lo contrario que a la que suscribe. Cierto que los solteros sin hijos nos flasheamos más que la media cuando nos encontramos con los amigos de entonces, a los que una vez sí y otra también, piropeamos sin complejos con un “estás igual que siempre” o un  “por ti no pasan los años” como si estás frases hechas sirviesen de sortilegio para apaciguar la tirantez de nuestras canas y arrugas. El problema es que éstos vienen acompañados de muchachotes con acné y gallos en la voz y jovencitas lozanas y pizpiretas contra los que no hay escapada posible: somos el puente entre los recién llegados y los que están a punto de irse. El próximo escalón será peor. 

 

Así que allí estaba ella, mirándome tan campante como si estuviese encantada del reencuentro. Yo, sin embargo, subyugada ante los recuerdos de esa personita que fui y a la que no me atrevía a mirar a los ojos. ¿Dónde se quedaron los planes intrépidos, las expectativas ante un futuro fulgurante y lleno de posibilidades, los sueños trazados con la pandilla? ¿Todos aquellos lugares a los que viajaría, los países que conocería, los libros que leería y los que escribiría? ¿Aquellos amores apasionados y salvajes, de un romanticismo sin precedentes? Tanta sabiduría entraña un objeto reencontrado después de tanto tiempo cuando viene con un billete a los recuerdos.

 

Me regodeo en fustigarme con la nostalgia, a ver si espabilo, a ver si aún estoy a tiempo de poner una muesca más en la culata del arma que dispara con certeza a los sueños todavía por cumplir a ver si así los cazo antes de que también se me escapen. Así que no paro un minuto más y salgo a las calles a reencontrarme con mis paisanos y mis conocidos, a atesorar con celo souvenirs de esos que no se empaquetan pero que me acompañarán en el viaje de mis tiempos, alegrándome por dentro de no haber sucumbido a ninguna oferta de turismo tropical o exótico y poder disfrutar del tiempo que aún me permita sumar recuerdos a esa nostalgia con la que un día, quizás no muy lejano, mire a este verano hoy todavía presente.

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