A propósito de la defensa de España
“Yo no quiero la Patria dividida/ni por siete cuchillos desangrada”
(Pablo Neruda)
![[Img #38550]](upload/img/periodico/img_38550.jpg)
Yo lo sé. No se lleva, no está de moda hablar de España, y menos aún defenderla. Hoy no hay nada de épico en esto. Sin embargo, creo que hay que hacerlo, y ya es urgente, porque España se está perdiendo, está a punto de irse por el sumidero. Y es que como decía Blas de Lezo, un almirante español, guipuzcoano, cojo, manco, tuerto, que en 1741 venció a la poderosísima flota inglesa en Cartagena de Indias, “una nación no se pierde porque unos la ataquen, sino porque quienes la aman no la defienden”. El enemigo no está fuera, ni es un ejército poderoso, bien armado, sino que está dentro, en nosotros mismos, los españoles. Bien lo vio Amadeo de Saboya, ese rey extranjero, italiano, que, desalentado, en su mensaje de renuncia a la corona española, dirigido a los representantes de la nación y leído por su esposa, escribió: “Si fueran extranjeros los enemigos de su dicha, entonces, al frente de estos soldados, tan valientes como sufridos, sería el primero en combatirlos; pero todos los que con la espada, con la pluma, con la palabra agravan y perpetúan los males de la Nación son españoles”.
Ciertamente, el enemigo de España está en nosotros, los españoles, sobre todo en nuestras cabezas. El enemigo son unas cuantas ideas. Sí, ideas, que son más poderosas, aunque no lo parezca, que las sensaciones de hambre o de frío. Mucho más. Por ideas el hombre ha sido capaz de lo más sublime y de lo más terrible. Ideas que los nacionalismos desde los primeros años de la democracia por medio de la educación –o ¿debería decir adoctrinamiento?– y de unos cuantos prescriptores de opinión han ido instalando sin darnos cuenta en nuestro imaginario colectivo; y, como nadie lo ha impedido, ningún partido político, absolutamente ninguno, nos las han asentado tan bien que se han convertido en parte del pensamiento único. Ese pensamiento que no se cuestiona, que casi nadie osa criticar, porque quien se atreva a hacerlo enseguida será descalificado, arrojado sin atender a argumentos ni a hechos a la vergüenza de fascismo, del autoritarismo, a lo más profundo y oscuro de la caverna, donde habita la ignorancia, el mal. Sin duda, se trata de la dictadura del pensamiento único, que nos dicta lo que tenemos que pensar y decir, cómo tenemos que obrar.
Una de estas ideas es que España nunca ha existido, nunca ha sido una nación, solo ha sido una ficción, una invención de la derecha, del franquismo. A finales del siglo XIX, el nacionalista catalán Prat de la Riba ya había dicho que "bien mirados los hechos, no hay pueblos emigrados, ni bárbaros conquistadores, ni unidad católica, ni España, ni nada", que "España es seudónimo de Castilla", y se felicitaba de que "Hoy ya, son muchos los que ven claro que España no es una Nación, sino un Estado". Pero más de un siglo después, en el año 2004, nada menos que en el senado, el mismo Rodríguez Zapatero, siendo presidente del gobierno de España, dirá –estoy seguro de que lo recordarán– que España es un concepto discutido y discutible. Pero no es verdad, España ha existido y existe, no es una mentira. Nadie fuera de España se cuestiona si España es o no es una nación, solo nosotros, los españoles, lo hacemos, como si no acabáramos de tener claro lo que somos. Sin embargo, vemos obvio que Italia y Alemania, naciones mucho más jóvenes que España, sí son naciones. Claro que tampoco los italianos ni los alemanes se cuestionan si Italia y Alemania son naciones. A pesar de los españoles, España es reconocida como nación por otras naciones, pues como nación forma parte de la UE y de la ONU, así como de otros muchos organismos internacionales, también muy importantes.
Además, España no es una creación reciente, pues ya existía en la Antigüedad. Los romanos llamaron Hispania a esta entidad geográfica que comprende la Península Ibérica. Es cierto, entonces Hispania no estuvo unificada políticamente. La unidad política de España no se consiguió hasta que no llegaron los visigodos. La prueba de que se consiguió es la “Loa a Hispania” que escribió San Isidoro de Sevilla en el siglo VII para abrir su libro Historia Gothorum. Después, esta idea de España como entidad política singular ya no se extinguió, ni siquiera con la invasión árabe, pues pervivió en los pequeños reinos y condados del norte de la península, y en ellos siempre estuvo vivo el deseo de restaurar el reino visigótico. La verdad es que la Reconquista se hizo desde la memoria de la unidad política de España y con el propósito de reestablecerla. Por eso en la corte asturiana se hablaba de una ‘España perdida’ que debía ser recuperada. De lo mismo se hablaba también en la corte leonesa de Alfonso III. Pero igualmente los reyes de Navarra y de Aragón reclamaron en ocasiones el título de reyes de España. Curiosamente, lo que son las cosas, un cronista catalán, llamado Bernat Desclot, cuando en el siglo XIII narra la batalla de las Navas de Tolosa, el principio del fin de los musulmanes en la península, dice que, después de la victoria cristiana, “el rey de Aragón y los demás reyes de España volvieron cada uno a su tierra”. Todo esto demuestra que en la Edad Media existió la idea de España como nación, si bien no en un sentido moderno, pues tampoco así existió la idea de Francia o la de Inglaterra como nación, sí en un sentido lato, como percepción histórica de pertenencia a una unidad territorial, cultural y religiosa. Siempre en esta época hubo una idea subyacente de la unidad de España. Si no la hubiera habido, no habría sido posible la Reconquista ni la unificación de los reyes católicos.
Desde luego que España también existió para Colón, que le dio el nombre de Isla Española a la isla donde se estableció el primer asentamiento europeo en América, pronto abreviado a ‘Española’, y para Hernán Cortés, quien llamó Nueva España a los territorios que conquistó en el hemisferio norte del continente americano. Pero por aquel entonces el nombre y el concepto de ‘España’ no solo estaban ya arraigados en la conciencia de los españoles sino también en la de los extranjeros. Aunque es cierto que Isabel y Fernando nunca se llamaron a sí mismos reyes de España, sí fueron tenidos por tales por sus contemporáneos, de hecho Maquiavelo llama repetidamente a Fernando ‘rey de España’ en su obra El príncipe. Tampoco parece que Luis XIV, el rey Sol, a comienzos del siglo XVIII, tuviera dudas de que España fuera una nación, porque, cuando supo que Carlos II había testado a favor de su nieto Felipe de Anjou, convocó a su familia y a sus colaboradores más próximos, junto con el embajador de España, y lo presentó de la siguiente manera: “Señores, he aquí al rey de España… Espérale impaciente la nación de España…”
No obstante, España no fue proclamada nación hasta principios del siglo XIX, cuando en la guerra de la independencia de 1808 se sublevó contra los franceses. Solo unos años después, la palabra ‘nación’ para referirse a España ya aparece en su primera constitución, la Constitución de Cádiz de 1812, pues su Título Primero reza así: ‘De la nación española y de los españoles’. Pero por si esto no bastara, más recientemente, Miguel de Unamuno, que era de Bilbao, nada sospechoso de fascista o de simpatizante con el autoritarismo, puesto que fue desterrado en 1924 a Fuerteventura por sus ataques al rey Alfonso XIII y al dictador Primo de Rivera, que se presentó candidato a concejal por la Conjunción Republicano-Socialista en las elecciones del 12 de abril de 1931 y que siendo rector de la universidad de Salamanca se enfrentó públicamente al general Millán-Astray con aquello de “venceréis, pero no convenceréis”, se expresó de esta manera tan rotunda, tan diáfana, tan de corazón: "Me duele España; soy español, español de nacimiento, de educación, de cuerpo, de espíritu, de lengua y hasta de profesión y oficio; español sobre todo y ante todo". A esto, como colofón, se le pueden añadir las palabras que La Pasionaria, Dolores Ibárruri, una histórica dirigente del PCE, les dirigió en noviembre de 1938 en Barcelona a los brigadistas internacionales por su ayuda a la República: “De todos los pueblos y todas las razas vinisteis a nosotros como hermanos nuestros, como hijos de la España Inmortal”.
Otra idea, no menos falsa que la anterior, es la de que quien se declara patriota es un nacionalista español, que es igual que cualquier otro nacionalista, el catalán o el vasco. Igual, o peor, mucho peor. Pero la verdad es que no es lo mismo patriotismo que nacionalismo. El patriotismo es una actitud propia de ciudadanos, mientras que el nacionalismo es un comportamiento propio de los fieles de una secta o doctrina. El patriotismo español defiende lo común, los valores compartidos, lo que nos une a los españoles, porque a él todos le importan, independientemente de si son vascos, gallegos, aragoneses o catalanes. El patriotismo es integrador, está atento a lo que une, consciente de que lo que nos une es lo que nos eleva. En cambio, el nacionalismo, tanto el catalán, el vasco o cualquier otro, como el mismo español, es egoísta, defiende lo propio, los intereses de su supuesto pueblo, o tribu, frente a lo de todos, que para él siempre son los otros, los que hay que excluir. El patriotismo español no es un nacionalismo español, porque no ejerce su patriotismo contra nadie, contra ninguna otra nación. Para el español patriota, aunque se siente orgulloso de ser español, las demás naciones, Francia, el Reino Unido, Alemania, Italia, no son el enemigo, no son una mierda, algo despreciable; al contrario, las comprende, reconoce sus méritos, las admira. Y, lejos de rivalizar con ellas, busca su reconciliación, porque es mucho lo que los españoles compartimos con los franceses, ingleses, alemanes, italianos y tantos otros; sobre todo compartimos la casa común, la casa europea, donde todos habitamos. No pasa lo mismo con el nacionalismo, que para reafirmase, para poder seguir existiendo, se crea un enemigo, en este caso España, eso que tenemos en común todos los españoles, y, tras despreciarlo, lo acusa de que lo oprime, le roba y le pega; en fin, le hace responsable de todos sus males.
Tampoco es verdad que el nacionalismo español sea más reprobable que los otros nacionalismos. Sin embargo, nos parece más malvado. La causa está en que algunos, principalmente nacionalistas e izquierdistas, han logrado con éxito que identifiquemos el nacionalismo español con el franquismo y el catalanismo o el nacionalismo vasco con la democracia. Por eso los mitos nacionales españoles son anatema mientras que los de los otros nacionalismos resultan intocables. Pero, si bien es cierto que el franquismo es, entre otras cosas, nacionalismo español, este no se puede reducir a aquel, por más que la dictadura haya abusado de los símbolos nacionales, pues ya existía mucho antes de que Franco naciera. Además, también es verdad, aunque no se quiera poner de manifiesto, que en ciertas partes de España en alguna medida, al amparo del nacionalismo, hay derechos democráticos fundamentales, como el de la misma libertad, que se han visto –aún se ven– mermados, socavados.
Una tercera idea, también convertida en dogma, es que la descentralización del Estado equivale a democracia y a progreso, mientras que el centralismo es sinónimo de autoritarismo y de retroceso. De hecho, algunos defienden que un Estado federal es más democrático que un Estado centralizado. Por ejemplo, Rodríguez Zapatero, otra vez, en su última legislatura, entre el año 2008 y el 2011, se oponía a la reforma de la Constitución para que el Estado recuperara algunas competencias básicas, como la educación y la sanidad, alegando que eso era algo “retrógrado y muy de derechas”, y que si España había progresado había sido gracias al modelo autonómico, a la descentralización. Falso, esto no resiste la contrastación con la realidad, con los hechos, que lo desmienten. Hay Estados centralizados, como Francia, que garantizan mucho mejor los derechos democráticos que otros, como Venezuela, que tienen un Estado descentralizado. La verdadera diferencia entre la España de Franco y la España de la constitución del 78 no está en que en aquella el Estado estaba centralizado y en esta está descentralizado sino que en aquella había una dictadura y en esta hay una democracia. Es la democracia, no el modelo autonómico, lo que nos ha hecho progresar, alcanzar a Europa. No niego, desde luego, que este modelo autonómico haya sido bueno en algún aspecto, como el del acercamiento de la administración al ciudadano, lo cual ha permitido la resolución de algunos de sus problemas de un modo más rápido, incluso más eficaz, pero sin duda también ha sido malo en otros, algunos sustanciales, que lo hacen inadmisible. Sobre todo ha sido malo, y sigue siéndolo, porque permite, más aún, favorece, la conculcación de uno de los derechos humanos más fundamentales: la igualdad. Con este modelo autonómico, los ciudadanos españoles de las distintas comunidades autonómicas no somos todos iguales: no todos los españoles disfrutamos de los mismos servicios sociales ni contamos con las mismas oportunidades laborales en la función pública. Respecto a lo primero, algunas comunidades autónomas, por ser más ricas, prestan más y mejores servicios sociales que otras, que no cuentan con tantos recursos. Respecto a lo segundo, los españoles de las comunidades autónomas con lengua propia tienen ventaja para trabajar en la función pública con respecto a los que pertenecen a las comunidades que no la tienen, porque en aquellas comunidades se ha establecido como condición indispensable para poder acceder a un puesto de trabajo en su administración pública el saber su lengua propia. Por eso los profesionales de la enseñanza de las comunidades autónomas que carecen de lengua propia lo tienen muy difícil para poder ganar una plaza de profesor en las comunidades que sí la tienen, como Galicia, Cataluña, Valencia, Islas Baleares o el País Vasco. Por el contrario, los profesores de las comunidades autónomas con lengua propia que se presentan a las oposiciones de enseñanza en las comunidades que no la tienen concursan en las mismas condiciones de igualdad que los opositores de estas comunidades, porque estas no han establecido como requisito indispensable para acceder a las plazas que ofertan el conocimiento de su lengua propia, puesto que carecen de ella. Además, ya metidos en la enseñanza, trasladar a un niño de un colegio público de una comunidad que no tiene lengua propia a otro colegio público de una comunidad con lengua propia, donde casi toda la enseñanza se imparte en esta lengua, es casi dar por seguro que el curso que comience tendrá que repetirlo. Así, en estas condiciones no se puede decir que hay igualdad de oportunidades.
Con lo cual, no es lo mismo pertenecer una comunidad que a otra: los que son de las comunidades autónomas con lengua propia tienen ventaja sobre los de las comunidades que carecen de ella. En este sentido, al menos en este sentido, los españoles no somos todos iguales, y esto no es avanzar, no es progreso, es pura injusticia.
Yo lo sé bien. Para algunos, los guardianes del pensamiento único, monolítico, estas palabras, que bien las podrían hacer suyas muchos ciudadanos españoles normales, que no son monstruos, serán objeto de la reductio ad Hitlerum y por consiguiente tildadas de fascistas, reaccionarias, retrógradas, propias de quien vive en la caverna, sumido en la oscuridad de la ignorancia, o acaso de la maldad. Pero no, esto no es fascismo, ni algo monstruoso. Solo es un pensamiento distinto, que de ninguna de las maneras, por mucho que digan, amenaza a la democracia.
(Pablo Neruda)
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Yo lo sé. No se lleva, no está de moda hablar de España, y menos aún defenderla. Hoy no hay nada de épico en esto. Sin embargo, creo que hay que hacerlo, y ya es urgente, porque España se está perdiendo, está a punto de irse por el sumidero. Y es que como decía Blas de Lezo, un almirante español, guipuzcoano, cojo, manco, tuerto, que en 1741 venció a la poderosísima flota inglesa en Cartagena de Indias, “una nación no se pierde porque unos la ataquen, sino porque quienes la aman no la defienden”. El enemigo no está fuera, ni es un ejército poderoso, bien armado, sino que está dentro, en nosotros mismos, los españoles. Bien lo vio Amadeo de Saboya, ese rey extranjero, italiano, que, desalentado, en su mensaje de renuncia a la corona española, dirigido a los representantes de la nación y leído por su esposa, escribió: “Si fueran extranjeros los enemigos de su dicha, entonces, al frente de estos soldados, tan valientes como sufridos, sería el primero en combatirlos; pero todos los que con la espada, con la pluma, con la palabra agravan y perpetúan los males de la Nación son españoles”.
Ciertamente, el enemigo de España está en nosotros, los españoles, sobre todo en nuestras cabezas. El enemigo son unas cuantas ideas. Sí, ideas, que son más poderosas, aunque no lo parezca, que las sensaciones de hambre o de frío. Mucho más. Por ideas el hombre ha sido capaz de lo más sublime y de lo más terrible. Ideas que los nacionalismos desde los primeros años de la democracia por medio de la educación –o ¿debería decir adoctrinamiento?– y de unos cuantos prescriptores de opinión han ido instalando sin darnos cuenta en nuestro imaginario colectivo; y, como nadie lo ha impedido, ningún partido político, absolutamente ninguno, nos las han asentado tan bien que se han convertido en parte del pensamiento único. Ese pensamiento que no se cuestiona, que casi nadie osa criticar, porque quien se atreva a hacerlo enseguida será descalificado, arrojado sin atender a argumentos ni a hechos a la vergüenza de fascismo, del autoritarismo, a lo más profundo y oscuro de la caverna, donde habita la ignorancia, el mal. Sin duda, se trata de la dictadura del pensamiento único, que nos dicta lo que tenemos que pensar y decir, cómo tenemos que obrar.
Una de estas ideas es que España nunca ha existido, nunca ha sido una nación, solo ha sido una ficción, una invención de la derecha, del franquismo. A finales del siglo XIX, el nacionalista catalán Prat de la Riba ya había dicho que "bien mirados los hechos, no hay pueblos emigrados, ni bárbaros conquistadores, ni unidad católica, ni España, ni nada", que "España es seudónimo de Castilla", y se felicitaba de que "Hoy ya, son muchos los que ven claro que España no es una Nación, sino un Estado". Pero más de un siglo después, en el año 2004, nada menos que en el senado, el mismo Rodríguez Zapatero, siendo presidente del gobierno de España, dirá –estoy seguro de que lo recordarán– que España es un concepto discutido y discutible. Pero no es verdad, España ha existido y existe, no es una mentira. Nadie fuera de España se cuestiona si España es o no es una nación, solo nosotros, los españoles, lo hacemos, como si no acabáramos de tener claro lo que somos. Sin embargo, vemos obvio que Italia y Alemania, naciones mucho más jóvenes que España, sí son naciones. Claro que tampoco los italianos ni los alemanes se cuestionan si Italia y Alemania son naciones. A pesar de los españoles, España es reconocida como nación por otras naciones, pues como nación forma parte de la UE y de la ONU, así como de otros muchos organismos internacionales, también muy importantes.
Además, España no es una creación reciente, pues ya existía en la Antigüedad. Los romanos llamaron Hispania a esta entidad geográfica que comprende la Península Ibérica. Es cierto, entonces Hispania no estuvo unificada políticamente. La unidad política de España no se consiguió hasta que no llegaron los visigodos. La prueba de que se consiguió es la “Loa a Hispania” que escribió San Isidoro de Sevilla en el siglo VII para abrir su libro Historia Gothorum. Después, esta idea de España como entidad política singular ya no se extinguió, ni siquiera con la invasión árabe, pues pervivió en los pequeños reinos y condados del norte de la península, y en ellos siempre estuvo vivo el deseo de restaurar el reino visigótico. La verdad es que la Reconquista se hizo desde la memoria de la unidad política de España y con el propósito de reestablecerla. Por eso en la corte asturiana se hablaba de una ‘España perdida’ que debía ser recuperada. De lo mismo se hablaba también en la corte leonesa de Alfonso III. Pero igualmente los reyes de Navarra y de Aragón reclamaron en ocasiones el título de reyes de España. Curiosamente, lo que son las cosas, un cronista catalán, llamado Bernat Desclot, cuando en el siglo XIII narra la batalla de las Navas de Tolosa, el principio del fin de los musulmanes en la península, dice que, después de la victoria cristiana, “el rey de Aragón y los demás reyes de España volvieron cada uno a su tierra”. Todo esto demuestra que en la Edad Media existió la idea de España como nación, si bien no en un sentido moderno, pues tampoco así existió la idea de Francia o la de Inglaterra como nación, sí en un sentido lato, como percepción histórica de pertenencia a una unidad territorial, cultural y religiosa. Siempre en esta época hubo una idea subyacente de la unidad de España. Si no la hubiera habido, no habría sido posible la Reconquista ni la unificación de los reyes católicos.
Desde luego que España también existió para Colón, que le dio el nombre de Isla Española a la isla donde se estableció el primer asentamiento europeo en América, pronto abreviado a ‘Española’, y para Hernán Cortés, quien llamó Nueva España a los territorios que conquistó en el hemisferio norte del continente americano. Pero por aquel entonces el nombre y el concepto de ‘España’ no solo estaban ya arraigados en la conciencia de los españoles sino también en la de los extranjeros. Aunque es cierto que Isabel y Fernando nunca se llamaron a sí mismos reyes de España, sí fueron tenidos por tales por sus contemporáneos, de hecho Maquiavelo llama repetidamente a Fernando ‘rey de España’ en su obra El príncipe. Tampoco parece que Luis XIV, el rey Sol, a comienzos del siglo XVIII, tuviera dudas de que España fuera una nación, porque, cuando supo que Carlos II había testado a favor de su nieto Felipe de Anjou, convocó a su familia y a sus colaboradores más próximos, junto con el embajador de España, y lo presentó de la siguiente manera: “Señores, he aquí al rey de España… Espérale impaciente la nación de España…”
No obstante, España no fue proclamada nación hasta principios del siglo XIX, cuando en la guerra de la independencia de 1808 se sublevó contra los franceses. Solo unos años después, la palabra ‘nación’ para referirse a España ya aparece en su primera constitución, la Constitución de Cádiz de 1812, pues su Título Primero reza así: ‘De la nación española y de los españoles’. Pero por si esto no bastara, más recientemente, Miguel de Unamuno, que era de Bilbao, nada sospechoso de fascista o de simpatizante con el autoritarismo, puesto que fue desterrado en 1924 a Fuerteventura por sus ataques al rey Alfonso XIII y al dictador Primo de Rivera, que se presentó candidato a concejal por la Conjunción Republicano-Socialista en las elecciones del 12 de abril de 1931 y que siendo rector de la universidad de Salamanca se enfrentó públicamente al general Millán-Astray con aquello de “venceréis, pero no convenceréis”, se expresó de esta manera tan rotunda, tan diáfana, tan de corazón: "Me duele España; soy español, español de nacimiento, de educación, de cuerpo, de espíritu, de lengua y hasta de profesión y oficio; español sobre todo y ante todo". A esto, como colofón, se le pueden añadir las palabras que La Pasionaria, Dolores Ibárruri, una histórica dirigente del PCE, les dirigió en noviembre de 1938 en Barcelona a los brigadistas internacionales por su ayuda a la República: “De todos los pueblos y todas las razas vinisteis a nosotros como hermanos nuestros, como hijos de la España Inmortal”.
Otra idea, no menos falsa que la anterior, es la de que quien se declara patriota es un nacionalista español, que es igual que cualquier otro nacionalista, el catalán o el vasco. Igual, o peor, mucho peor. Pero la verdad es que no es lo mismo patriotismo que nacionalismo. El patriotismo es una actitud propia de ciudadanos, mientras que el nacionalismo es un comportamiento propio de los fieles de una secta o doctrina. El patriotismo español defiende lo común, los valores compartidos, lo que nos une a los españoles, porque a él todos le importan, independientemente de si son vascos, gallegos, aragoneses o catalanes. El patriotismo es integrador, está atento a lo que une, consciente de que lo que nos une es lo que nos eleva. En cambio, el nacionalismo, tanto el catalán, el vasco o cualquier otro, como el mismo español, es egoísta, defiende lo propio, los intereses de su supuesto pueblo, o tribu, frente a lo de todos, que para él siempre son los otros, los que hay que excluir. El patriotismo español no es un nacionalismo español, porque no ejerce su patriotismo contra nadie, contra ninguna otra nación. Para el español patriota, aunque se siente orgulloso de ser español, las demás naciones, Francia, el Reino Unido, Alemania, Italia, no son el enemigo, no son una mierda, algo despreciable; al contrario, las comprende, reconoce sus méritos, las admira. Y, lejos de rivalizar con ellas, busca su reconciliación, porque es mucho lo que los españoles compartimos con los franceses, ingleses, alemanes, italianos y tantos otros; sobre todo compartimos la casa común, la casa europea, donde todos habitamos. No pasa lo mismo con el nacionalismo, que para reafirmase, para poder seguir existiendo, se crea un enemigo, en este caso España, eso que tenemos en común todos los españoles, y, tras despreciarlo, lo acusa de que lo oprime, le roba y le pega; en fin, le hace responsable de todos sus males.
Tampoco es verdad que el nacionalismo español sea más reprobable que los otros nacionalismos. Sin embargo, nos parece más malvado. La causa está en que algunos, principalmente nacionalistas e izquierdistas, han logrado con éxito que identifiquemos el nacionalismo español con el franquismo y el catalanismo o el nacionalismo vasco con la democracia. Por eso los mitos nacionales españoles son anatema mientras que los de los otros nacionalismos resultan intocables. Pero, si bien es cierto que el franquismo es, entre otras cosas, nacionalismo español, este no se puede reducir a aquel, por más que la dictadura haya abusado de los símbolos nacionales, pues ya existía mucho antes de que Franco naciera. Además, también es verdad, aunque no se quiera poner de manifiesto, que en ciertas partes de España en alguna medida, al amparo del nacionalismo, hay derechos democráticos fundamentales, como el de la misma libertad, que se han visto –aún se ven– mermados, socavados.
Una tercera idea, también convertida en dogma, es que la descentralización del Estado equivale a democracia y a progreso, mientras que el centralismo es sinónimo de autoritarismo y de retroceso. De hecho, algunos defienden que un Estado federal es más democrático que un Estado centralizado. Por ejemplo, Rodríguez Zapatero, otra vez, en su última legislatura, entre el año 2008 y el 2011, se oponía a la reforma de la Constitución para que el Estado recuperara algunas competencias básicas, como la educación y la sanidad, alegando que eso era algo “retrógrado y muy de derechas”, y que si España había progresado había sido gracias al modelo autonómico, a la descentralización. Falso, esto no resiste la contrastación con la realidad, con los hechos, que lo desmienten. Hay Estados centralizados, como Francia, que garantizan mucho mejor los derechos democráticos que otros, como Venezuela, que tienen un Estado descentralizado. La verdadera diferencia entre la España de Franco y la España de la constitución del 78 no está en que en aquella el Estado estaba centralizado y en esta está descentralizado sino que en aquella había una dictadura y en esta hay una democracia. Es la democracia, no el modelo autonómico, lo que nos ha hecho progresar, alcanzar a Europa. No niego, desde luego, que este modelo autonómico haya sido bueno en algún aspecto, como el del acercamiento de la administración al ciudadano, lo cual ha permitido la resolución de algunos de sus problemas de un modo más rápido, incluso más eficaz, pero sin duda también ha sido malo en otros, algunos sustanciales, que lo hacen inadmisible. Sobre todo ha sido malo, y sigue siéndolo, porque permite, más aún, favorece, la conculcación de uno de los derechos humanos más fundamentales: la igualdad. Con este modelo autonómico, los ciudadanos españoles de las distintas comunidades autonómicas no somos todos iguales: no todos los españoles disfrutamos de los mismos servicios sociales ni contamos con las mismas oportunidades laborales en la función pública. Respecto a lo primero, algunas comunidades autónomas, por ser más ricas, prestan más y mejores servicios sociales que otras, que no cuentan con tantos recursos. Respecto a lo segundo, los españoles de las comunidades autónomas con lengua propia tienen ventaja para trabajar en la función pública con respecto a los que pertenecen a las comunidades que no la tienen, porque en aquellas comunidades se ha establecido como condición indispensable para poder acceder a un puesto de trabajo en su administración pública el saber su lengua propia. Por eso los profesionales de la enseñanza de las comunidades autónomas que carecen de lengua propia lo tienen muy difícil para poder ganar una plaza de profesor en las comunidades que sí la tienen, como Galicia, Cataluña, Valencia, Islas Baleares o el País Vasco. Por el contrario, los profesores de las comunidades autónomas con lengua propia que se presentan a las oposiciones de enseñanza en las comunidades que no la tienen concursan en las mismas condiciones de igualdad que los opositores de estas comunidades, porque estas no han establecido como requisito indispensable para acceder a las plazas que ofertan el conocimiento de su lengua propia, puesto que carecen de ella. Además, ya metidos en la enseñanza, trasladar a un niño de un colegio público de una comunidad que no tiene lengua propia a otro colegio público de una comunidad con lengua propia, donde casi toda la enseñanza se imparte en esta lengua, es casi dar por seguro que el curso que comience tendrá que repetirlo. Así, en estas condiciones no se puede decir que hay igualdad de oportunidades.
Con lo cual, no es lo mismo pertenecer una comunidad que a otra: los que son de las comunidades autónomas con lengua propia tienen ventaja sobre los de las comunidades que carecen de ella. En este sentido, al menos en este sentido, los españoles no somos todos iguales, y esto no es avanzar, no es progreso, es pura injusticia.
Yo lo sé bien. Para algunos, los guardianes del pensamiento único, monolítico, estas palabras, que bien las podrían hacer suyas muchos ciudadanos españoles normales, que no son monstruos, serán objeto de la reductio ad Hitlerum y por consiguiente tildadas de fascistas, reaccionarias, retrógradas, propias de quien vive en la caverna, sumido en la oscuridad de la ignorancia, o acaso de la maldad. Pero no, esto no es fascismo, ni algo monstruoso. Solo es un pensamiento distinto, que de ninguna de las maneras, por mucho que digan, amenaza a la democracia.






