Eros y tanatos
![[Img #40194]](http://astorgaredaccion.com/upload/images/11_2018/4458_escanear0107.jpg?27)
Subiendo hace unos días por la calle Atocha para asistir a la presentación del libro de Raquel Ramírez de Arellano “la arquitectura de las colmenas”, reseñado estupendamente en este medio digital, contemplaba desde el autobús la ampliación que están haciendo de aceras. Fue entonces cuando me vino a la cabeza la cantidad de tiempo, tal vez años, que no paseo por una de mis zonas favoritas de Madrid, y por esa asociación libre de ideas que nos hacemos los humanos, -la mente es un hilo de Ariana que nos conduce por intrincados laberintos-, pensaba que el tiempo -cronos- transita entre los extremos de esos dos conceptos universales que nos incumben a todos y de los que se habla más bien poco. O no se habla.
Esos dos conceptos universales son la vida, que tiene su equivalente griego en el término eros, y la muerte o tanatos.
Eros en la mitología griega es el dios primordial responsable del amor, de la atracción sexual, de la fertilidad, asociado además al impulso creativo de la naturaleza o Luz primigenia responsable de la creación y el orden de todas las cosas en el cosmos. Curiosamente, siendo tan importante, esta sociedad occidental no nos enseña nada acerca del placer, del deseo, del sexo. Todo lo que sabemos, lo poco que sabemos, lo hemos aprendido desde púberes a través del método heurístico del ensayo y el error.
De sobra es conocida la importancia de la palabra como generadora de entidad y no hay una sola palabra en castellano que no tenga connotaciones peyorativas (joder, follar, fornicar, coger, copular, montar, poseer, aparearse…) para definir el acto sexual. La única generalmente aceptada aunque en mi opinión bastante cursi (para gustos, ya se sabe, colores) es hacer el amor, y tiene tres.
Del tanatos se habla aún menos. Decía el escritor y filósofo François de la Rochefaucauld en el siglo XVII que no podemos mirar fijamente ni el sol ni la muerte, y a pesar de los avances del pensamiento, médicos, científicos que se han producido en los últimos siglos parece que lamentablemente sigue siendo así. Y no se entiende, habida cuenta de que la muerte es la última parte de un proceso por el que más tarde o más temprano todos los seres vivos tenemos que pasar, por eso conocerla, aceptarla, incorporarla a nuestra vida es tan necesario. Como dijo la cantautora isamil9 en el homenaje que hace poco se hizo en honor del doctor Montes en León, “Pido la buena muerte, pido que nos instruyan en el adiós, pido morir como se apaga una vela de cumpleaños tras pedir un deseo”. En suma, morir con dignidad.
En la presentación a la que asistí curiosamente hubo un momento que el poeta villafranquino Juan Carlos Mestre diseccionó como un cirujano de la palabra el término aprender, que etimológicamente viene del latín apprehendere, compuesta por el prefijo ad –(hacia), el prefijo prae –(antes) y el verbo hendere (atrapar, asir, agarrar) , relacionado a su vez con el término hedera, hiedra, para poner de relieve la necesidad imperiosa de emanciparnos, desasirnos, desenredarnos de lo aprendido a través de la palabra. Necesidad imperiosa, opino yo, de aprender a desaprender.
Pero eso lo aprendería después. Porque mientras transitaba en el autobús por la mítica calle de Atocha taladrada a diestra y siniestra pensaba, como en la canción de Milanés, que el tiempo pasa y nos vamos poniendo viejos, y que en mi caso esa vejez la marca, entre otros indicadores, la extrañeza con que me sorprenden y hasta azotan ciertos detalles que un día me fueron tremendamente cotidianos.
Pese a todo, y eso lo pienso ahora mientras escribo, lo que permanece inalterable por el momento es la curiosidad, esa pulsión y goce apasionado por la vida. Por la vida y sus misterios.
![[Img #40194]](http://astorgaredaccion.com/upload/images/11_2018/4458_escanear0107.jpg?27)
Subiendo hace unos días por la calle Atocha para asistir a la presentación del libro de Raquel Ramírez de Arellano “la arquitectura de las colmenas”, reseñado estupendamente en este medio digital, contemplaba desde el autobús la ampliación que están haciendo de aceras. Fue entonces cuando me vino a la cabeza la cantidad de tiempo, tal vez años, que no paseo por una de mis zonas favoritas de Madrid, y por esa asociación libre de ideas que nos hacemos los humanos, -la mente es un hilo de Ariana que nos conduce por intrincados laberintos-, pensaba que el tiempo -cronos- transita entre los extremos de esos dos conceptos universales que nos incumben a todos y de los que se habla más bien poco. O no se habla.
Esos dos conceptos universales son la vida, que tiene su equivalente griego en el término eros, y la muerte o tanatos.
Eros en la mitología griega es el dios primordial responsable del amor, de la atracción sexual, de la fertilidad, asociado además al impulso creativo de la naturaleza o Luz primigenia responsable de la creación y el orden de todas las cosas en el cosmos. Curiosamente, siendo tan importante, esta sociedad occidental no nos enseña nada acerca del placer, del deseo, del sexo. Todo lo que sabemos, lo poco que sabemos, lo hemos aprendido desde púberes a través del método heurístico del ensayo y el error.
De sobra es conocida la importancia de la palabra como generadora de entidad y no hay una sola palabra en castellano que no tenga connotaciones peyorativas (joder, follar, fornicar, coger, copular, montar, poseer, aparearse…) para definir el acto sexual. La única generalmente aceptada aunque en mi opinión bastante cursi (para gustos, ya se sabe, colores) es hacer el amor, y tiene tres.
Del tanatos se habla aún menos. Decía el escritor y filósofo François de la Rochefaucauld en el siglo XVII que no podemos mirar fijamente ni el sol ni la muerte, y a pesar de los avances del pensamiento, médicos, científicos que se han producido en los últimos siglos parece que lamentablemente sigue siendo así. Y no se entiende, habida cuenta de que la muerte es la última parte de un proceso por el que más tarde o más temprano todos los seres vivos tenemos que pasar, por eso conocerla, aceptarla, incorporarla a nuestra vida es tan necesario. Como dijo la cantautora isamil9 en el homenaje que hace poco se hizo en honor del doctor Montes en León, “Pido la buena muerte, pido que nos instruyan en el adiós, pido morir como se apaga una vela de cumpleaños tras pedir un deseo”. En suma, morir con dignidad.
En la presentación a la que asistí curiosamente hubo un momento que el poeta villafranquino Juan Carlos Mestre diseccionó como un cirujano de la palabra el término aprender, que etimológicamente viene del latín apprehendere, compuesta por el prefijo ad –(hacia), el prefijo prae –(antes) y el verbo hendere (atrapar, asir, agarrar) , relacionado a su vez con el término hedera, hiedra, para poner de relieve la necesidad imperiosa de emanciparnos, desasirnos, desenredarnos de lo aprendido a través de la palabra. Necesidad imperiosa, opino yo, de aprender a desaprender.
Pero eso lo aprendería después. Porque mientras transitaba en el autobús por la mítica calle de Atocha taladrada a diestra y siniestra pensaba, como en la canción de Milanés, que el tiempo pasa y nos vamos poniendo viejos, y que en mi caso esa vejez la marca, entre otros indicadores, la extrañeza con que me sorprenden y hasta azotan ciertos detalles que un día me fueron tremendamente cotidianos.
Pese a todo, y eso lo pienso ahora mientras escribo, lo que permanece inalterable por el momento es la curiosidad, esa pulsión y goce apasionado por la vida. Por la vida y sus misterios.






