Psicofanías de la Casona
![[Img #40370]](http://astorgaredaccion.com/upload/images/11_2018/4076_287.jpg?17)
Hay quien denomina a las psicofonías productos de voz electrónica o parafonías. Y lo explican, sin recurrir a fantasmas, como fenómenos de pareidolía o de apofenia (El encontrar significado en hechos que no lo tienen)
Imaginémonos grabando lo que garlan nuestros ediles, cosa ya hecha. Que tuviéramos, como el cojuelo, acceso a la intimidad de su mente. Esto está por hacer, o tal vez no. La sorpresa no sería mayúscula de atender a la calidad de sus dicterios y fantasías. No habría Demóstenes ni cicerones, aunque los citen. Pero entre tanto garabato y lenguaje soez de comodín con el que se comercian voluntades, puertas giratorias de futuro, ahora incierto, oiríamos frases y citas muy extrañas, que dan que pensar.
En el larario del alcalde, silencio y soledad. La grabadora en una noche no aprecia nada, ¿noche oscura del alma? Tan solo “la sospecha inútil de sus ojos desde el espejo mirándole”. Pero esto no queda grabado.
Los secretos siempre acaban así: O terminas desvelado en tu espejo, o la paranoia se extiende por doquier, siendo la ciudadanía la que te señala y afea los lapsus entre dos gestos ensayados: Una fotografía. La Fotografía siempre ha podido ser el testigo de esos entreactos.
Lo peor son esos ojos que aparecen al espejo y que rehuyen la mirada...
Otro día dormiría la grabadora en el adoratorio de Peyuca. Si auscultara los pensamientos, himnos y gorigoris de este compadre de gimnosofistas, que de llegar a la alcaldía repartiría su heredad con menesterosos y obraría prodigios inimaginables, quedaríamos espantados, tan elevados son sus pensamientos, de una lógica borrosa, desacostumbrada. Queda de noche la grabadora ahí olvidada, al albur de los signos que criminalizan el aire, esquinados en el mobiliario en el temor de ser consentidos de otra mente. Se escuchan movimientos apresurados, traspaso de papeles, fingimiento de discos duros que alimentan el entresijo del secreto con justificaciones, razonamientos, silencios, silencios, tantos silencios (en la espera de que lo grabado se escuchase en ellos y tuviera sonoridad celestial, aunque fingida)
Pues un secreto llama a otro secreto. Y así, tras pasar por “cámaras oblongas, pasadizos subterráneos, rampas helicoidales, laberintos fétidos, pantanos inundados de reptiles”, posamos la grabadora en otra esclusa de aires más festivos. En Astorga siempre parecemos de fiesta, aunque haya la miseria y no se asista, siempre habrá fogueos en la faltriquera. Era “el juego del secreto lo que establecía las relaciones afectivas que urdían la trama de la tribu... Era a un tiempo lo que reforzaba su unidad y su talón de Aquiles.”
Voces, gritos no faltan por este ala del Ayuntamiento; muy bajas, ininteligibles las femeninas. De alguna manera hubo quien supo interferir las vibraciones. Demasiado ruido por estas estancias vacías “y aunque torturen los espejos con peinados de quince años” no consiguen verse con limpieza.
Algunos/as ya no serán capaces de mirarse, menos aún de verse. Otros/as expulsan las barreduras del alinde del disco duro, los rastros que mantienen el Ayuntamiento en lo falso, en la no verdad. Tal vez la transparencia sea entendida como lo que traspasa y hiere a los ojos, tal vez también termine por traspasar aquel secreto, hasta el secreto del secreto que sabremos algún día. Tal vez la Hueste del Ayuntamiento no vaya en sintonía con los versos grabados en el zaguán, versos de un hombre ejemplar que no mandó nunca y que al parecer no servía para nada: “Mar sesgo, viento largo, estrella clara, camino, aunque no usado, alegre y cierto (…)”
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Hay quien denomina a las psicofonías productos de voz electrónica o parafonías. Y lo explican, sin recurrir a fantasmas, como fenómenos de pareidolía o de apofenia (El encontrar significado en hechos que no lo tienen)
Imaginémonos grabando lo que garlan nuestros ediles, cosa ya hecha. Que tuviéramos, como el cojuelo, acceso a la intimidad de su mente. Esto está por hacer, o tal vez no. La sorpresa no sería mayúscula de atender a la calidad de sus dicterios y fantasías. No habría Demóstenes ni cicerones, aunque los citen. Pero entre tanto garabato y lenguaje soez de comodín con el que se comercian voluntades, puertas giratorias de futuro, ahora incierto, oiríamos frases y citas muy extrañas, que dan que pensar.
En el larario del alcalde, silencio y soledad. La grabadora en una noche no aprecia nada, ¿noche oscura del alma? Tan solo “la sospecha inútil de sus ojos desde el espejo mirándole”. Pero esto no queda grabado.
Los secretos siempre acaban así: O terminas desvelado en tu espejo, o la paranoia se extiende por doquier, siendo la ciudadanía la que te señala y afea los lapsus entre dos gestos ensayados: Una fotografía. La Fotografía siempre ha podido ser el testigo de esos entreactos.
Lo peor son esos ojos que aparecen al espejo y que rehuyen la mirada...
Otro día dormiría la grabadora en el adoratorio de Peyuca. Si auscultara los pensamientos, himnos y gorigoris de este compadre de gimnosofistas, que de llegar a la alcaldía repartiría su heredad con menesterosos y obraría prodigios inimaginables, quedaríamos espantados, tan elevados son sus pensamientos, de una lógica borrosa, desacostumbrada. Queda de noche la grabadora ahí olvidada, al albur de los signos que criminalizan el aire, esquinados en el mobiliario en el temor de ser consentidos de otra mente. Se escuchan movimientos apresurados, traspaso de papeles, fingimiento de discos duros que alimentan el entresijo del secreto con justificaciones, razonamientos, silencios, silencios, tantos silencios (en la espera de que lo grabado se escuchase en ellos y tuviera sonoridad celestial, aunque fingida)
Pues un secreto llama a otro secreto. Y así, tras pasar por “cámaras oblongas, pasadizos subterráneos, rampas helicoidales, laberintos fétidos, pantanos inundados de reptiles”, posamos la grabadora en otra esclusa de aires más festivos. En Astorga siempre parecemos de fiesta, aunque haya la miseria y no se asista, siempre habrá fogueos en la faltriquera. Era “el juego del secreto lo que establecía las relaciones afectivas que urdían la trama de la tribu... Era a un tiempo lo que reforzaba su unidad y su talón de Aquiles.”
Voces, gritos no faltan por este ala del Ayuntamiento; muy bajas, ininteligibles las femeninas. De alguna manera hubo quien supo interferir las vibraciones. Demasiado ruido por estas estancias vacías “y aunque torturen los espejos con peinados de quince años” no consiguen verse con limpieza.
Algunos/as ya no serán capaces de mirarse, menos aún de verse. Otros/as expulsan las barreduras del alinde del disco duro, los rastros que mantienen el Ayuntamiento en lo falso, en la no verdad. Tal vez la transparencia sea entendida como lo que traspasa y hiere a los ojos, tal vez también termine por traspasar aquel secreto, hasta el secreto del secreto que sabremos algún día. Tal vez la Hueste del Ayuntamiento no vaya en sintonía con los versos grabados en el zaguán, versos de un hombre ejemplar que no mandó nunca y que al parecer no servía para nada: “Mar sesgo, viento largo, estrella clara, camino, aunque no usado, alegre y cierto (…)”






