Aidan Mcnamara
Sábado, 08 de Diciembre de 2018

English for beginners

 

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Está de moda ser víctima. Está de moda sentirse ofendido. Y están de moda las pasiones que se van comiendo los logros de la Ilustración… otra vez. Nuestros abuelos/as/es/no saben/no contestan ya sufrieron este tipo de colapso en el siglo veinte. Y varias veces.

 

Uno llega a ser un experto en cuestiones de identidad cuando se da cuenta de que las etiquetas en sus formas más inocuas son, como mucho, provisionales y convenientes; y en sus formas más radicales, peligrosas y excluyentes. La posmodernidad, en su vertiente más amable, nos enseña una flexibilidad de miras (llamemos a la corrección política civismo educado), pero en sus juergas más locas se confunde con un relativismo moral que convierte las convicciones éticas en gustos de capricho o en solipsismos enfermizos.

 

Así que, para que conste, voy a explorar y explicar un par de cosas sobre la isla de Irlanda que jamás verás en las oficinas de turismo, esos lugares dedicados a consolidar tópicos estereotípicos y a la venta de sombreros verdes feos. (Por cierto, yo nací en el siglo veinte en Dublín, que era la segunda ciudad del Imperio fracasando en el siglo diecinueve (véase el último párrafo), lugar natal de Oscar Wilde, George Bernard Shaw, Samuel Beckett etc., todos considerados escritores ingleses en las bibliotecas de muchos países con legado imperial, Macron, … hasta que se lee la letra pequeña).

 

Los lectores más doctos sabrán que la isla de Irlanda contiene dos entes políticos: La República de Irlanda, que ocupa cinco sextos de la isla de Irlanda y que tiene una población de 4,7 millones de habitantes, es un estado miembro de la CE. Dicho sea de paso, la República de Irlanda está encantada de seguir formando parte de ella. Irlanda del Norte, que ocupa el sexto restante de la isla, pertenece a otro estado miembro de la CE (de momento y con lágrimas pendientes) que se llama oficialmente El Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte. Irlanda del Norte tiene una población de 1,8 millones (sin contar a los ex-terroristas que ahora viven en Marbella).

 

La isla que está al este de la isla de Irlanda se llama Gran Bretaña. En esta isla viven 63 millones (excluyendo animales domésticos). Inglaterra, que se halla en la isla de Gran Bretaña, tiene una población de 55 millones. En la isla de Gran Bretaña viven tres naciones: los ingleses, los escoceses (5,3 millones) y los galeses (3,1 millones). No pregunte por una definición de nación.

 

Y ahora empiezan las risas: en la lengua de Woody Allen no hay adjetivo para designar a los habitantes del estado del Reino Unido. En castellano tenemos la palabra estadounidense  para denotar a los que viven en los Estados Unidos de (Norte) América. Pero no tenemos (no existe) el término reinounidense. Y en inglés no hay el equivalente para la palabra estadounidense, que en inglés es American. O sea, el término erudito hegemonía (dominio prevalente) también puede invocarse para medir la influencia de las lenguas que a menudo salpican la convivencia con sus faltas de sutileza, según el poder cultural y económico de un estado. En España (aunque no siempre) algunos dirán español y otros castellano para marcar sus actitudes y creencias en el debate nacional sobre los debates nacionales. (¡Socorro!)

 

En los medios de comunicación y en la calle todo el mundo suele emplear el adjetivo británico como gentilicio para describir a los ciudadanos que viven en el Reino Unido. Es casi exacto, pero no del todo incluyente, porque mucha gente (casi la mitad) que vive en Irlanda del Norte se autodenomina irlandesa… porque no se considera británica (o sea, reinounidense). Los llamados unionistas, los que viven en Irlanda del Norte y que sí están contentos de estar en el ente reinounidense, es decir, El Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte, se consideran británicos o, a veces, irlandeses británicos (casi casi como alguien de Coimbra que se siente más ibérico que portugués).

 

Un lío. Y perdón. La nomenclatura, como es evidente, mezcla términos geográficos con términos políticos cambiantes, cuando no ambiguos.

 

Pero tampoco es mecánica cuántica. Sin embargo, las ideas van más allá del uso popular de la lengua, van al lenguaje. Cuando yo estoy de copas en Medina de Andarporcasa todo el mundo me llama inglés. Porque hablo inglés, porque no tengo cara de Imanol Arias, porque digo perdón y gracias cada tres minutos y porque histórica y popularmente Inglaterra es la palabra que muchos emplean para referirse a una zona geográfica formada por un archipiélago que principalmente contiene dos terrenitos geográficos: la isla de Gran Bretaña y la isla de Irlanda.

 

La isla de Gran Bretaña y la isla de Irlanda a partir del año 1800 forman un estado. 

 

La formación de la República de Irlanda data del año 1949. En la oficina de turismo te dirán que fue en el año 1922. Y es una verdad a medias. En esta columna de hoy no pretendo dar una clase de historia, porque necesitaría un mínimo de 10.000 palabras y unos cuantos glosarios para matizar los conflictos entre católicos y protestantes, todos buenos cristianos según sus banderas. Pero sí he querido hacer hincapié en el peligro del reduccionismo. Explicar y entender la historia de la isla de Irlanda es absolutamente imposible sin conocer la historia de la isla de Gran Bretaña. Y a pesar de correr el riesgo de encontrar una bomba lapa debajo de mi coche, os diré que todavía en el año 2018, desde el punto de vista de usos y costumbres en ambas islas, el tejido sociológico es tan uniforme que sí perdono la confusión que me rodea cada vez que abro la boca. Pero si me llamas inglés sin saber que casi nadie en Irlanda del Norte o en Escocia quiere dejar la CE, sí soltaré esas 10.000 palabras, porque me apasiona la historia y porque - y guardo lo mejor para el final- no soy monárquico: y no hay reina británica/reinounidense. La reina es tan sólo la reina de Inglaterra y la aristocracia inglesa es otra historia, y tiene mucho que ver con la arrogante miopía que nos ha conducido a los europeos al desastre que es el Brexit, promovido por un nacionalismo inglés que echa de menos el Imperio Británico, que no comprende el éxito económico alemán (¿pero no habían perdido la guerra?) y que no se conforma con una visión europea que fue diseñada precisamente para prevenir otra.   

 

 

 

 

 

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