La Constitución y su música
![[Img #40729]](http://astorgaredaccion.com/upload/images/12_2018/3670_4875319.png?31)
Últimamente, la música me da bastantes menos disgustos que el teatro, sometido por lo general a los caprichos del director o la directora de turno. Lo ha denunciado recientemente el dramaturgo José Luis Alonso de Santos: esos directores y adaptadores que hacen de la capa original de un respetable texto un sayo a su medida, convirtiendo, por ejemplo, a Lope en un escritor antimonárquico o en un precursor de la revolución soviética, que ya es decir. Con la música no hay ese problema. A nadie se le ocurre enmendarle la plana a Bach o a Mozart, y la partitura se respeta íntegramente, aunque cada director le dé su interpretación personal.
Con motivo del cuadragésimo aniversario de la Constitución, ha tenido lugar en el Auditorio Nacional un concierto extraordinario, constituido por la Novena de Beethoven y la sinfonía Carta Magna, de la compositora Iluminada Pérez Frutos (Gerona, 1972). Esta pieza, encargo de las Cortes Generales, ha sido concebida para 7 solistas y orquesta. Estos son los 7 instrumentos elegidos: violín, viola, violonchelo, contrabajo, clarinete, trompa y corno inglés. 7 instrumentos que quieren representar a los 7 padres de la Constitución: Gabriel Cisneros, Gregorio Peces Barba, Manuel Fraga Iribarne, Jordi Solé Tura (los cuatro ya fallecidos), más Miguel Herrero de Miñón, José Pedro Pérez Llorca y Miquel Roca i Junyent. Estos 7 políticos de talento y talante excepcionales (cualquier parecido con el de la mayoría de los actuales es pura coincidencia) representaban las principales opciones ideológicas de entonces: las derechas (en sus versiones radical y moderada), las izquierdas (socialista y comunista), además de los nacionalismos (catalán).
Cabe imaginar la adecuación de los instrumentos a cada uno de los constituyentes. Las cuerdas podrían representar el centro derecha. Forman la parte mayoritaria de cualquier orquesta, acaso el sonido prioritario y más constante, el que conjuga el ritmo lento de lo que debe conservarse con el presto del cambio: democristianos, liberales, franquistas reformistas, como lo fueron Cisneros, Herrero y Pérez Llorca. Tal vez a Fraga, por su temperamento excesivo, pudiera adjudicársele el contrabajo, con sus notas más graves y pesadas. Después vendría el viento madera: el agudo clarinete, con su riqueza de matices, para el socialista cristiano que fuera Peces Barba; el corno inglés, para el siempre elegante Roca (nada que ver con el desquiciado fanático que preside hoy la Generalitat). Por fin, el viento metal, la trompa, el más sonoro ma non troppo, dulce y áspero a la vez, muy a tono con el comunismo pragmático de Solé Tura y que tanto contrasta con el adánico de nuestros días, por lo general en manos de enfants terribles de papá que, a pesar de haber disfrutado de estos cuarenta años de progreso y libertad, reivindican retóricas y maneras de los años 30.
Mas esta no deja de ser una imaginaria propuesta de correspondencias político-musicales. Lo sustantivo es la concepción general que se desprende de la brillante partitura de Pérez Frutos: la Constitución de 1978 como un concierto de sonidos diferentes y hasta antagónicos, armonizados por un objetivo común: la reconciliación de las dos Españas luego de una incivil guerra y una dictadura de 40 años.
Sin embargo, algunos están empeñados hoy en romper esa armonía, partidarios del ruido, la disonancia arbitraria, el estruendo, la algarabía… Propugnan reformar la Constitución, pues dicen que se ha quedado vieja, pero proponen reformas aún más viejas, en realidad maneras de acabar con ella y volver a las andadas; la vuelta, en fin, a regímenes del pasado que acabaron como acabaron. Edificados sobre constituciones partidarias, no consiguieron nunca integrar las dos Españas, o sea, a los españoles que legítimamente defienden sus ideas: conservadores y revolucionarios, católicos y laicistas, monárquicos y republicanos…
“No le toques ya más que así es la rosa”, escribió Juan Ramón a propósito de qué cosa sea el poema, y el consejo le va que ni pintado a la Constitución integradora que acaba de cumplir 40 años: no la toquemos mucho, no sea vaya a romperse.
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Últimamente, la música me da bastantes menos disgustos que el teatro, sometido por lo general a los caprichos del director o la directora de turno. Lo ha denunciado recientemente el dramaturgo José Luis Alonso de Santos: esos directores y adaptadores que hacen de la capa original de un respetable texto un sayo a su medida, convirtiendo, por ejemplo, a Lope en un escritor antimonárquico o en un precursor de la revolución soviética, que ya es decir. Con la música no hay ese problema. A nadie se le ocurre enmendarle la plana a Bach o a Mozart, y la partitura se respeta íntegramente, aunque cada director le dé su interpretación personal.
Con motivo del cuadragésimo aniversario de la Constitución, ha tenido lugar en el Auditorio Nacional un concierto extraordinario, constituido por la Novena de Beethoven y la sinfonía Carta Magna, de la compositora Iluminada Pérez Frutos (Gerona, 1972). Esta pieza, encargo de las Cortes Generales, ha sido concebida para 7 solistas y orquesta. Estos son los 7 instrumentos elegidos: violín, viola, violonchelo, contrabajo, clarinete, trompa y corno inglés. 7 instrumentos que quieren representar a los 7 padres de la Constitución: Gabriel Cisneros, Gregorio Peces Barba, Manuel Fraga Iribarne, Jordi Solé Tura (los cuatro ya fallecidos), más Miguel Herrero de Miñón, José Pedro Pérez Llorca y Miquel Roca i Junyent. Estos 7 políticos de talento y talante excepcionales (cualquier parecido con el de la mayoría de los actuales es pura coincidencia) representaban las principales opciones ideológicas de entonces: las derechas (en sus versiones radical y moderada), las izquierdas (socialista y comunista), además de los nacionalismos (catalán).
Cabe imaginar la adecuación de los instrumentos a cada uno de los constituyentes. Las cuerdas podrían representar el centro derecha. Forman la parte mayoritaria de cualquier orquesta, acaso el sonido prioritario y más constante, el que conjuga el ritmo lento de lo que debe conservarse con el presto del cambio: democristianos, liberales, franquistas reformistas, como lo fueron Cisneros, Herrero y Pérez Llorca. Tal vez a Fraga, por su temperamento excesivo, pudiera adjudicársele el contrabajo, con sus notas más graves y pesadas. Después vendría el viento madera: el agudo clarinete, con su riqueza de matices, para el socialista cristiano que fuera Peces Barba; el corno inglés, para el siempre elegante Roca (nada que ver con el desquiciado fanático que preside hoy la Generalitat). Por fin, el viento metal, la trompa, el más sonoro ma non troppo, dulce y áspero a la vez, muy a tono con el comunismo pragmático de Solé Tura y que tanto contrasta con el adánico de nuestros días, por lo general en manos de enfants terribles de papá que, a pesar de haber disfrutado de estos cuarenta años de progreso y libertad, reivindican retóricas y maneras de los años 30.
Mas esta no deja de ser una imaginaria propuesta de correspondencias político-musicales. Lo sustantivo es la concepción general que se desprende de la brillante partitura de Pérez Frutos: la Constitución de 1978 como un concierto de sonidos diferentes y hasta antagónicos, armonizados por un objetivo común: la reconciliación de las dos Españas luego de una incivil guerra y una dictadura de 40 años.
Sin embargo, algunos están empeñados hoy en romper esa armonía, partidarios del ruido, la disonancia arbitraria, el estruendo, la algarabía… Propugnan reformar la Constitución, pues dicen que se ha quedado vieja, pero proponen reformas aún más viejas, en realidad maneras de acabar con ella y volver a las andadas; la vuelta, en fin, a regímenes del pasado que acabaron como acabaron. Edificados sobre constituciones partidarias, no consiguieron nunca integrar las dos Españas, o sea, a los españoles que legítimamente defienden sus ideas: conservadores y revolucionarios, católicos y laicistas, monárquicos y republicanos…
“No le toques ya más que así es la rosa”, escribió Juan Ramón a propósito de qué cosa sea el poema, y el consejo le va que ni pintado a la Constitución integradora que acaba de cumplir 40 años: no la toquemos mucho, no sea vaya a romperse.






