Sol Gómez Arteaga
Sábado, 02 de Febrero de 2019

Herida, reparación y Memoria Histórica

 

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Aquel reloj también

cayó y vibraron

entre los vidrios rotos

sus delicadas vísceras azules.

P.Neruda

 

Fue en septiembre de 2016 cuando el profesor de escritura, director de teatro y creador del proyecto Fahrenheit 451 (las personas libro), Antonio Rodríguez Menéndez, con el que había coincidido hace años en talleres de escritura, me llamó porque se mudaba a Bruselas y quería hacer la donación de varios tomos de la enciclopedia “Historia de la cruzada española” de Joaquín Arrarás a la biblioteca de la ARMH. Entramos en su estudio del barrio de Moratalaz y, entre la multitud de objetos desperdigados, nos mostró un cuadro de la imagen de la República con el cristal roto que le había acompañado durante años y que también donaba. En ese momento citó una frase acerca de la belleza y de la herida -Antonio tiene siempre esas cosas- que no pude retener en mi memoria pero que me dejo pensativa el resto del tiempo que duró nuestro  encuentro.

 

Hay heridas de las cosas, como ese cuadro de la República maltrecha, heridas del cuerpo y heridas de la mente. De estas últimas nuestro país sabe bastante a través de su historia más reciente y traumática. Son las heridas no resueltas de la Guerra Civil. He visto algunas cerradas en falso, otras enquistadas, otras que se curaron con el tiempo sin dejar secuelas, otras que se siguen escondiendo tras la mordaza del silencio y otras tan profundas, tan enraizadas en el dolor y la ausencia por lo que fue arrebatado injustamente, incomprensiblemente también, que quienes las padecen manifiestan con pleno convencimiento que morirán con ellas. Por razones de cercanía son las que me ocupan y preocupan y, con frecuencia, me pregunto si de verdad el trauma no se cura, si no tiene solución.  

 

Durante el tiempo que estuvimos seleccionado el material que Antonio quería donar y que al final fue mucho más que esa enciclopedia escrita e ilustrada por los ‘salvadores de la patria’, me seguía rondando la cita que con mi memoria de pez no había logrado retener. No, no podía irme sin registrarla. Por eso, con el material en el maletero del coche y a punto de despedirnos, le pedí que la repitiera: "No hay para la belleza más origen que la herida”, decía Jean Genet. Y ahora sí, en un improvisado papel, tomé buena cuenta.  

 

Pero las cosas que nos inquietan vuelven una y otra vez a nosotros y hace unas semanas, como arrojando luz a mi recurrente pregunta (¿tiene el trauma solución cuando el daño es irreparable?) de la mano de otro maestro, en este caso de un psiquiatra, me llegó un texto de Edurne Portela titulado ‘Todas las cosas rotas’ en el que la autora habla metafóricamente -para hablar de la fractura de su tierra- de la técnica japonesa llamada Kintsugi que emplean algunos artesanos cuando una pieza de cerámica se rompe. La técnica consiste en insertar polvo de oro en cada grieta resaltando de manera especial la parte rota, dotándola de belleza, haciendo que sea el foco central de nuestra mirada. El psiquiatra me dijo que en su casa tenía un cuenco reparado con esta técnica y quedó en mostrármelo.  

 

El lunes lo tuve en mis manos. Pude tocarlo, sentir en las yemas de los dedos la belleza, ese valor añadido, que reside en las grietas. Darme cuenta de su pleno sentido.  

 

Mientras escribo esto -escribir nos ayuda a acercarnos más a nosotros mismos-, me doy  cuenta de que en el fondo he tenido hace tiempo la respuesta a mi pregunta -hay personas rotas cuyo trauma, aunque se alivie, no sanará-, lo que pasa es que como todo lo que no tiene solución y nos toca muy de cerca, cuesta aceptarlo.

 

Pero también sé, y esa es la esperanza, que el camino para sanar la sociedad herida está en tratar esas grietas con mimo, imaginación, amor, mucho amor, cuidado, paciencia, comprensión y dignidad.

 

Es lo que hace la Memoria Histórica con su trabajo, o lo procura.

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