Javier Huerta
Sábado, 20 de Abril de 2019

Ferlosio

Renegaba, siempre que le preguntaban, de El Jarama, la novela por la que ganó el premio Nadal en 1955. El concepto aristocrático de la escritura del que luego sería paladín se avenía mal con la rebuscada naturalidad de aquel ejercicio de sermo vulgaris: los diálogos parecían haber sido grabados –de tan naturales– con un magnetófono. En cuanto a su contenido, el tiempo tampoco ha pasado en balde para aquella historia anodina de unos jóvenes para quienes la vida ?reducida a una jornada dominguera? corría como las aguas de un río no menos vulgar, cuyo nombre sería casi desconocido para el común de las gentes de no haber sido escenario de una de las batallas míticas de nuestra guerra civil.

 

A contracorriente de los críticos, Ferlosio tenía como su hijo favorito un relato anterior: Industrias y andanzas de Alfanhuí (1952), una «historia castellana llena de mentiras verdaderas», en sus propias palabras. Nadie diría, en efecto, que pertenece al mismo autor de El Jarama; ni por el estilo, ni por su atmósfera, tan distanciada del realismo objetivo o social, la tendencia estética que los historiadores y críticos encumbraron respecto de otras orientaciones consideradas escapistas o menos políticamente engagées. Así, por caso, la literatura fantástica. Representantes tan extraordinarios de ella como Wenceslao Fernández Flórez (El bosque animado, Volvoreta) o Álvaro Cunqueiro (Crónicas del sochantre, Merlín y familia) han sido, por ese motivo, injustísimamente postergados. Pienso que, de haber nacido en España, la fortuna de Borges –tan de derechas, además, como era– hubiera sido muy distinta. Para suerte suya nació en la América hispana, donde por los mismos años de nuestro sobrevalorado y tedioso realismo los Asturias, Carpentier, Rulfo, García Márquez, Sábato, Cortázar, Onetti, Vargas Llosa e tutti quanti revolucionaban la narrativa mundial explorando nuevas dimensiones ?maravillosas, mágicas, míticas? del imaginario.

 

De ahí la singularidad del Alfanhuí, de Sánchez Ferlosio, en el panorama literario de su época e, incluso, en el del nuestro, tan plano y adocenado. La historia que se nos cuenta, la de un muchacho que pasa por distintas vicisitudes y personas, tiene algo de picaresca pero sin la malicia siniestra y el tremendismo que caracterizan el género desde el Lazarillo a Cela. La mirada limpia y clara sobre el paisaje y el paisanaje recuerda la de Azorín. La deriva lírica del relato evoca el formidable Platero de Juan Ramón, tan mal entendido por nuestros pagos. Algo de pirueta lúdica, a semejanza de las greguerías de Gómez de la Serna, se detecta también en su prosa chispeante. En resolución, literatura en estado puro.

 

Y, por si fuera poco, la ascendencia genética. Su padre, Rafael Sánchez Mazas, fue un gran virtuoso de la escritura y novelista asimismo a la contra en libros como Rosa Krüger o La vida nueva de Pedrito de Andía, muy estimados ambos entre lectores de culto. Pero al ser uno de los escritores que ganó la guerra y perdió, por tanto, la historia de la literatura (Trapiello dixit), hoy se le recuerda casi exclusivamente por haber inspirado la exitosa novela de Javier Cercas, Soldados de Salamina.

 

Luego de Alfanhuí y El Jarama ?canonizada para bien o para mal? a Ferlosio se le secó el estro narrativo. Años después reapareció con El testimonio de Yarfoz, una novela tan inverosímil como ilegible. Con mayor fortuna se prodigó en un ensayismo de alto vuelo, no exento de pedantería, bien que siempre encauzado en una brillantísima prosa. Muy lejos, sin embargo, de la gracia, la frescura y la natural elegancia del Alfanhuí, cuya lectura les recomiendo vivamente en homenaje al escritor recién fallecido. Confío en que, como me ocurriera a mí la primera vez que cayó en mis manos, la narración les cautive desde su primer párrafo y no puedan ya abandonarla:

 

“El gallo de la veleta, recortado en una chapa de hierro que se cantea al viento sin moverse y que tiene un ojo solo que se ve por las dos partes, pero es un solo ojo, se bajó una noche de la casa y se fue a las piedras a cazar lagartos. Hacía luna, y a picotazos de hierro los mataba. Los colgó al tresbolillo en la blanca pared de levante que no tiene ventanas, prendidos de muchos clavos. Los más grandes puso arriba y cuanto más chicos, más abajo. Cuando los lagartos estaban frescos todavía, pasaban vergüenza, aunque muertos, porque no se les había aún secado la glandulita que segrega el rubor, que en los lagartos se llama amarillor, pues tienen una vergüenza amarilla y fría”.

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