La nostalgia aburre
![[Img #44473]](http://astorgaredaccion.com/upload/images/07_2019/1842_escanear0069.jpg)
Abandoné mi tesis doctoral sobre el aburrimiento cuando me aburrí y por encontrarme con frases tales como esta joya:
La noción de ‘juego’ es aquí empleada en sentido heideggeriano y no wittgensteiniano.
No me mofo de la intención del autor en pos de aclarar su léxico, pero me entra lo que voy a llamar ‘la nostalgia del ignorante’. El ignorante – yo soy un experto, soy muy ignorante – anhela un mundo familiar y cómodo. No voy a Starbucks porque me marea la carta. Cuando voy al bar de mi barrio y pido un café con leche, me ahorro media hora de diccionario. Y además, no me riñe Pepe por no entender yo más allá de esta combinación clásica y sencilla, que, de todos modos sería jugoso y complejo en aquella franquicia o relaxing en la plaza mayor de Madrid. Hombre, si me pusiera pesado, podría pedirle leche desnatada sin lactosa y un informe detallado sobre los sueldos de los varios trabajadores que han sembrado, cosechado, empaquetado, transportado, importado (etc.) el producto… pero ya se habría enfriado el brebaje.
Todavía en el estanco me sorprende que las bolsas de tabaco para liar, por no decir los paquetes de toda la vida (Ducados, Winston, Amigos- ¡Dios mío! qué logro del marketing esta última marca) no indiquen fecha de caducidad. Podría protestar, pero me entraría el mono al buscar los canales adecuados para efectuar tal queja.
En el supermercado no sé si quiero media docena de huevos clase A, tamaño medio o de clase B de tamaño grande, y en el estante de ocho metros con las pastas de dientes, acabo pensando en un palillo y un poco de chicle… Y, oiga, que lo del chicle es otro tema también.
En la librería, todos los libros son magníficos según las contraportadas y las solapas, y en la prensa especializada los críticos literarios son tan generosos que todavía no se rebajan a clasificar los objetos que reseñan como en el mundo del cine.
La nostalgia del ignorante procede de una paradoja bonita; queremos- lo somos- ser criaturas de hábito, pero no queremos ser ni mansos ni avestruces, y tampoco sé si ésta es una redundancia. Queremos transparencia pero, como dicen sobre el tiempo los del parte meteorológico: el tema está complicado. O incluso auténticamente complicado cuando hay tormentas.
Cuando suena el teléfono, tengo que recordar deslizar el icono hacia abajo si se trata de una comunicación de plataforma tipo WhatsApp o hacia la izquierda si es una llamada (más) convencional. O ¿era al revés? ¡Qué difícil es el mundo moderno (en el sentido actual de Heidegger y el sentido contemporáneo de Wittegenstein… creo)!
Sin embargo, hay cosas que no van a cambiar mucho en esta vida, y de ahí el consuelo del ignorante, la impotencia que conduce a la resignación. Cada vez que voy al dentista tengo que lidiar con la fe ciega de como cuando era niño. Siempre me quedan tres caries y la advertencia de cepillar bien, un aviso que llevo cumpliendo desde la primera visita hace décadas. Bueno, cada boca es un mundo, me figuro, pero igual me he equivocado en cuanto a la marca de palillo.
La única ventaja de ser un ignorante y padecer una nostalgia totalmente ciega es que si eres lo contrario, corres el riesgo de sufrir aún más con la paranoia del sabio (me incluyo aquí también, pero sólo los días impares) que busca cinco pies al gato (el ignorante sólo tiene que conformarse con tres) y pasar toda la semana pensado en el gesto de Trump hacia el presidente en funciones, Pedro Sánchez, en la reunión de los G20. Ha sido un gesto procedente de un showman ignorante y vulgar, pero con la pasta suficiente para mandar al otro al estante de los productos para cabellos difíciles de procedencia desconocida. No hay más.
No obstante, me doy cuenta de que los medios de comunicación y las redes sociales también son hipermercados del consumo masivo, y que se regocijan en la oferta y la abundancia. Muy pocos se atreven a decir: aquí no hay nada nuevo, sólo la nostalgia por la primicia, que la vida es un juego… en ambos sentidos, que Heidegger y Wittgenstein tampoco sabían cuando les mentía el mecánico en el taller de Mercedes-Benz.
La crisis moral (Trump, Brexit, Salvini, Bolsonaro, el eterno Putin etc.) de nuestros tiempos nace de una tensión entre la necesidad de seguridad (mucho ya es precario) y una falta de fe en la autoridad (sólo el dinero manda y la justicia se tambalea entre lobos y una dislexia ética).Y la gran baza de los energúmenos al mando es precisamente avivar la nostalgia por un mundo más sencillo… que nunca ha existido, y menos en una plantación de caña o de algodón, por no decir de café.
Espero que ustedes no se hayan aburrido.
![[Img #44473]](http://astorgaredaccion.com/upload/images/07_2019/1842_escanear0069.jpg)
Abandoné mi tesis doctoral sobre el aburrimiento cuando me aburrí y por encontrarme con frases tales como esta joya:
La noción de ‘juego’ es aquí empleada en sentido heideggeriano y no wittgensteiniano.
No me mofo de la intención del autor en pos de aclarar su léxico, pero me entra lo que voy a llamar ‘la nostalgia del ignorante’. El ignorante – yo soy un experto, soy muy ignorante – anhela un mundo familiar y cómodo. No voy a Starbucks porque me marea la carta. Cuando voy al bar de mi barrio y pido un café con leche, me ahorro media hora de diccionario. Y además, no me riñe Pepe por no entender yo más allá de esta combinación clásica y sencilla, que, de todos modos sería jugoso y complejo en aquella franquicia o relaxing en la plaza mayor de Madrid. Hombre, si me pusiera pesado, podría pedirle leche desnatada sin lactosa y un informe detallado sobre los sueldos de los varios trabajadores que han sembrado, cosechado, empaquetado, transportado, importado (etc.) el producto… pero ya se habría enfriado el brebaje.
Todavía en el estanco me sorprende que las bolsas de tabaco para liar, por no decir los paquetes de toda la vida (Ducados, Winston, Amigos- ¡Dios mío! qué logro del marketing esta última marca) no indiquen fecha de caducidad. Podría protestar, pero me entraría el mono al buscar los canales adecuados para efectuar tal queja.
En el supermercado no sé si quiero media docena de huevos clase A, tamaño medio o de clase B de tamaño grande, y en el estante de ocho metros con las pastas de dientes, acabo pensando en un palillo y un poco de chicle… Y, oiga, que lo del chicle es otro tema también.
En la librería, todos los libros son magníficos según las contraportadas y las solapas, y en la prensa especializada los críticos literarios son tan generosos que todavía no se rebajan a clasificar los objetos que reseñan como en el mundo del cine.
La nostalgia del ignorante procede de una paradoja bonita; queremos- lo somos- ser criaturas de hábito, pero no queremos ser ni mansos ni avestruces, y tampoco sé si ésta es una redundancia. Queremos transparencia pero, como dicen sobre el tiempo los del parte meteorológico: el tema está complicado. O incluso auténticamente complicado cuando hay tormentas.
Cuando suena el teléfono, tengo que recordar deslizar el icono hacia abajo si se trata de una comunicación de plataforma tipo WhatsApp o hacia la izquierda si es una llamada (más) convencional. O ¿era al revés? ¡Qué difícil es el mundo moderno (en el sentido actual de Heidegger y el sentido contemporáneo de Wittegenstein… creo)!
Sin embargo, hay cosas que no van a cambiar mucho en esta vida, y de ahí el consuelo del ignorante, la impotencia que conduce a la resignación. Cada vez que voy al dentista tengo que lidiar con la fe ciega de como cuando era niño. Siempre me quedan tres caries y la advertencia de cepillar bien, un aviso que llevo cumpliendo desde la primera visita hace décadas. Bueno, cada boca es un mundo, me figuro, pero igual me he equivocado en cuanto a la marca de palillo.
La única ventaja de ser un ignorante y padecer una nostalgia totalmente ciega es que si eres lo contrario, corres el riesgo de sufrir aún más con la paranoia del sabio (me incluyo aquí también, pero sólo los días impares) que busca cinco pies al gato (el ignorante sólo tiene que conformarse con tres) y pasar toda la semana pensado en el gesto de Trump hacia el presidente en funciones, Pedro Sánchez, en la reunión de los G20. Ha sido un gesto procedente de un showman ignorante y vulgar, pero con la pasta suficiente para mandar al otro al estante de los productos para cabellos difíciles de procedencia desconocida. No hay más.
No obstante, me doy cuenta de que los medios de comunicación y las redes sociales también son hipermercados del consumo masivo, y que se regocijan en la oferta y la abundancia. Muy pocos se atreven a decir: aquí no hay nada nuevo, sólo la nostalgia por la primicia, que la vida es un juego… en ambos sentidos, que Heidegger y Wittgenstein tampoco sabían cuando les mentía el mecánico en el taller de Mercedes-Benz.
La crisis moral (Trump, Brexit, Salvini, Bolsonaro, el eterno Putin etc.) de nuestros tiempos nace de una tensión entre la necesidad de seguridad (mucho ya es precario) y una falta de fe en la autoridad (sólo el dinero manda y la justicia se tambalea entre lobos y una dislexia ética).Y la gran baza de los energúmenos al mando es precisamente avivar la nostalgia por un mundo más sencillo… que nunca ha existido, y menos en una plantación de caña o de algodón, por no decir de café.
Espero que ustedes no se hayan aburrido.






