Esteban Carro Celada
Domingo, 27 de Octubre de 2019

La Astorga de los años 20 (II)

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Inventos, libros y otros escaparates

 

A Astorga, que ha sido siempre una ciudad culta y de ateneíllo, de opereta y de zarzuelilla, de cafetito y de rebotica, se la halaga con los nuevos inventos de la técni­ca. Radiomax T.1, bajo la muralla, a la sombra de los cubos de la Sinagoga antigua os presenta los conciertos, las músicas de todo el mundo. Es una especie de radioclub, abierto los días impares de las 6 a las 8 de la tarde y los pares, de las 10 a las 12 de la noche. Creo que el concierto no salía tan bello como estaba programado, porque las tormentas torpedeaban con sus descargas a la sala de audiciones de la Corredera Baja. Por cierto que los muchachos no debían dejarse engañar. Y se les ofrece lo mejor: “Esos 30 céntimos que te dio ayer papá no los gastes en golosinas, que con ellos podrías tener un automóvil, una bicicleta, una locomotora, una muñeca, un triciclo, un tocador y una colección de libros preciosos, si compras en la Imprenta de López, Pinocho, que cuesta 30 céntimos, que ha reducido a 8 los 20 cupones que antes exigía para su sorteo”. No sé si el anuncio era de Don Porfirio, o de Lorencito L. Sancho o de Amateceo, léase Jenaro Blanco de Cela.

 

Por cierto que por estas fechas relacionados con el telégrafo y Correos estaba en Astorga, Juan Carlos Villacorta, un niño que tocaba las campanas de Santa Marta y se ponía el ropón rojo para los funerales. También Cuquerella, el poeta. A los astorganos jóvenes se les ofrece el Liceo, colegio cuyo director propietario era Don Guillermo Crespo y donde enseñaba Física y Química, quien me la enseñó a mi también, Don Santiago Matilla, que era una Iagartija nerviosa, vivaracha, vestida de colorines canoni­cales. A los banqueros y comerciantes se les ofrecen tintas policías, que resisten la acción de los cloruros. Hay quien vende un máquina de cine mudo, por el si las moscas del sonoro. Por esta época, la literatura sindicática y pornográfica, como la llamaban entonces aparecía en el kiosko de la estación. Intervino la policía, se rasgaron las vestiduras en los editoriales de los periódicos más barbados y primorriverescos de la nación, pero uno sabe que eso sería de tapadillo, porque lo que se ofrecía oficialmente al mercado era la ‘biblioteca Rosaleda’: “Novelas selectas para la juventud. Las novelitas de esta preciosa colección, por la impecable blancura de su fondo como de su forma literaria, pueden andar sin remilgos a la mano de todo el mundo; si bien de modo especial van dedicadas a la florida juventud de entrambos sexos”. ¡Oh inefables años 20!. Pero también se leía esto: ‘Luna de miel, luna de hiel’ de Pérez de Ayala, ‘El Salmo de la Pluma’ de Rubén Darlo, ‘El Político’ de Barthon, en versión del Conde de Romanones, ‘El pecado de Jesusita’ de Francisco Camba, ‘Los Ángeles Guardianes’ de Marcel Prevost,’“La Santa Duquesa’ de H. Pérez de la Osa. En los escaparates de esta librería de la calle de Manuel Gullón se vela la novela ‘Susarón’ del sacerdote astorgano José María Goy, que tan bellamente ha recor­dado hace años López Sancho en un artículo de ABC. Astorga, que ha tenido de todo, contenía aquel sacerdote apocalíptico, cósmico y excéntrico, que era don Antonio Martínez Salazar. Podemos ojear si nos place en este mostrador su ‘Anticristo y el fin del mundo, según las revelaciones divinas y el Apocalipsis’. Allá en aquel es­quinazo está la ‘Historia’ del cano maestro, de barbilla puntiaguda como una pera, Don Matías Sanromán, o el relato de la Guerra de la Independencia de Salcedo o los cuatro volúmenes que Pedro Rodríguez López acometió para describir la historia de los Obispos de Astorga. Y hasta Don Pedro Carro tradujo de Civiltá Católica aquel ‘Fauna, flora y aventuras’ para que todo se editase en casa de don Porfirio.

 

Claro que si cambiáramos de calle hasta La Luz de Astorga y la Imprenta Fidalgo, las muestras de libros serían diferentes. Pero antes, en el León y el Águila, un modesto Galerías Preciados de la época nos mostraban el combustible Meta, en cajas de 20,100 y 300 tabletas, en bloc, en rollo de 100 discos. Un butano solo que otra cosa, bueno para calentar el agua, para hacer la barba, calentar el café, o el biberón en las madrugadas insom­nes o para cocer y pasar huevos al vapor en la cacerola, o las calientatenacillas para el te o el hornillo de turismo con que se beneficiarían los cazadores, los excursionistas y los automovilistas. Se recuerda a los niños que han suspendido alguna asignatura en este mes de julio de 1925 que es insuperable la ‘Aritmética’ de Don Matías Rodríguez, fundador de la asociación del partido de Astorga. Continúa disponiéndose de una lámpara maravillo­sa, alumbradora de la alegría: los figurines para la tempo­rada de verano y el Pinocho, con sus largas narices infelices.

 

En casa de Lorenzo continuaban fabricándose para la sociedad limitada de Astorga clichés de época. El fútbol comenzaba a ser vicio y furor nacional, por eso habla que conocer las “intrincadas reglas del off-side, si se quiere discutir razonadamente. Apresúrese a adquirir las 24 pos­tales con la explicación gráfica de toda clase de offsides y al dorso las 14 reglas que Integran el Reglamento de Foot-Ascociación”. Por cierto que a los turistas de enton­ces se les ofrecían 17 vistas, o tarjetas postales de Astorga, entre las que destacaban los tipos maragatos con traje primitivo y el Castillo de los Marqueses. Los astorganos de 1925 usaban lapiceros de fantasía Lira y Faber. Escribían sus cartas sobre papeles de vitela y pergaminos y las señoritas de 18 años se hacían unas cursilísimas tarjetitas en colores. A los Hermanos de la Doctrina Cristiana, los chicos llevan plumas de corona, de pico, de pato, de punta oval, de mallot y de perry. Por eso aprendían caligrafía.

 

 

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Suben los consumos…Sube la alegría...

 

Por estos días de julio en Astorga alguien vende un bonito caballo con montura y un coche para pasearse. Los jardines más importantes de los chalets empingorota­dos los cuida Indalecio Delgado, que es del gremio de las hortalizas y de la arboricultura.

 

Las nuevas tarifas municipales se han revolucionado. La prensa se revuelve contra ellas, porque pagan los kioskos. 75 pesetas el surtidor de gasolina de Puerta de Rey, cada uno de los carritos de helados, barquillos y confituras de Riancho, 40 pesetas; los vendedores de barquillos a mano, 12 pesetas. Están malhumorados en Astorga los vendedores ambulantes, los buhoneros, los fotógrafos, los limpiabotas, los inefables charlatanes de los martes, el empresario de toros; y la mujeruca del Valdeviejas que paga en consumos, esos cajones posti­zos a la puerta de la ciudad, la cantidad de 0,50 pesetas. Todos se quejan, los de San Justo que transportan gallos, liebres y conejos, los de San Román y Carneros que portaban palominos, pichones, codornices, polluelos. Quien no se queja por los nuevos arbitrios municipales es La Josefa, la dueña de la Casa de prostitución de la Calle del Cristo. Su farolillo rojo ha seguido encendido, a pesar de las 200 pesetas al año que le han impuesto.

 

Por cierto que hay mucha alegría porque a Don Julián de Diego y Alcolea le acaban de nombrar arzobispo de San­tiago, y España gana a Suiza en competición futbolística por tres a cero. Caen tormentas furibundas y el retroceso del tiempo es evidente, porque vuelven por unas horas a sacarse los gabanes. El frío del Teleno hasta los tuéta­nos. Las chicas se retratan en dos casas: en la de Bueno y en la Mombiedro. Todas tratan de reflejar su belleza fugitiva en anchas fotos retocadas. “El estudioso jovencito astorgano —son palabras de un periódico de la época— Ricardo Gullón obtuvo brillantes calificaciones en los exámenes de las asignaturas de la Facultad de Derecho que cursa en la Universidad Central”. Los que se gradúan la vista acuden a Pardo en el Hotel Roma, con su puesta de cristal de colores o han de ir a Santa Colomba de Somoza, donde también recibe consultas y hace opera­ciones don Julio Carro. El pregonero municipal ha des­pertado todas las esquinas de la ciudad y las ventanas se han llenado de rostros estirados: ¿Qué dice? Habla de consumos. Es la época de la alcaldía de Julio F. Matinot. En la casa de Pepe Cabezas luce una lámpara Rams. Comienzan las verbenas. A las dos de la madrugada aún estaba en pie, el 5 de Julio, el Sr. Jiménez presidente del Casino, el Coronel Baudrés y el delegado gubernativo, Sr. Pía. A esa hora las parejas ritmaron al fox-trot, los towstepp “y otros bailes modernistas”, abriose el bufet: chocolate, dulces finos, emparedados y vinos generosos. Hay dos conciertos en el Jardín. El kiosko casi japonés y la fronda enamorada escuchan, entre cuchicheos y aplau­sos, entre vermouts sobre las mesas de mármol redondo, a la banda de Infantería de Ordenes Militares: ‘La Can­ción del Olvido’, ‘La Marcha de las Antorchas’, com­puesta para el casamiento de la princesa María de Prusia por Myerber. ‘La Cavallería Rusticana’ de Mascagni. Ha dirigido la orquesta el músico mayor Félix Andrés. Por la tarde de este domingo, la Banda Municipal, que dirige Paganini, el inolvidable Leovigildo Blanco, crea con su fabuloso paisaje de entrañables instrumentos musicales abollados, un pasodoble torero del mismo Leovigildo, un fox, la fantasía de la opereta ‘El Duquesito’ de Vives, el tango ‘Linda zagala’ y el pasodoble de ‘La Bejarana’. La noche no ha sido muy placentera. Un sordomudo se ha ido a las manos con un empleado del ferrocarril del Oeste, en el café ‘El Campesino’. Para que nada falte, la novedad de las artistas. La compañía el Montijano pone en escena ‘La negra’ de Fernández del Villar.

 

 

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Fiestas en el contorno

 

Las fiestas sacramentales de los pueblos continúan su marcha ascendente hasta septiembre. El 10 de julio de 1928 un reportero del Faro puede escribir: “Los confiteros de Astorga hicieron su agosto, pues muchos de los foras­teros, al venir a esta ciudad era sólo para adquirir dulces y demás golosinas con que suelen regalarse en las próxi­mas fiestas sacramentales. Los cafés muy animados, algunos como ‘El Universo’, ‘El Moderno’ y ‘El Campe­sino’ parecen lonjas de contratación, donde se hacen contratos en cosas del campo y diversas mercancías y ganado”. El peso especifico del entorno geográfico astorgano, y la clericalización de las confituras en su origen goloso y en la ocasión consumidora. Se prevén ya las delicias de la charlotada del mes de agosto, mientras hacen su irrupción en Astorga los Coros-rondalla Torenenses. En la plaza del Obispo Alcolea desde las doce de la mañana podéis ver a los pollos y pollitas chupando leche helada, mantecado, limón helado, crema de avella­nas y refrescos. Están de tarta y de bombón acaramelado. También hay hielo que consumen los veraneantes de Madrid. Cada kilo, 20 céntimos. A mediados de julio Astorga está ya restallante de efervescencia veraniega. El Teatro Velasco visiona las películas: ‘El crimen del Co­rreo de Lión’, ‘Hombro que no se ríe’, ‘El crimen de Pamplinas’. El Centro Astorgano ha lanzado su cotillón de fin de semana. En el Gullón se cantan los cuplets de actualidad y se ponen en escena “Don Luis Mejías” de Marquina y A. Hernández Catá. Jugaron al fútbol los muchachos que pertenecían al U.D. Astorga: ganaron, porque jugaban Casado, Dámaso, Bosna, Cela, Tagarro, Mogrovejo, Adolfo, Canseco, Techas, Travesí y Nicolás. A Félix Cuquerella, el poeta astorgano más consagrado en este momento, le nombran Jefe del Gabinete Telegráfico y Telefónico en el Palacio de Justicia.

 

En Combarros hubo una fiesta de categoría. El maragato chileno, don Joaquín García hizo la fiesta con todo rum­bo. Fue un acontecimiento que removió a la ciudad. Estaba Juanito Panero y Pepe Cabezas, el periodista des­garrado, el humoroso y redicho, a la vez que ingenuo Cabezas: “El as del volante, el amigo Santiago Pérez llegó a la redacción de El Faro y en diez minutos, el señor Director, su hijo Lorenzo, provisto de kodak y un servidor, llegamos a Combarros. Lorencito López Sancho impresio­nó unas placas, entre ellas una de Olga, tacada con el manto de la mujer del chileno: Qué guapísima... Contra la tarde llega el automóvil de la dama astorgana señora viuda de Panero, doña Aniceta, y van con ella sus simpa­tiquísimas hijas Lucreci y Emila y su bella nieta Pilarina Pallarés, ‘Pilarín Pompóm’. El auto hace otro viaje y vuelve Juanito Panero, acompañado de varios oficiales del Regimiento. Hay fuegos artificiales, preparados por el amigo Marcos”. En este baile de Combarros “tan pronto se oyen las notas cómicas de ‘Don Quintín’, como las melancólicas de ‘Murió Granero’ o las profundas y melodiosas de ‘Los Laureles’. Inefable, ¿verdad? Pero está ahí en una crónica amarillenta.

 

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El 17 de julio hay problemas porque un tren ganadero trasporta viajeros y un chocolatero no puede fabricar bien las pastillas y las libras, si no conoce las ordenanzas de la chocolataría. Deformación libresca se llama esta figura, pero real en la Astorga de los años veintitantos. Los periódicos nos dicen quiénes vienen y quiénes se van. Quiénes mueren. Don Federico Aragón, Catedrático del Instituto de Almería, ha llegado a ver a Pedro Mato. Don Marcelo García Sabugo se encubre en su casa blasonada de Albares de la Ribera, junto a la sombra fresca del caserón y en la cuesta de su viñedo. En Castrillo de los Polvazares Domingo Martínez era el último maragato que vestía las bragas típicas a diario. Venía a Astorga. Una sombra de matojales espantó al caballo y el último maragato con bragas enjutas murió a las pocas horas, dejando vacías sus manos de la costumbre de la garlopa y el serrucho.

 

Si son suscriptores del periódico local, de cualquiera de los tres, no jueguen con fuego: hay que pagar, y se acabó. De no hacer caso a las Indicaciones de la redac­ción correrán con el bochorno y el sonrojo de que publi­quen su nombre en listas negras por morosos y por hacerse los sordos a los requerimientos de la redacción, tradúzcase ordena administración. Ahora que si usted decide hacerse emigrante y pasar el charco, a condición de que pague por adelantado, le facilitan la suscripción a más bajo precio.

 

(Continuará)

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