La Astorga de los años 20 (III)
![[Img #46818]](http://astorgaredaccion.com/upload/images/11_2019/6323_astorga-13.jpg)
(...)
Entre vebena y teatro
La gente moza tiene ganas de verbena, de bailes. Como dice un reportero de la época “rinde culto a Tersícore”, bajo farolillos venecianos. Las compañías teatrales hacen nuevas pasadas por Astorga, porque es buena plaza. Se asiste por este tiempo a la representación de “Cuando empieza la vida”, de Linares Rivas; “Los campanilleros”, de Muñóz Seca; “El amor no se ríe”, de Federico Sassone; “Mujer”, de Martínez Sierra y “La virtud sospechosa” ,de Jacinto Benavente. En Astorga, la Agrupación Lírica organiza una velada a beneficio de las Siervas de María. Ensayan un poema medieval que no resulta demasiado éxito. Se recaudan 792 pesetas, pero los aficionados tiraban por lo alto y el alquiler de trajes y decoraciones costó 335 pesetas. Comentaba alguien de la época “inexperiencia en asuntos teatrales”. Otra vez Pepe Cabezas será el pintor, y gratis; o un cocido maragato por propina, ya que Pepe lo mismo hacía el roto de una crónica que el descosido de una pintura mural.
En este ambiente llega la agrupación gallega “Cantigas e Aturuxos” de Lugo, aterriza un avión en Manjarín. Es el Bristol número 7, comentan. Y media Astorga se desplaza a los altos de Santa Clara. También se comenta el homenaje de Galicia a dos astorganos,don Marcelo Macías ya septuagenario, y el epigrafista de más fuste europeo en la primera mitad de este siglo, y don Andrés Martínez Salazar, el creador de la Biblioteca Gallega y archivero general. Los taurófilos, que siempre los hubo, se arremangan para ver una corrida de tronío con Gitanillo, Pablo Lalanda y Armillita.
Por la calle ocurren incidentes como éste, que son comentados de la gente: “Sobre las dos de la tarde del 15 de julio de 1925, frente al Casino, un pordiosero, forastero figurose estar gravemente enfermo, desobedeciendo a los agentes de la autoridad que le ordenaban se levantara del suelo. Como desobedeciera, fue llevado en un carro al retén municipal y esta mañana obligado a abandonar la población”. Y si le dio un ataque de apéndice, digo yo, ¿qué? El 24 de julio alguien tiró sobre la calle pública, rociando a un caballero, algo que no eran rosas de pitiminí. Comentarios de pequeña ciudad.
El 3 de agosto suben el precio del pan y bajan el peso en aquel de San Andrés que era mucho en la mano y poco en la andorga. El número de una rifa, el premiado, cayó en la baja cifra del 25. Y el juego de cama se fue a un armario bien repleto. En la ‘Academia Gallegos’ hay un magnifico internado “siendo vigilados todos los actos de la vida interior de la Academia”.
El 10 de agosto, Astorga se llenó por la noche de mantones de Manila. Se apretaron las parejas en el tango y en el fox. Cuando se cansaron los militares y los municipales de tocar, empezó a funcionar el inefable organillo de Andrés que trasportaba por la ciudad con ruedas, como un obsequio a los madrileñistas veraneantes. Pero esta verbena no terminó en paz ya que se produjo un cortacircuito, se quemaron los cables y con ellos las bombillas eléctricas y los farolillos. Por si no hubiera suficiente esparcimiento, en la playa de Astorga, La Forti, “se baila hasta el cansancio”. Una nota de dolor y emotividad tiñe a Astorga: la muerte de doña Clara Santocildes Palazuelo, descendiente del heroico defensor de la Plaza de Astorga en 1910”. A un cura de Astorga le hacen obispo de Palencia: es don Agustín Parrado.
Los periódicos hacen números extraordinarios con motivo de la entrega de la bandera al somatén. El Centro Astorgano busca una reorganización de su cuadro artístico, cuya cabeza visible es Abelardo Papillón. Muchachas y chicos se apuntan a esta nueva empresa. Pepe Cabezas nos recuerda de nuevo, con su crónica de puntualidad, una apoteosis de este verano astorgano.
A finales de agosto, una compañía madrileña estrena la obra de un dramaturgo astorgano Félix Cuquerella. Se publican anticipos de algunas escenas en los tres periódicos, especialmente la escena tercera del acto segundo, en el diálogo social entre Emilia y Wences. Las criticas se vuelcan en elogios, añadiendo, “La victoria de la noche —representación de ‘Razonadamente’— no fue producto de benevolencia, sino por la maestría con que Cuquerella supo revelarse más que como esperanza como realidad del teatro español”. Pepe Cabezas nos cuenta de este escritor astorgano que junto con él jugó al marro, a la pina y al castillo en la plaza de la Libertad. Luego se recuerda de él “con aquel traje galoneado que le daba aire de ministro en miniatura”. Cuenta luego cómo ambos se daban “banquetazos de avellanas, confituras, pasas e higos”. Lo recuerda así: “Tú, debajo de la frondosa parra de la casona solariega donde componías versos, zurcías sainetillos para que los representáramos en la ‘panerona’ con Polina, Irene, Anisia Petis, Panchuque y Baloque”.
El verano ya colea. Es este que estamos describiendo el verano de La Saeta visto a través de la prensa local. Hay guerra en África. Mueren los moros y los españoles. Hay inquietudes en algunas casas. Astorga organiza conciertos, representa nuevas obras entre el drama y la opereta: ‘María Rosa’, con música de Paganini y letra del canónigo de Ceremonias, don Melítón. Hay nombres astorganos conocidos como el del pianista Armando Montaña Morla, el del violinista Rodrigo Santiago Majo. La intervención de Emilio Torres, y la de las chicas Amor y Margot Julián, hijas de otro músico, tipógrafo, compositor, librero, Ángel Julián, de barbas ‘bradominescas’.
El padre de Juan Carlos Villacorta entra a formar parte del cuadro de profesores de la Academia de Gallegos. En Castrillo de los Polvazares un septuagenario se casa con una monada de veinte años, en casa Montes se venden las primeras zapatillas de paño princesa para el brasero próximo. Es el 30 de septiembre, y en la Sastrería Castrillo, los trajes, los gabanes y las pellizas abren el invierno. Mejor, el otoño de las despedidas, de los noviazgos apresurados a mediavoz en el cuchicheo de los tres meses. Se van los estudiantes. Ha pasado el verano. Y La Saeta hace su impacto en aquella sociedad astorgana, seguidora ahora de lejos de una sensibilidad periodística.
![[Img #46815]](http://astorgaredaccion.com/upload/images/11_2019/6875_jose-luis-puerto.jpg)
Tertulia en el palomar
Finales de junio y principios de julio de 1925, se les veía mucho juntos a los cinco amigos, Luis Alonso Luengo, Dámaso Cansado, Ricardo Gullón, Leopoldo Panero, Juan Panero.
Leopoldo era Leopoldito aún, y sus notas se publicaban en la prensa local, como consta en El Pensamiento Astorgano. Estudió en el Colegio modelo, se examinó en el Instituto de León. Llevó en Historia de la Literatura matrícula de honor, y en Ética y Rudimentos del Derecho Natural, Fisiología e Higiene, notable. Ya le tiraba al muchacho la literatura. Juan, era más corto que Leopoldo, maduró después ampliamente. Alonso Luengo y Ricardo Gullón eran los más aplicados. Venían con el prestigio de la universidad. Tenían como ya dije 16 y 17 años. Miraban hacia atrás y muy cerca palpitaba junto a ellos la Astorga que se descascarillaba en revistas de humor, de crítica municipal, de tomadura de pelo, de ingeniosidad. Leo los números atrasados de El Fresco, los de Astúrica. ¿Por qué no hacer nosotros lo mismo que hicieron los de Aragón, los Revillo y los Goy? Ya Luis Alonso hacía tiempo que colaboraba en la prensa astorgana, con una serie de artículos sobre literatos ilustres de nuestra provincia.
— Lo hablaremos mañana, en tu casa.
Leopoldo Panero asintió.
Al día siguiente subieron a la casa. Pasaron ante la majestuosidad cariñosa de doña Máxima, ante el silencio administrativo y bancario de don Moisés. Luego se fueron al palomar, allá en lo alto. Charlaron, discutieron, idearon, buscaron el título, afilaron las líneas fundamentales que había de tener la publicación, la periodicidad, los costos de imprenta, la forma de reparto, los posibles destinatarios, la conveniencia del seudónimo. Se repartieron el trabajo. No era la primera vez que trabajaban juntos. Y era un aliciente poner todo esto por medio de unas vacaciones. Jugaban, en el fondo del amor chicolero, la solfa de los viejos hábitos. Les pesaba la atmósfera de una ciudad levítica de un millón de ojos, de lenguas ocultas, de zancadillas.
Los temas de la semana
—Nosotros a la palestra, a cuerpo limpio, con juventud, con jovialidad, con humorismo.
El número quedó diseñado. Se dedicaron a la tarea de arreglar todos los aspectos administrativos. Buscar el hombre de paja, que saliera responsable, pues eran abrumadoramente juveniles e irresponsables ante la ley. Nada de pensar en papá.
— Puede ser Antonio Casado. Era un poco ‘curdista’, beodo de largos mostradores.
Se lo camelaron con algunos versos y unas tapas. Visitó al señor Pla, dueño de la censura astorgana. A finales de junio estaba en la calle el primer número de La Saeta, lo que yo llamo la revista de la prehistoria del grupo o capilla poética de la Escuela de Astorga.
![[Img #46817]](http://astorgaredaccion.com/upload/images/11_2019/6633_670-dsc_0249.jpg)
La Saeta en su primera tecla
Durante varios días, se reunió la redacción en el desván de la casa de Ricardo Gullón. Era verano sofocante. El sol fantasmalmente amarillo cala sobre el caballete del tejado. En el sobrado de 3 a 5 era achicharrante. Salió el primer número y se derramó de admiraciones. Habían dado en el quid. La Saeta no tenía números, sino teclas. En la tecla primera aparece como lugar de redacción: los soportales de la plaza. En realidad, los soportales y el Jardín eran los ‘tontódromos’ de la chismorrería provinciana. Costaba diez céntimos el número, cincuenta, la suscripción mensual. Y se vendía, voceando por los muchachos repartidores de los otros periódicos, de 11 a 1 del mediodía de los domingos. Su camino iba desde la Catedral a la Plaza, la misa de doce de San Bartolomé, el Jardín y Santocildes. Todas las teclas de La Saeta llevan una misma cabecera, un charlatán con frac de golondrina, pechera blanquísima, recita en tres posiciones una cuarteta y dos quintillas, hechas por don Melitón Amores:
¡¡¡La Saeta!!!
Organo monumental
de un Don Fulano de Tal
que no tiene una peseta.
Y aunque teclado no tiene,
porque mejor le conviene
ser órgano sin teclado,
posible será que suene
más que un órgano afinado.
En cambio tiene trompetas
que en vez de lanzar sonidos
lanzarán por sus lengüetas
una porción de saetas
que a muchos dejarán heridos.
El periódico en su artículo programático anuncia que lo que desea es “agradarte para que tú compasivo me saques de la Redacción”. La Saeta asegura que no es ya un fresco “sino el espejo de la frescura de mis redactores, con nariz de fino sabueso... pronta a recoger los olores en sus formas más variadas y trasladarlos en formas de noticias”. La Saeta sale con la decisión de una vida corta y de suicidarse cuanto antes. Procurará soltar alguna cosilla, con olor a rancia, pero que con pimienta y buen remojo saldrá adelante. “Tengo el propósito de ser muy severo y por mi tamiz no ha de pasar sino lo que venga acompañado de muchas y muy grandes influencias”. Se ofrece a los tres periódicos locales, con los que quiere mantener un afectuosísimo saludo y ofrecimiento incondicional, pero “que sepan los directores que tienen su corazoncito y que yo, La Saeta trataría de subirme y crecerme hasta llegar a los bigotes de sus respectivos directores, cuya guía beso respetuosamente”. Lo firma el ‘Abate Lucas’ que era Dámaso Cansado. En la primerísima página aparece ‘Clarines’, Luis Alonso Luengo, con unos versos modernistas que comenzaban así:
No extrañes, bella sultana,
que aquí junto a mi ventana
la de reja tunecina
trove contigo lozana
con mi guzla peregrina.
Desde el primer momento La Saeta será una mezcla pretenciosa y bien templada de humor y de poesía de gacetilla y chismorreo periodístico de la mejor ley. ‘Sansón Carrasco’, seudónimo de Ricardo Gullón, nos describe en un cuento breve, en una prosa muy adjetivada y algo valleinclanesca, con ironía, la historia de un borracho robado que vio trasgos y brujas. Hay versos de Gullón, hay versos de Dámaso Cansado. No hay versos de Panero, Leopoldo, que publica una colaboración en la ‘Segunda tecla’, con el seudónimo habitual de ‘Critilo’. Es el suyo un estilo denso, casi editorial y sereno, reflexivo. Se trata de una crítica municipal para que se corrija el abuso de que la Muralla y su paseo sean un velódromo. Termina con estas palabras: “Pues todo lo hizo el traje con que el ciclista iba ataviado. Esto es lo que trato de combatir, esta diferenciación. La igualdad es el tema porque abogo”. Su hermano Juan publica, con el seudónimo de ‘Juan de Mena’, el primer poema ‘A la que más me gusta’:
Ojos azules y a la par morena,
grave donaire de ática hermosura,
nívea frente de nítida azucena,
pálida faz de rosa y nieve pura.
Tu talle tan esbelto y tan erguido
a gallarda palmera se asemeja,
igual que Garcilaso cantó a Gnido
te canto, amada flor, con una queja.
Más negro que la noche el luengo pelo,
tus labios de bermejo rosicler,
y de nácar tu frente cubre un velo
de una aurora que empieza a alborecer.
Ya hay en estos versos un cierto garcílasismo, amanerado de un romanticismo fácil y un modernismo de pacotilla. Pero en estos versos se anticipan muchos atisbos de lo que será un día Juan, el poeta de ‘Cantos del Ofrecimiento’.
![[Img #46816]](http://astorgaredaccion.com/upload/images/11_2019/5754_dsc_0247.jpg)
Total que ya estaba en marcha La Saeta. El segundo número o tecla buscó otro cobijo. Del desván a una habitación al nivel de la calle en Manuel Gullón. Pero del desván habían sido testigos los juguetes de la infancia de Ricardo. Aún casi eran niños, aunque Juan lucía su ilusionado y enamorante bigote. Por eso, del desván se llevaron mascotas con que decorar el nuevo recinto, en la casa de don Gabriel Criado, al que llamaban azotacristos y comecredos. Juntaron muebles viejos: sillas de las casa de Luengo y Gullón, mesas de los Panero. Juan que era tumultuario, renqueante, vago y chistoso, dibujó alegorías, mientras los otros escribían ovillejos con humor para colgarlos en las paredes. Los tragabolas de niñez que le había comprado a Ricardo su padre Germán, que le habían traído los Reyes con nombre de buen bautismo humorístico pasaron a la Redacción. Costita y Pirulí reían con risa ancha. Machaquito era el mazo de jugar al golf, personalizado, simbólico para mazar a quienes importunasen a los jóvenes periodistas. Pero el amor era Don Melquíades. Sólo él tenía permiso para salir a la puerta de la calle y ser colgado como las vacías del barbero. Era una invitación a los transeúntes a que pasasen y especialmente era el distintivo de que la redacción funcionaba. Los domingos era vacación, los jueves se cerraba la edición, y viernes y sábado venía a ser el momento glorioso de la corrección de pruebas, del olor a tinta en Casa Sierra.
(Continuará)
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(...)
Entre vebena y teatro
La gente moza tiene ganas de verbena, de bailes. Como dice un reportero de la época “rinde culto a Tersícore”, bajo farolillos venecianos. Las compañías teatrales hacen nuevas pasadas por Astorga, porque es buena plaza. Se asiste por este tiempo a la representación de “Cuando empieza la vida”, de Linares Rivas; “Los campanilleros”, de Muñóz Seca; “El amor no se ríe”, de Federico Sassone; “Mujer”, de Martínez Sierra y “La virtud sospechosa” ,de Jacinto Benavente. En Astorga, la Agrupación Lírica organiza una velada a beneficio de las Siervas de María. Ensayan un poema medieval que no resulta demasiado éxito. Se recaudan 792 pesetas, pero los aficionados tiraban por lo alto y el alquiler de trajes y decoraciones costó 335 pesetas. Comentaba alguien de la época “inexperiencia en asuntos teatrales”. Otra vez Pepe Cabezas será el pintor, y gratis; o un cocido maragato por propina, ya que Pepe lo mismo hacía el roto de una crónica que el descosido de una pintura mural.
En este ambiente llega la agrupación gallega “Cantigas e Aturuxos” de Lugo, aterriza un avión en Manjarín. Es el Bristol número 7, comentan. Y media Astorga se desplaza a los altos de Santa Clara. También se comenta el homenaje de Galicia a dos astorganos,don Marcelo Macías ya septuagenario, y el epigrafista de más fuste europeo en la primera mitad de este siglo, y don Andrés Martínez Salazar, el creador de la Biblioteca Gallega y archivero general. Los taurófilos, que siempre los hubo, se arremangan para ver una corrida de tronío con Gitanillo, Pablo Lalanda y Armillita.
Por la calle ocurren incidentes como éste, que son comentados de la gente: “Sobre las dos de la tarde del 15 de julio de 1925, frente al Casino, un pordiosero, forastero figurose estar gravemente enfermo, desobedeciendo a los agentes de la autoridad que le ordenaban se levantara del suelo. Como desobedeciera, fue llevado en un carro al retén municipal y esta mañana obligado a abandonar la población”. Y si le dio un ataque de apéndice, digo yo, ¿qué? El 24 de julio alguien tiró sobre la calle pública, rociando a un caballero, algo que no eran rosas de pitiminí. Comentarios de pequeña ciudad.
El 3 de agosto suben el precio del pan y bajan el peso en aquel de San Andrés que era mucho en la mano y poco en la andorga. El número de una rifa, el premiado, cayó en la baja cifra del 25. Y el juego de cama se fue a un armario bien repleto. En la ‘Academia Gallegos’ hay un magnifico internado “siendo vigilados todos los actos de la vida interior de la Academia”.
El 10 de agosto, Astorga se llenó por la noche de mantones de Manila. Se apretaron las parejas en el tango y en el fox. Cuando se cansaron los militares y los municipales de tocar, empezó a funcionar el inefable organillo de Andrés que trasportaba por la ciudad con ruedas, como un obsequio a los madrileñistas veraneantes. Pero esta verbena no terminó en paz ya que se produjo un cortacircuito, se quemaron los cables y con ellos las bombillas eléctricas y los farolillos. Por si no hubiera suficiente esparcimiento, en la playa de Astorga, La Forti, “se baila hasta el cansancio”. Una nota de dolor y emotividad tiñe a Astorga: la muerte de doña Clara Santocildes Palazuelo, descendiente del heroico defensor de la Plaza de Astorga en 1910”. A un cura de Astorga le hacen obispo de Palencia: es don Agustín Parrado.
Los periódicos hacen números extraordinarios con motivo de la entrega de la bandera al somatén. El Centro Astorgano busca una reorganización de su cuadro artístico, cuya cabeza visible es Abelardo Papillón. Muchachas y chicos se apuntan a esta nueva empresa. Pepe Cabezas nos recuerda de nuevo, con su crónica de puntualidad, una apoteosis de este verano astorgano.
A finales de agosto, una compañía madrileña estrena la obra de un dramaturgo astorgano Félix Cuquerella. Se publican anticipos de algunas escenas en los tres periódicos, especialmente la escena tercera del acto segundo, en el diálogo social entre Emilia y Wences. Las criticas se vuelcan en elogios, añadiendo, “La victoria de la noche —representación de ‘Razonadamente’— no fue producto de benevolencia, sino por la maestría con que Cuquerella supo revelarse más que como esperanza como realidad del teatro español”. Pepe Cabezas nos cuenta de este escritor astorgano que junto con él jugó al marro, a la pina y al castillo en la plaza de la Libertad. Luego se recuerda de él “con aquel traje galoneado que le daba aire de ministro en miniatura”. Cuenta luego cómo ambos se daban “banquetazos de avellanas, confituras, pasas e higos”. Lo recuerda así: “Tú, debajo de la frondosa parra de la casona solariega donde componías versos, zurcías sainetillos para que los representáramos en la ‘panerona’ con Polina, Irene, Anisia Petis, Panchuque y Baloque”.
El verano ya colea. Es este que estamos describiendo el verano de La Saeta visto a través de la prensa local. Hay guerra en África. Mueren los moros y los españoles. Hay inquietudes en algunas casas. Astorga organiza conciertos, representa nuevas obras entre el drama y la opereta: ‘María Rosa’, con música de Paganini y letra del canónigo de Ceremonias, don Melítón. Hay nombres astorganos conocidos como el del pianista Armando Montaña Morla, el del violinista Rodrigo Santiago Majo. La intervención de Emilio Torres, y la de las chicas Amor y Margot Julián, hijas de otro músico, tipógrafo, compositor, librero, Ángel Julián, de barbas ‘bradominescas’.
El padre de Juan Carlos Villacorta entra a formar parte del cuadro de profesores de la Academia de Gallegos. En Castrillo de los Polvazares un septuagenario se casa con una monada de veinte años, en casa Montes se venden las primeras zapatillas de paño princesa para el brasero próximo. Es el 30 de septiembre, y en la Sastrería Castrillo, los trajes, los gabanes y las pellizas abren el invierno. Mejor, el otoño de las despedidas, de los noviazgos apresurados a mediavoz en el cuchicheo de los tres meses. Se van los estudiantes. Ha pasado el verano. Y La Saeta hace su impacto en aquella sociedad astorgana, seguidora ahora de lejos de una sensibilidad periodística.
![[Img #46815]](http://astorgaredaccion.com/upload/images/11_2019/6875_jose-luis-puerto.jpg)
Tertulia en el palomar
Finales de junio y principios de julio de 1925, se les veía mucho juntos a los cinco amigos, Luis Alonso Luengo, Dámaso Cansado, Ricardo Gullón, Leopoldo Panero, Juan Panero.
Leopoldo era Leopoldito aún, y sus notas se publicaban en la prensa local, como consta en El Pensamiento Astorgano. Estudió en el Colegio modelo, se examinó en el Instituto de León. Llevó en Historia de la Literatura matrícula de honor, y en Ética y Rudimentos del Derecho Natural, Fisiología e Higiene, notable. Ya le tiraba al muchacho la literatura. Juan, era más corto que Leopoldo, maduró después ampliamente. Alonso Luengo y Ricardo Gullón eran los más aplicados. Venían con el prestigio de la universidad. Tenían como ya dije 16 y 17 años. Miraban hacia atrás y muy cerca palpitaba junto a ellos la Astorga que se descascarillaba en revistas de humor, de crítica municipal, de tomadura de pelo, de ingeniosidad. Leo los números atrasados de El Fresco, los de Astúrica. ¿Por qué no hacer nosotros lo mismo que hicieron los de Aragón, los Revillo y los Goy? Ya Luis Alonso hacía tiempo que colaboraba en la prensa astorgana, con una serie de artículos sobre literatos ilustres de nuestra provincia.
— Lo hablaremos mañana, en tu casa.
Leopoldo Panero asintió.
Al día siguiente subieron a la casa. Pasaron ante la majestuosidad cariñosa de doña Máxima, ante el silencio administrativo y bancario de don Moisés. Luego se fueron al palomar, allá en lo alto. Charlaron, discutieron, idearon, buscaron el título, afilaron las líneas fundamentales que había de tener la publicación, la periodicidad, los costos de imprenta, la forma de reparto, los posibles destinatarios, la conveniencia del seudónimo. Se repartieron el trabajo. No era la primera vez que trabajaban juntos. Y era un aliciente poner todo esto por medio de unas vacaciones. Jugaban, en el fondo del amor chicolero, la solfa de los viejos hábitos. Les pesaba la atmósfera de una ciudad levítica de un millón de ojos, de lenguas ocultas, de zancadillas.
Los temas de la semana
—Nosotros a la palestra, a cuerpo limpio, con juventud, con jovialidad, con humorismo.
El número quedó diseñado. Se dedicaron a la tarea de arreglar todos los aspectos administrativos. Buscar el hombre de paja, que saliera responsable, pues eran abrumadoramente juveniles e irresponsables ante la ley. Nada de pensar en papá.
— Puede ser Antonio Casado. Era un poco ‘curdista’, beodo de largos mostradores.
Se lo camelaron con algunos versos y unas tapas. Visitó al señor Pla, dueño de la censura astorgana. A finales de junio estaba en la calle el primer número de La Saeta, lo que yo llamo la revista de la prehistoria del grupo o capilla poética de la Escuela de Astorga.
![[Img #46817]](http://astorgaredaccion.com/upload/images/11_2019/6633_670-dsc_0249.jpg)
La Saeta en su primera tecla
Durante varios días, se reunió la redacción en el desván de la casa de Ricardo Gullón. Era verano sofocante. El sol fantasmalmente amarillo cala sobre el caballete del tejado. En el sobrado de 3 a 5 era achicharrante. Salió el primer número y se derramó de admiraciones. Habían dado en el quid. La Saeta no tenía números, sino teclas. En la tecla primera aparece como lugar de redacción: los soportales de la plaza. En realidad, los soportales y el Jardín eran los ‘tontódromos’ de la chismorrería provinciana. Costaba diez céntimos el número, cincuenta, la suscripción mensual. Y se vendía, voceando por los muchachos repartidores de los otros periódicos, de 11 a 1 del mediodía de los domingos. Su camino iba desde la Catedral a la Plaza, la misa de doce de San Bartolomé, el Jardín y Santocildes. Todas las teclas de La Saeta llevan una misma cabecera, un charlatán con frac de golondrina, pechera blanquísima, recita en tres posiciones una cuarteta y dos quintillas, hechas por don Melitón Amores:
¡¡¡La Saeta!!!
Organo monumental
de un Don Fulano de Tal
que no tiene una peseta.
Y aunque teclado no tiene,
porque mejor le conviene
ser órgano sin teclado,
posible será que suene
más que un órgano afinado.
En cambio tiene trompetas
que en vez de lanzar sonidos
lanzarán por sus lengüetas
una porción de saetas
que a muchos dejarán heridos.
El periódico en su artículo programático anuncia que lo que desea es “agradarte para que tú compasivo me saques de la Redacción”. La Saeta asegura que no es ya un fresco “sino el espejo de la frescura de mis redactores, con nariz de fino sabueso... pronta a recoger los olores en sus formas más variadas y trasladarlos en formas de noticias”. La Saeta sale con la decisión de una vida corta y de suicidarse cuanto antes. Procurará soltar alguna cosilla, con olor a rancia, pero que con pimienta y buen remojo saldrá adelante. “Tengo el propósito de ser muy severo y por mi tamiz no ha de pasar sino lo que venga acompañado de muchas y muy grandes influencias”. Se ofrece a los tres periódicos locales, con los que quiere mantener un afectuosísimo saludo y ofrecimiento incondicional, pero “que sepan los directores que tienen su corazoncito y que yo, La Saeta trataría de subirme y crecerme hasta llegar a los bigotes de sus respectivos directores, cuya guía beso respetuosamente”. Lo firma el ‘Abate Lucas’ que era Dámaso Cansado. En la primerísima página aparece ‘Clarines’, Luis Alonso Luengo, con unos versos modernistas que comenzaban así:
No extrañes, bella sultana,
que aquí junto a mi ventana
la de reja tunecina
trove contigo lozana
con mi guzla peregrina.
Desde el primer momento La Saeta será una mezcla pretenciosa y bien templada de humor y de poesía de gacetilla y chismorreo periodístico de la mejor ley. ‘Sansón Carrasco’, seudónimo de Ricardo Gullón, nos describe en un cuento breve, en una prosa muy adjetivada y algo valleinclanesca, con ironía, la historia de un borracho robado que vio trasgos y brujas. Hay versos de Gullón, hay versos de Dámaso Cansado. No hay versos de Panero, Leopoldo, que publica una colaboración en la ‘Segunda tecla’, con el seudónimo habitual de ‘Critilo’. Es el suyo un estilo denso, casi editorial y sereno, reflexivo. Se trata de una crítica municipal para que se corrija el abuso de que la Muralla y su paseo sean un velódromo. Termina con estas palabras: “Pues todo lo hizo el traje con que el ciclista iba ataviado. Esto es lo que trato de combatir, esta diferenciación. La igualdad es el tema porque abogo”. Su hermano Juan publica, con el seudónimo de ‘Juan de Mena’, el primer poema ‘A la que más me gusta’:
Ojos azules y a la par morena,
grave donaire de ática hermosura,
nívea frente de nítida azucena,
pálida faz de rosa y nieve pura.
Tu talle tan esbelto y tan erguido
a gallarda palmera se asemeja,
igual que Garcilaso cantó a Gnido
te canto, amada flor, con una queja.
Más negro que la noche el luengo pelo,
tus labios de bermejo rosicler,
y de nácar tu frente cubre un velo
de una aurora que empieza a alborecer.
Ya hay en estos versos un cierto garcílasismo, amanerado de un romanticismo fácil y un modernismo de pacotilla. Pero en estos versos se anticipan muchos atisbos de lo que será un día Juan, el poeta de ‘Cantos del Ofrecimiento’.
![[Img #46816]](http://astorgaredaccion.com/upload/images/11_2019/5754_dsc_0247.jpg)
Total que ya estaba en marcha La Saeta. El segundo número o tecla buscó otro cobijo. Del desván a una habitación al nivel de la calle en Manuel Gullón. Pero del desván habían sido testigos los juguetes de la infancia de Ricardo. Aún casi eran niños, aunque Juan lucía su ilusionado y enamorante bigote. Por eso, del desván se llevaron mascotas con que decorar el nuevo recinto, en la casa de don Gabriel Criado, al que llamaban azotacristos y comecredos. Juntaron muebles viejos: sillas de las casa de Luengo y Gullón, mesas de los Panero. Juan que era tumultuario, renqueante, vago y chistoso, dibujó alegorías, mientras los otros escribían ovillejos con humor para colgarlos en las paredes. Los tragabolas de niñez que le había comprado a Ricardo su padre Germán, que le habían traído los Reyes con nombre de buen bautismo humorístico pasaron a la Redacción. Costita y Pirulí reían con risa ancha. Machaquito era el mazo de jugar al golf, personalizado, simbólico para mazar a quienes importunasen a los jóvenes periodistas. Pero el amor era Don Melquíades. Sólo él tenía permiso para salir a la puerta de la calle y ser colgado como las vacías del barbero. Era una invitación a los transeúntes a que pasasen y especialmente era el distintivo de que la redacción funcionaba. Los domingos era vacación, los jueves se cerraba la edición, y viernes y sábado venía a ser el momento glorioso de la corrección de pruebas, del olor a tinta en Casa Sierra.
(Continuará)







