Roberto Prada Gallego
Sábado, 30 de Noviembre de 2019

Purísima

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Todos los años son distintos salvo por dos o tres fechas en las que siempre ocurre lo mismo y nada cambia. En las que regresamos a un tiempo que recordamos feliz, pero que no lo sabíamos cuánto lo éramos. Transcurren los meses, se acercan los quintos de mi pueblo y llegan los primeros mensajes al móvil: “Ya llega la Purísima”. “A ver si te vas a cagar”. El tono es el acostumbrado: desafiante, desaliñado, informal; nunca impostado. Si las principales querencias de Garci son bisílabas: cine, copa, fútbol, libro, amor, humor, noche, mujer, color y arte; las de mis amigos también y se podrían resumir en tres: chicas, copas y risas.  Hay más palabras bisílabas para definir al personal, pero no se trata de escandalizar, que es un pueblo pequeño y nos conocemos todos y todo se sabe, aunque a ellos les haría mucha gracia.

 

En los quintos de mi pueblo hay una hoguera enorme y hasta toros. Y si todo va bien, mi grupo se divide en dos y ambos jugándose la vida: los que no salen de la plaza mientras haya bicho fuera y los que no salen del bar hasta que no echen el bicho por la boca. A veces, sin ver al animal. Pero bien está que haya y que así siga siendo. El puente de la Purísima es uno de esos en los que se recuerdan una y otra vez las mismas anécdotas como si fuera la primera vez que se relatan desde que pasaron. Y menos mal, porque si se dejarán de evocar se olvidan y si esas cosas se olvidan qué nos queda. La muerte es dejar de ver a alguien.

 

Si van por allí sepan que de la que suben por la solana camino de la plaza en el bar de la izquierda estaremos unos amigos riendo y bebiendo. Al principio bebiendo para recordar y después bebiendo para olvidar a las mujeres fatales que tantos buenos ratos nos dieron. Con una me perdí un Madrid-Barca de la Supercopa, esto nunca lo he contado: me levanté muy despacio de la silla en el minuto diecinueve y dije que iba a mear y que ahora volvía. Mis amigos no se creyeron que prefiriera orinar en la calle en vez de en el baño. Mucho menos que no estuviera viéndolo con mis tíos sino que estuviera con una chica mientras el Real competía por el primer título de la temporada. No recuerdo si ganaron o perdieron aquel partido.  Lo que sí sé es que esa chica me dejó hace mucho y ese bar ha cerrado hace poco.

 

El ritual de la Purísima empezó cuando éramos insultantemente jóvenes. Quedamos unos cuantos como siempre a tomar cañas y las pedíamos de dos en dos porque al haber tanta gente la espera era larga. No lo era. A la hora de comer, la duda eterna: más botellines con tapa o parar y comer bien. A esa edad y con esas cabezas la duda ofende. Nos quedamos tres para tomar otra ronda. La sorpresa llegó cuando uno se incorporó de la silla, sacó la cartera, posó diez euros y dijo una frase para la Historia: “Voy a ver a esta a Madrid”. Todavía estábamos muriéndonos de la risa cuando llegó la madre de mi otro amigo y nos prohibió beber más cerveza. Bebimos tres cafés con bayleis. Cuando íbamos a pedir otro llegaron refuerzos y nos pasamos a copas.

 

 

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