Esteban Carro Celada
Domingo, 08 de Diciembre de 2019

La Astorga de los Años 20 (VIII)

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Dos poetas en la misma casa

 

Aquí, en estos tres meses, es donde veo yo ya la raíz de esa ‘Escuela de Astorga’. De esta convivencia en la re­dacción, de este encuentro en el periodismo, de este verano y sus lecturas parte el que la casi totalidad de sus redactores hayan obtenido, en la literatura española, posi­ciones envidiables. Por eso, creo que tiene importancia esta revista. La agiganta más, ahora, en la perspectiva de la historia. Juan Panero morirá un día, en la curva de Villadangos, volviendo a casa desde el frente de la guerra, en el año 37. Dos años antes había publicado un libro de versos, de los que muchos aparecen en las antologías. Es el de ‘Cantos de ofrecimiento’ y otra múltiple obra inédita.

 

Leopoldo Panero habrá de ser uno de los diez mejores poetas del siglo XX español. Comienzan sus escarceos literarios, escribirá pronto su primer verso pu­blicado, sólo le faltan tres años para ello, en relación al verano que historiamos. Publicará un día la gran revela­ción del ‘Escrito a cada instante’, del ‘Canto Personal’, ‘La estancia vacía’, le leeremos como crítico de arte, como director de la Estafeta Literaria, como ‘antologista’ de poesía, como critico de libros en Blanco y Negro, como traductor de poemas y de novelas, como muchas cosas más.

 

 

Alonso Luengo, historiador y radiofonista

 

Luis Alonso Luengo tardará muy poco en escribir su libro de ‘Estampas y madrigales’. Muchos de los poemas fueron escritos para La Saeta, y habrá críticas elogiosas para él, venidas de mil sitios pero las más ‘institutivas’ serán las de Leopoldo Panero, de Ricardo Gullón, de Dámaso Cansado, de Lorenzo Martínez Juárez. Luengo, como escritor, se convertirá en el conocedor más ‘corazonado’ de todo lo leonés. Desde la biografía de ‘Santo Toribio’ a la reconstrucción de la época de Suero de Quiñones, desde la novela corta ‘La cigüeña del Palacio’ a la novela larga ‘La invisible prisión’, periodista, inmer­so en el mundo de la radiodifusión, cronista de las tierras entrañables de la luz ‘nacedora’, del puente con truchas en el lomo de don Suero.

 

 

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Ricardo, el crítico literario

 

Ricardo Gullón también llegará a la novela, antes que nadie, con ‘Fin de semana’ —el rapto de la mecanógrafa ensoñadoramente idealizada—, con ‘El Destello’ — la historia de un delincuente político en la casa de una mujer con profesión su cuerpo—, alguna novela surrea­lista, intelectualizada, aún anterior. Ricardo escribe críti­ca de arte en Santander, y critica de libros, hasta el punto de que es uno de nuestros más agudos comentaristas de audiencia más segura. El nombre de Gullón va insepara­ble de Juan Ramón Jiménez y del modernismo. Y tiene mucho que ver hoy con Unamuno, con Antonio Machado, con García Márquez, con Galdós, con Gil y Carrasco y sus interpretaciones. Cuando escribe la biografía de éste últi­mo la dedica al grupo de amigos que unió la adolescencia iluminada: a todos ellos, en recuerdo de un paraíso perdido.

 

 

La Astorga literaria de unos 15 siglos

 

Esta fue, para todos, la Astorga de aquellos tiempos. Comenzaban a apuntar las nuevas inquietudes en los jóvenes que vivían conscientes de una tradición literaria de la ciudad que pesa desde muchos siglos y era preciso mantener. Comenzó con Eteria, la que peregrinó a Jerusalén. Dictini, en Astorga, escribe ‘Libra’, un libro herético, pero de mucha imaginación. Santo Toribio habrá de ma­nejar su pluma asturicense para apear a los clérigos de la lectura de ‘Libra’, por medio de la ‘Epístola de Idacio y Ceponio’, del ‘Conminatorio’ y el ‘Libelo’. San Valerio escribirá la primera autobiografía española ‘El Libro de las quejas’, en que habla de clérigos goliardescos y a quien Alonso Luengo ha denominado el Unamuno del S. VII. San Genadio, en el X, pone en marcha la primera biblioteca circulante por los riscos del Bierzo; y Sampiro, otro obispo de Astorga, anota cuidadosamente los he­chos del rey, en una historia notarial. Juan Lorenzo Segura, en el siglo XIII será el primer poeta astorgano conocido y uno de los más altos de la literatura, especial­mente del Medioevo, autor del ‘Libro de Alexandre’.

 

Los astorganos leerán el libro de los ‘Ejemplos’ del arcediano de Valderas, y Samuel Dios Ayuda, el avaro judío, rico y converso que vive en Astorga, será el destinatario de unos versos de Fray Diego de Valencia, el que escribió: “¿Es que todo vicio no es obra piadosa?”. García de Astorga será otro poeta satírico “de metáfora insultante” -zafarelo de cabrito-ratón morisco labrado- No es de extra­ñar, pues es el tiempo de Enrique IV. Junto al tahúr y al bufón, el señor marqués de Astorga, componiendo bue­nos versos a su amada. La presión literaria asturicense continúa. Hay poetas en unos Juegos Florales convoca­dos entre el Marqués y el Cabildo de Astorga. Es siglo XVI.

 

En el XVIII, la prosa barroca, casi quevedesca, de Pedro Junco, aquel que escribió de sí mismo el epitafio: “bajo el povo se va secando el junco”. En el XVIII, se estructuraban loas. Bueno, en el XIX es ya eclosión; son los maestros astorganos de historia, artes y letras, mucho más cercanos. Son la sombra, en parte inmediata, que cobija a los jóvenes de La Saeta. Vive en Astorga Modesto La Fuente, clérigo entonces, que había de ser el mejor periodista satírico de la España del XIX; don Matías Rodríguez —“Ojillos agudos de ratón, bolsas en los pár­pados”— ; el historiador Andrés Martínez Salazar — rabínico, barba entrecana, “gesto bondadoso”—, editor de la ‘Crónica Troyana’; el padre Francisco Blanco, agustino de negra capucha, con la frente larga y blanquecida, casi en huesos, autor de una historia de la Literatura del Siglo XIX, y Pedro Rodríguez López y Antonio Sacristán ‘el estrafalario’, y Marcelo Macías el que se parecía a Goethe en la expresión de un soneto de Rey Soto.

 

A principios de siglo, pululan nuevos escritores: poetas, historiadores, prosistas. Son los Melquíades García Fidalgo, los Toribio Martínez Cabrera, los Eduardo Aragón, los Germán Gullón, los Paulino Alonso de Arellano, los Rutilio Manrique, los Porfirio López, los Antolín López Peláez, los Santiago Alonso Garrote —de “bigote bismarkiano”— que podía haber hecho la novela de Astorga y se quedó en sólo su Mesonero Romanos, su costumbrista, los Goy que escriben novelas, versos y libros, de derecho canónico, los periodistas que llegaron a mantener seis periódicos, y varias revistas más, en una ciudad de seis mil habitantes, cabeza de diócesis. Todavía un paso más y los jóvenes de la época de nuestros adolescentes. Son los que diez años antes habían creado ‘El Fresco’ y, poco después ‘Astúrica’. Será Gonzalo Goy, greguerizante, satí­rico, ultraísta, será el pintor Monteserín, tan ‘bulevardero’, que decora y pinta el teatro Calderón de Madrid. Es el momento de Sebastián Risco, aún vivo, lírico, y de José María Luengo, que ‘arqueologiza’, pero que escribió leyen­das e historias apasionantes; es el momento de Aragón, con su novela de La Cabrera: ’Entre brumas’, y Félix Cuquerella influido por el modernismo. Todos ellos cola­borarán en la otra revista que tres años más tarde publica el grupo de la llamada Escuela de Astorga: ‘Humo’.

 

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Otra obra en común: ‘Los cuatro filetes del apocalipsis’

 

Sin embargo en 1925 aún quedaba algo por hacer en común. Pasó el primer trimestre del curso. Cuando los amigos se reencuentran de nuevo en la Astorga ‘aneviscada’ y ‘braseril de las Navidades piensan que el humor ha de seguir. Ahí está por delante el Día de los Inocentes, para demostrarlo. Antes de Nochebuena, Ricardo Gullón y Luis Alonso Luengo habían mojado ya su pluma en un sainete en verso. Coletea por Madrid ‘La Venganza de Don Mendo’, estrena Villaespesa. Pues bien, ambos com­pañeros redactan ‘Los cuatro filetes del apocalipsis’, hu­morada en un acto corto, dividido en dos cuadros, estre­nada en la Casa Social de Astorga, el 28 de diciembre de 1925.

 

Los autores —pues han publicado la obrita— expli­can, en una nota prologal, que hubieron de hilvanarla “en el brevísimo espacio de dos tardes invernales, pues urgía comenzar los ensayos". La sacan a los escaparates en 1929, a instancias de quienes la encamaron como perso­najes, “porque deseaban conservarla, como recuerdo de los días felices de nuestra adolescencia.

 

A ellos pues dedicamos este conjunto de ripios, que va sin corregir, tal como se estrenó, pues de corregirlo tendríamos que va­riarlo de la cruz a la fecha y aún así poco habríamos conseguido”. El reparto es el siguiente: Doña Mencía, Juan Panero; Don Pedro Gil, Manolo Blanco; Don Ñuño Pez, Antonio Novo; Don Tristán SI, Ricardo Gullón; Don Manzano No, Leopoldo Panero; Don Juan, Emilio Alon­so; Esculapio, Francisco Alonso; Bartolo, Francisco G. Zamarreño; Trifón, Daniel Segado; García Concurdaneo mudo, Adolfo Pallarés.

 

"Nota.- Para desempeñar el pa­pel de Doña Mencía fue escogido Juan Panero Torbado, por ser el único entre los jóvenes actores que tenia bigote”. Cuatro caballeros pretenden a la misma dama: Tristán, Don Pero, Ñuño y Manzano. Tratan de conquistar a Mencía. Esta a uno le da en prenda de su amor un calcetín sudado. Con este motivo el sainete humorístico se prolonga en el ‘canto paródico al calcetín de la amada’:

 

 

“Calcetín, prenda adorada,

calcetín de punto inglés

que ceñiste de mi amada

los escultóricos pies,

que sus juanetes besaste”.

 

 

El ‘Canto al calcetín’ lo escribió Alonso Luengo y las partes más movidas de la acción pertenecen a Ricardo Gullón. Siempre buscan un choque entre la palabra y léxico del mundo ínfimo, del plebeyismo y la inanidad e inoperancia de los gestos históricos. De esta distancia surge el choque paródico y el tirón de la risa. Los cuatro amadores se citan, en el mesón de Esculapio, llamado Apocalipsis y allí, —después de saber que ella es una tía que se ha reído de todos, porque la zapatilla de uno se la ha encalomado al del calcetín y viceversa, y que los besos que le han pedido se los han estampado entre sí, los dos pretendientes, que fumaban puro y chascaban una avellana en la obscuridad—, los cuatro burlados deciden co­merse cuatro “sangrantes filetes de ternera, vaca, de buey o toro”.

 

 

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En esta escenificación estuvieron presentes los amigos de La Saeta. Funcionaba bien el humor y cosecharon ruidoso público juvenil y femenino que acudió a escuchar y reír a gargallo, la humorada en que Juan Panero, traves­tido de Mencía, atiplando la voz sobre el bigote decía a Ricardo Gullón, el Tristán: —“Es que estáis hecho un pendón”.

 

(Continuará)

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