Esteban Carro Celada
Domingo, 15 de Diciembre de 2019

La Astorga de los Años 20 (IX)

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Dos años y pico después: La revista ‘Humo’

 

El 17 de junio de 1928, nuevamente, los jóvenes de ‘La Saeta’ acometían una nueva singladura. Dos veranos en silencio que no tratamos de reconstruir. Juan Panero ya sueña 20 años como Luis; Leopoldo y Ricardo se empare­jan en los 19. Vicente Muñoz ha hecho para su nuevo periódico una viñeta, representa un pebetero que, con su fuliginoso, chinesco humo, traza las letras fugitivas del título: ‘Humo’. Una fotografía de mujer con mantilla cubre cada cubierta. En la primera, aparece la astorgana Maruja Criado. Los jovenzuelos son ya más pretenciosos que en el año 1925. En la tercera página hay un recuadro que refleja su intento; nos hallamos ante una ‘hojas litera­rias’. La revista la dirige Dámaso Cansado y la administra Anto­nio Novo. En Humo, los escritores se quitan el antifaz y escriben con sus propios nombres. Algunas secciones, las de chismorreo amoroso y municipal quedan en el velo discreto del anonimato. En general, en éstas, colaboran casi todos. Y para la sección de ‘Frivolidades’, se las pintan solos Ricardo, Luis y Juan. Mucho menos Leopol­do.

 

El editorial programático no es agresivo, por contra de La Saeta. Su titulo es ‘Un ruego y un saludo’. Los pujos intelectuales y culturales de sus redactores aparecen en la primera línea: “Animada a prestar mi humilde con­curso a la Cultura y al Progreso, llego con timidez, hija de la poca capacidad, a depositar un grano de arena en la grandiosa obra de la Civilización. Heme aquí lanzada al mundo por la quizá loca fantasía de cinco jóvenes -caballeros del Ideal— en cuyas almas vibra un cálido deseo de renovación y que codiciosos y llenos de voluntad, cuanto faltos de saber, intentan, por mi mediación, procurar un honesto solaz a los veraniegos ocios”. En recuerdo de las rabietas de otros días, en esta salida piden a los viejos apoyo y “el sabio consejo”, y que les miren propicios porque “encarnan acaso la nueva generación que florece la raza”.

 

 

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Materia y forma del nuevo periódico

 

La estructura formal del nuevo periódico lo diferencia de La Saeta. Algo menor por formato. Cambia de impren­ta: de Sierra a Porfirio López. Mejora de papel. Los artículos van repartidos en dos columnas como las que habitualmente componen el periódico, frente a las tres de La Saeta. Alonso Luengo se estrena con el madrigal asonetado ‘Vuestro clavecino’. Gullón enhebra un cuento ‘El primer novio y el primer amor’. Dámaso Cansado se enfunda bajo el seudónimo de ‘Dama Gris’ para aconsejar a las chicas de Astorga, fingiéndose una fémina. La sección de ‘Frivolidades’ adquiere importancia decisiva que no tenía en La Saeta. Ya caminan mucho más metidos en amor. Hasta se van a convertir en empre­sarios de verbenas. Estrenan la sección ‘Los veteranos’, en que colaboran periodistas que hicieron otras revistas veraniegas. Justifican así su epígrafe: “esta sección de sabor arcaico, de vejez y de retraimiento, todavía prema­turo, una colección de artículos retrospectivos”. Lo inau­gura Pepe Aragón, le sigue Magín Revillo, Pepe Cabe­zas, Félix Cuquerella, Santiago Alonso Garrote, Demetrio Monteserín, José María Luengo. Se inicia una ‘Crónica de Arte’; Ricardo Gullón, ‘Bradomin’, comenta criticamente la exposición del pintor Monteserín en unos escaparates de la ciudad. También hay poemas a las muchachas. Igualmente se deben a Alonso Luengo indefectible poeta guía del grupo con el prestigio de un libro publicado, pero esta vez se nos ofrecen, como fáciles adivinanzas, apo­yándose en ciertos detalles físicos o geográficos.

 

El madrigal, esta vez, era sustituido por la fotografía enmarcada en la portada y por un concurso de belleza entre las muchachas, a quienes se votaría con cupones de la propia publicación; al final de verano la proclamación de la Reina de la belleza y la clasificación de rostros y cuerpos de las astorganas en un orden que podía no corresponderse con la realidad pero era curiosa, juvenil y tumultuosa. Cada semana se publicaron los resultados parciales. Se apoyaban en la vieja idea de Astúrica e iba a concluir por proclamar reina a María Criado con solo tres votos sobre Benita Fuertes y mucho más distante Elena Pérez, Amalia Prado, Esther Álvarez, Encarnita Fernández y Julia García. Fueron 100 las señoritas clasificadas, cuyo nombre aparece al menos con un voto. Decididamente, los redactores de Humo sabían bien lo que hacían, esta vez.

 

Quien aparecía renovado era Juan Panero, con su sección de chistes que ampliaba a otros platos de distrac­ción, titulados ‘Pierde tiempos con o sin mala uva’: “Su carácter se ajustará, en términos generales a una norma de localismo y de actualidad, no admitiendo más colabo­raciones que aquella solicitada por nosotros”. Las solu­ciones se consultaban, en el número siguiente.

 

 

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Leopoldo, editorialista y corresponsal en Larache

 

Ya con el periódico en marcha, Leopoldo Panero se convierte en el editorialista que ocupa la primera página de cada número. Apoyado en el ejemplo de Val de San Lorenzo, propone en dos artículos la creación, en el Jardín de una Biblioteca Pública. En otro editorial después de hacer el elogio de Santiago Alonso Garrote, pide para él, como nuestro máximo costumbrista, la dedicación de una calle. No hacía mucho aún de su muerte. Y a continuación sigue un suelto de la redacción de ‘Humo’, en el que se escribe: “El jueves, en el rápido, marchó a Larache nuestro redactor fondista Leopoldo Panero; va a Marruecos, en calidad de enviado especial de ‘Humo’, al cual enviará semanalmente sus impresiones. Este nuevo y costosísimo esfuerzo suponemos será apreciado por nuestros lectores en todo lo que vale”.

 

En el número del 22 de julio aparecen los primeros artículos de Leopoldo, firmados en Larache. Impresiones de viaje que recogen los aspectos más pintorescos de Ceuta, Tetuán, Algeciras, el zoco chico de Larache. A las vueltas de las fiestas de Astorga, en los finales de agosto, Leopoldo se había incorporado a la redacción y escribía, al alimón con Ricardo, un estudio artístico sobre el retablo de Becerra, en la Catedral de Astorga.

 

 

Juan y ‘La Casa encendida’

 

Juan Panero, enamoradizo, seguía cazando con Luengo las más salpimentadas, enfadosas y sonrojantes 'Frivolidades' que vertían en las páginas más sabrosas y sofocantes para la muchachada de aquel tiempo. Era de estos momentos de los que Luis Rosales comentaba el aire de sus tiempos de universidad, las clases de latín, en una evocación de su poema ‘La Casa encendida’:

 

 “—Hola, Luis, ¿cómo estás?

Es Juan Panero. Murió y era mi amigo.

Y ahora,

después de nieve, después de siempre,

ha venido. Si, tú también tendrás calle, tú siempre la has tenido, tú también tienes calle para llegar a mí ”

Ha sido él quien hablaba. Ha sido Juan Panero que murió hace diez años,

y que ahora está conmigo, porque siempre volvía, siempre era puntual. Hablaba poco, hablaba muy despacio,

parecía estuviera escribiendo,

parecía como un niño que pensaba escribiendo,

parecía como un niño que nos llevaba siempre de la mano.

Era proporcionado de sueño y estatura,

y no podía cambiar,

porque estrenaba su vigoroso corazón a todas horas”.

 

Luis Rosales recuerda a Panero con sus compañeras de clase en la Universidad: María Josefa que “era muy dulce­mente verdadera”, “tenía la boca joven con una huella re­cién pisada”; Concha que casi no sabía latín; Pilar la “dolorosamente intransitable”; y Piedad, la que más gus­taba a Juan, por la que él entraba en clase de latín para estar junto a ella, sin esperarla en los pasillos, “aprendiendo a callar junto a ella”, porque Piedad “que iba, en medio del grupo, y nos centraba a todos en la muerte -y era pequeña y cereal y terminantemente rubia”. Juan se reía, “tropezando un poquito en las palabras, tropezan­do en la risa: -No es rubia, Luis, sino trigueña y candeal y oliendo a madera”. Así es como recuerda, en un poema inolvidable y asombroso, Luis Rosales a su amigo Juan, éste que acababa de ver a Piedad y que hacía los chistes de ‘Humo’ y se entretenía ingeniosamente en los “Pierdetiempos’, en escribir numerosas cartas inflamato­rias y versos que conservan muchas chicas de Astorga, ahora abuelas, o madres en la muerte, o adolescentes de la eternidad. Sigamos, sigamos.

 

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Las nuevas técnicas de Gullón y la poesía de A. Luengo

 

Ricardo Guitón, atento a todos los ramos del saber, captaba la belleza de Eugenia Zúfoli en una entrevista con fotografía incluida. A seguido, bajo el seudónimo de ‘Bradomln’, se expresaba como un crítico alabando a vice­tiples de ‘La Duquesa de Tabarín’: ‘La Bayadera’, ‘Bonamor’ y el ‘Huésped del Sevillano’. A los pocos días divagaba sobre un tema querido, el de ‘El rostro de los artistas’. No le era ajena la crítica de cine, analizando lo que él llamaba dos sensacionales estrenos, ‘Amanecer’, ‘Metrópolis’, sin olvidarse de ‘Ben Hur’ y ‘Rey de Reyes’. Pasaba revista a los artistas locales, como al violinista Ro­drigo Santiago Majo, y a Lourdes Sánchez. Vuelve a la car­ga del cinema visto en Astorga, si bien, esta vez, referido a la producción de los platós españoles, anunciando la reve­lación de Imperio Argentina en ‘La Hermana de San Sulpicio’. La vida de las Girls del charleston le llama la atención a Ricardo: nos recuerda, en un largo artículo, ti­tulado ‘El Charles y las Girls’, como estas le sugieren un “juguete mecánico, compuesto de 20 mujercitas artificia­les”. Nos dice, en este año de 1928, que el charlestón se va “es indudable”. “Llegó en 1926, triunfó en el 27 y muere en 1928, a manos del blues, del jibi-jibi y del black, sus her­manos, puesto que los cuatro son hijos legítimos del aristocrático fox, al cual ninguno de ellos supera ni aún iguala en armonía, distinción y elegancia”. Luego se encandila con las girls, “esas muchachas incansables y sugestivas que invadieron el invierno pasado…sin más ar­mas que unas levísimas sedas y la maravilla alada de sus piernas encantadoras”. En el último número de ‘Humo’, Ricardo firma dos artículos, uno a medias con Panero, preocupado por todo lo local y sugestionado por el retablo de Becerra, y otro, ilustrando una fotografía del ‘Passo Honroso’ que estaba destinada a un artículo de Alonso Luengo, que por entonces padecía fiebres tifoideas y no pudo ya escribir.

 

Nos falta rastrear la huella firmada de éste, a lo largo de ‘Humo’. Alonso Luengo no suscribe con su nombre una sola prosa. Innumerables poemas: unos con firma y otros sin ella cubren desde el primer número hasta el último, la historia de ‘Humo’. En ‘La Saeta’ poetizaba Ricardo y no menos Juan. En ‘Humo’ Alonso Luengo se ha quedado solo con la exclusiva pública de la musa. Hay ‘Cuento de hadas’, hay ‘Rápidas’ del abanico, del ‘Sigue, sigue, don­cel’, ‘Díptico del ensueño’, temas leoneses como el de ‘Trashumante’, ‘La música de mi tierra’, ‘Fiesta de guardar’, ‘Glosa lírica’, ‘Tríptico versallesco' de la Damisela, el Chambelán y el Abate.

 

Hablando de poemas, hemos de añadir que se publica­ron algunas colaboraciones espontáneas, y hasta en el úl­timo número se intenta una importante acometida: la de reunir poemas astorganos de Cuquerella, Sebastián Risco, el Padre Blanco, García de Astorga, Marqués de Astorga y Juan Lorenzo Segura, el del ‘Libro de Alexandre’.

 

(Continuará)

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