Una reflexión optimista para menores de treinta y cinco años y sus padres sobre la repoblación
![[Img #47504]](http://astorgaredaccion.com/upload/images/12_2019/1821_dsc_0101-2.jpg)
Mientras que estoy a favor de defender y luchar por la supervivencia de lo local, el hábitat natal, Teruel, la aldea, lo rural, el espacio y el ritmo de la vida multivariados en el Reino Lindo de Un Estado y Muchas Naciones Vírgenes, cabe recordar que la imaginación cosmopolita (desde cuando el latín era la lengua franca de todos los notables de muchos Estados Europeos) ha sido más motor de progreso que el feudo tribal y su bastardo basto, el qué dirán.
Ya sé que hoy en día se trata más de cuestiones económicas que de actitudes, pero en un pasado no muy lejano mucha gente dejó de vivir en los pueblos (me refiero al continente entero) por falta de oxígeno moral tanto como por las carencias del billetero, por no mencionar las oportunidades educativas. (Ya tenemos la UNED y los colegios invisibles se ven cada vez más, gracias a la red).
A finales de los ochenta, con La Movida aún presente, pero más bien por el halo dejado por Galván que por el aguante del hígado (y a pesar de mucha tontería hortera que pasaba por creación artística), aprendí cientos de nombres de pueblos de todas las provincias de España durante charlas con los camareros del barrio de Chueca en Madrid, y eso cuando todavía Chueca no tenía fama de ser Chueca.
- ¿No hay camareros madrileños?
- No. Están todos en Londres… con sus hermanas.
Por supuesto que exagero por razones dramáticas: algunos estaban en Puerto Banús o incluso, curiosamente, militaban en el AP/ PP. Y como es el caso de muchos camareros a lo largo de la historia, la vocación hostelera (Madrid llegó a ser comparada con Nueva York, donde los actores servían copas a la gente que no les contrataba) a menudo o bien ocultaba o bien frustraba otros talentos o carreras truncados por circunstancias sociales y políticas que les impedían avanzar en sus pueblos tradicionales… Me imagino que los más espabilados daban clases particulares de catalán en las cocinas de la (muy) pequeña burguesía de Valladolid.
Conozco personalmente a un cura rojo que tuvo que abandonar su pueblo al colgar la sotana (por amor terrenal) y acabó en Madrid como profesor de autoescuela, un oficio digno, por cierto, como el de camarero, pero aquí cargado de una ironía tierna si pensamos en la historia como un viaje desde el sermón hasta una enseñanza de autonomía… en los dos sentidos.
Gracias a las nuevas tecnologías y tolerancias (a pesar de ciertas mordazas legales procedentes, irónicamente, de la Metrópolis) vivir en la aldea ha vuelto a ser una posibilidad sólo limitada por asuntos estrictamente económicos, repito. (Bueno, ser actor profesional en Cacabelos siempre va a ser problemático.) Por supuesto que entre ellos hallamos el tema capital, el de siempre: el de la distribución de recursos pagados por todos, cuyas ventajas no siempre están al alcance de muchos por cuestiones de distancias; las economías de escala, a veces mal aprovechadas debido a unos localismos predicados en identidades tan yermas como atávicas; la política local (caciquismo universal disfrazado de localismo), y la falta de visión (la estupidez eterna de la variedad terca y sentimental).
Ahora más que nunca (hasta FUERZA VOX admite negros (me refiero a un tipo de cutis y no a las musas de Rajoy) en sus filas, ¡Por el amor de San Blas Piñar!, cualquier lugar puede ser un hogar: ya nadie te echará de tu belén por un tatuaje de mal gusto, una ‘orientación’ rara, un punto de vista poco ortodoxo, y la libertad que antaño te brindaba el anonimato que ofrecen las grandes urbes la puedes llevar ya en tu portátil (o tu caverna cibernética estilo Platón si te pasas), según se te antoje. Eso sí, habrá quien diga: en este pueblo ¿sólo hay un poeta? Tranquilos. Todavía las bibliotecas están abiertas (además de las estanterías digitales) y están llenas de libros escritos por paneros que tenían que huir de sus pueblos para estar con sus camareros preferidos.
Ahora la única red es virtual. Y seduce… pero no atrapa. La ludopatía, los bulos, la pornografía, la mala educación y el tráfico ilegal de armas siempre han existido. ¿Hay más consumo? Claro que lo hay, y encima somos cada vez más. Y los que cedemos a la tentación de confundir el comprar con el triunfo y el consumir con el florecer tendremos que entender que en la diferencia que separa esos polos está una constante, el entorno: pregúntale al clima. Por lo tanto, a pesar del tono cínico que surge de cualquier mirada hacia la historia del Homo Sed Semper Sapiens, opino que el progreso sigue mandando aquí en la tierra, así que ¡Feliz Navidad!, y paciencia con el techo de cristal para las reinas magas y los alcaldes de desfile con ganas de destacar con betún o con las facturas de la luz, como si un recién nacido no fuese foco suficiente. Que no tenga que migrar.
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Mientras que estoy a favor de defender y luchar por la supervivencia de lo local, el hábitat natal, Teruel, la aldea, lo rural, el espacio y el ritmo de la vida multivariados en el Reino Lindo de Un Estado y Muchas Naciones Vírgenes, cabe recordar que la imaginación cosmopolita (desde cuando el latín era la lengua franca de todos los notables de muchos Estados Europeos) ha sido más motor de progreso que el feudo tribal y su bastardo basto, el qué dirán.
Ya sé que hoy en día se trata más de cuestiones económicas que de actitudes, pero en un pasado no muy lejano mucha gente dejó de vivir en los pueblos (me refiero al continente entero) por falta de oxígeno moral tanto como por las carencias del billetero, por no mencionar las oportunidades educativas. (Ya tenemos la UNED y los colegios invisibles se ven cada vez más, gracias a la red).
A finales de los ochenta, con La Movida aún presente, pero más bien por el halo dejado por Galván que por el aguante del hígado (y a pesar de mucha tontería hortera que pasaba por creación artística), aprendí cientos de nombres de pueblos de todas las provincias de España durante charlas con los camareros del barrio de Chueca en Madrid, y eso cuando todavía Chueca no tenía fama de ser Chueca.
- ¿No hay camareros madrileños?
- No. Están todos en Londres… con sus hermanas.
Por supuesto que exagero por razones dramáticas: algunos estaban en Puerto Banús o incluso, curiosamente, militaban en el AP/ PP. Y como es el caso de muchos camareros a lo largo de la historia, la vocación hostelera (Madrid llegó a ser comparada con Nueva York, donde los actores servían copas a la gente que no les contrataba) a menudo o bien ocultaba o bien frustraba otros talentos o carreras truncados por circunstancias sociales y políticas que les impedían avanzar en sus pueblos tradicionales… Me imagino que los más espabilados daban clases particulares de catalán en las cocinas de la (muy) pequeña burguesía de Valladolid.
Conozco personalmente a un cura rojo que tuvo que abandonar su pueblo al colgar la sotana (por amor terrenal) y acabó en Madrid como profesor de autoescuela, un oficio digno, por cierto, como el de camarero, pero aquí cargado de una ironía tierna si pensamos en la historia como un viaje desde el sermón hasta una enseñanza de autonomía… en los dos sentidos.
Gracias a las nuevas tecnologías y tolerancias (a pesar de ciertas mordazas legales procedentes, irónicamente, de la Metrópolis) vivir en la aldea ha vuelto a ser una posibilidad sólo limitada por asuntos estrictamente económicos, repito. (Bueno, ser actor profesional en Cacabelos siempre va a ser problemático.) Por supuesto que entre ellos hallamos el tema capital, el de siempre: el de la distribución de recursos pagados por todos, cuyas ventajas no siempre están al alcance de muchos por cuestiones de distancias; las economías de escala, a veces mal aprovechadas debido a unos localismos predicados en identidades tan yermas como atávicas; la política local (caciquismo universal disfrazado de localismo), y la falta de visión (la estupidez eterna de la variedad terca y sentimental).
Ahora más que nunca (hasta FUERZA VOX admite negros (me refiero a un tipo de cutis y no a las musas de Rajoy) en sus filas, ¡Por el amor de San Blas Piñar!, cualquier lugar puede ser un hogar: ya nadie te echará de tu belén por un tatuaje de mal gusto, una ‘orientación’ rara, un punto de vista poco ortodoxo, y la libertad que antaño te brindaba el anonimato que ofrecen las grandes urbes la puedes llevar ya en tu portátil (o tu caverna cibernética estilo Platón si te pasas), según se te antoje. Eso sí, habrá quien diga: en este pueblo ¿sólo hay un poeta? Tranquilos. Todavía las bibliotecas están abiertas (además de las estanterías digitales) y están llenas de libros escritos por paneros que tenían que huir de sus pueblos para estar con sus camareros preferidos.
Ahora la única red es virtual. Y seduce… pero no atrapa. La ludopatía, los bulos, la pornografía, la mala educación y el tráfico ilegal de armas siempre han existido. ¿Hay más consumo? Claro que lo hay, y encima somos cada vez más. Y los que cedemos a la tentación de confundir el comprar con el triunfo y el consumir con el florecer tendremos que entender que en la diferencia que separa esos polos está una constante, el entorno: pregúntale al clima. Por lo tanto, a pesar del tono cínico que surge de cualquier mirada hacia la historia del Homo Sed Semper Sapiens, opino que el progreso sigue mandando aquí en la tierra, así que ¡Feliz Navidad!, y paciencia con el techo de cristal para las reinas magas y los alcaldes de desfile con ganas de destacar con betún o con las facturas de la luz, como si un recién nacido no fuese foco suficiente. Que no tenga que migrar.






