Sol Gómez Arteaga
Sábado, 14 de Marzo de 2020

Del coronavirus y otros demonios  

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Esta tarde cuando llamé a casa por teléfono pregunté por la pandemia que aconteció en el año 1918 llevándose por delante a más de 40 millones de personas. Me interesaba refrescar datos relativos a mi historia familiar. Me dijeron que acabó con la vida de mi joven bisabuela Eleuteria que había dado a luz hacía poco tiempo a un niño que también murió. De mi bisabuela Eleuteria conservamos la imponente esquela, una hoja grande y doblada de bordes negros y luctuosos.

 

“Murió mucha gente en el pueblo”, dijo mi madre que hablaba de oídas pues ella no había nacido, “familias enteras, pero entonces no había alimentos, ni medicinas, ni se sabía tanto de enfermedades… No es como ahora… No entiendo como no se pone remedio a lo que está pasando”.

 

Dentro de mis escasos conocimientos procuré infundirle tranquilidad y le expliqué que el problema es que no se había inventado la vacuna y que lo único que se podía hacer era tratar la enfermedad, si daba la cara. No tengo claro que lo comprendiera, tampoco que le tranquilizara.

 

Lo que está claro es que las pandemias nos son extrañas, extranjeras, como de otro lugar y tiempo. Leía en el muro de un amigo ‘facebookiano’ que estamos viviendo una situación nunca antes acontecida. Es verdad. Ello hace que nos volvamos extraños de nosotros mismos, extraños de los otros. Sanos, de momento, mientras no se demuestre lo contrario, viendo a los demás como posibles sospechosos, como posibles transmisores de una enfermedad que puede matar, por mucho que intentemos convencernos de que no sufrimos pluripatologías orgánicas ni estemos en la franja de edad de mayores (de pronto también nos cuestionamos, qué cosas, independientemente de lo que digan los expertos, a qué edad una persona se puede considerar mayor). Y sentimos el ambiente envenenado, y la barra del bus en la que nos apoyamos sospechosa, y el botón del ascensor sospechoso, y el extremo de la mesa de trabajo en la que el otro apoya sus codos sospechoso, y cualquier manilla de puerta que no sea la de nuestra casa sospechosa, y dejamos de salir a desayunar el café con porras de todos los días, y marcamos distancias de seguridad, y nos lavamos cien veces las manos, volviéndonos paranoicos perdidos de un extraño, invisible, fantasma que recorre la ciudad, su aire, sus cloacas.  

 

Toda la vida dándole la espalda a la evidencia de que vivir implica en un momento dado, como seres vivos que somos, dejar de hacerlo, (el precioso cuento ilustrado de Wolf Erlbruch titulado “El pato y la muerte” que precisamente leía esta mañana, habla de esto) de pronto nos volvemos conscientes, -tu enfermo, tu sano, tu sano, tu sano, tu enfermo-, de nuestra fragilidad, de nuestra contingencia.

 

“He estado cerca de ti desde el día que naciste”, le dirá en el cuento la muerte portando un tulipán negro en la mano al pato.  

 

 

Al hilo del coronavirus que nos ocupa estos días, no deja de rondarme como un mantra un magnífico párrafo de ‘la peste’ en el que Camus hace referencia a la limitación severísima de las comunicaciones telefónicas, siendo el telegrama el último recurso. “Seres ligados por la inteligencia, por el corazón o por la carne fueron reducidos a buscar los signos de esta antigua comunión en las mayúsculas de un despacho de diez palabras”.

 

Por fortuna, si algo bueno tiene la era de la comunicación hasta que también esté apestada, es que nos permite desahogarnos desde el confinamiento de forma ilimitada. Por ‘wassap’, por messenger, por telegram, por correo, por skype, podemos decirnos cosas tales como “tengo miedo, me asusta lo que está pasando, nos dicen que no salgamos de casa pero hay que ir a trabajar, desplazarse, deseo fervientemente que todo esto pase y se dejé de hablar de ello, como se dejó de hablar del tifus, la difteria, el ébola, la gripe aviar, las vacas locas… De un plumazo, ¿te das cuenta? Eso sería la mejor señal de que todo ha pasado, llevándose consigo tanta paz como paz deja, dejando un poco más de sabiduría, espero”.

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