Manhattan
![[Img #48680]](http://astorgaredaccion.com/upload/images/03_2020/4461_unnamed.jpg)
Quedan sin embargo buenas noticias en tiempos de confinamiento: la filmografía de Woody Allen. En lo que va de cuarentena he visto tres. A pesar de verlas en días distintos, las confundo y las mezclo. A mí el saber sí me ocupa lugar. La primera que vi, el lunes, fue Manhattan.
Manhattan es una película en blanco y negro romántica pero no cursi. Es una película que abraza el drama y el romance y el humor envuelta en unos diálogos fabulosos y una fotografía inmensa. Es, en definitiva, una película típica de Woody Allen. Ese es todo el análisis técnico de la película que puedo hacer porque soy demasiado amateur para profundizar más allá de un pequeño charco. No soy un cinéfilo. Tampoco un impostor. O sí.
El protagonista no es una persona, ni siquiera el propio Allen, sino una ciudad: Nueva York. Las imágenes de madrugada en el puente de Brooklyn con Woody Allen y Diane Keaton sentados en un banco y de espaldas y el contorno de los rascacielos neoyorkinos justifican sobradamente la película. También Diane Keaton.
Alguien dijo que no había que vivir en Manhattan sino en Brooklyn. Para poder ver Manhattan. Este juego de perspectivas lo maneja como nadie el director estadounidense. En la propia película, mientras él sale con la jovencísima nieta de Hemingway, su amigo casado anda enamoriscado y en líos con Diane Keaton. Cuando el amigo decide dejar de ser un capullo sugiere a Allen salir con Keaton. Para acabar levantándosela finalmente de nuevo al propio Allen. Que dejó a la nieta de Hemingway por Keaton, y todo para acabar en un portal pidiendo a la primera que se quedara mientras ella respondía que seis meses no son nada y que tuviera más fe en la gente. Si no fuera por el encanto de la secuencia de imágenes de Nueva York que irrumpen en ese instante, Allen todavía continuaría en ese portal y no podría haber hecho más películas.
La película enseña algo que a estas alturas todos deberíamos saber. A veces se suben a un avión como en Casablanca o en un taxi como en Manhattan. Pero siempre se van. Y en ocasiones con otro, como también en Manhattan. Y no por ello se las deja de querer. Ni de desear lo mejor. Ese es el verdadero ciclo sin fin.
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Quedan sin embargo buenas noticias en tiempos de confinamiento: la filmografía de Woody Allen. En lo que va de cuarentena he visto tres. A pesar de verlas en días distintos, las confundo y las mezclo. A mí el saber sí me ocupa lugar. La primera que vi, el lunes, fue Manhattan.
Manhattan es una película en blanco y negro romántica pero no cursi. Es una película que abraza el drama y el romance y el humor envuelta en unos diálogos fabulosos y una fotografía inmensa. Es, en definitiva, una película típica de Woody Allen. Ese es todo el análisis técnico de la película que puedo hacer porque soy demasiado amateur para profundizar más allá de un pequeño charco. No soy un cinéfilo. Tampoco un impostor. O sí.
El protagonista no es una persona, ni siquiera el propio Allen, sino una ciudad: Nueva York. Las imágenes de madrugada en el puente de Brooklyn con Woody Allen y Diane Keaton sentados en un banco y de espaldas y el contorno de los rascacielos neoyorkinos justifican sobradamente la película. También Diane Keaton.
Alguien dijo que no había que vivir en Manhattan sino en Brooklyn. Para poder ver Manhattan. Este juego de perspectivas lo maneja como nadie el director estadounidense. En la propia película, mientras él sale con la jovencísima nieta de Hemingway, su amigo casado anda enamoriscado y en líos con Diane Keaton. Cuando el amigo decide dejar de ser un capullo sugiere a Allen salir con Keaton. Para acabar levantándosela finalmente de nuevo al propio Allen. Que dejó a la nieta de Hemingway por Keaton, y todo para acabar en un portal pidiendo a la primera que se quedara mientras ella respondía que seis meses no son nada y que tuviera más fe en la gente. Si no fuera por el encanto de la secuencia de imágenes de Nueva York que irrumpen en ese instante, Allen todavía continuaría en ese portal y no podría haber hecho más películas.
La película enseña algo que a estas alturas todos deberíamos saber. A veces se suben a un avión como en Casablanca o en un taxi como en Manhattan. Pero siempre se van. Y en ocasiones con otro, como también en Manhattan. Y no por ello se las deja de querer. Ni de desear lo mejor. Ese es el verdadero ciclo sin fin.






