La fábula de Pedro y el lobo
![[Img #48681]](http://astorgaredaccion.com/upload/images/03_2020/7991_peter-the-wolf.jpg)
De pequeño escuché con frecuencia la fábula o cuento de Pedro y el lobo. Pedro era un joven pastor que mataba el aburrimiento del pausado tiempo de pastoreo en los pastos, alertando a los aldeanos de la irrupción del cánido entre las ovejas y la carnicería que se asociaba a su presencia. Los paisanos acudían al llamado del zagal con todos los pertrechos ofensivos y defensivos para dar cumplida cuenta de la amenaza. Pero solo les recibía la risa sardónica del mozalbete, que terminó tomándose la broma como un molesto e inconsciente juego. Y un día, el depredador apareció de verdad…
Con aquella simple historia, mis mayores dibujaban en mi mentalidad infantil la malsana didáctica de la mentira y el subrayado de sus cortas patas. Hace unas semanas, en esta columna abuhardillada, opiné sobre el miedo como negocio y espectáculo a la sombra de lacras y catástrofes magnificadas con vocación de lucro que, en el epílogo, se diluían como azúcar en el café caliente. Precedentes hubo, y se citaron. Pedro llamó demasiado a un paisanaje crédulo y generoso en la solidaridad de la ayuda, sin percatarse de que lo único que fomentaba eran suspicacias y escepticismo. En los previos a la pandemia del coronavirus han abundado muchos precedentes de alertas huecas y no poca hipocresía sobre tragedias reales padecidas por otros, instalados, no en los verdes prados, sino en los secarrales de la miseria y el subdesarrollo. Las epidemias eran cosa de pobres. Ahora nos damos cuenta del error de cálculo de una invulnerabilidad imaginada.
Vivo mi enclaustramiento en el principal foco español de esta pandemia. En una gran metrópoli, de esas en las que las aglomeraciones y las rápidas rutinas marcan a hierro candente los estilos de vida. El coronavirus no es una pesadilla de la somnolencia, sino de la lucidez del despierto. Basta solo con levantar la persiana para divisar una de esas urbes muertas en el silencio por el concurso de una hecatombe propia del cine de catástrofes de varias décadas atrás. Y si sales al exterior, a una de esas tareas de emergencia que te concede la supervivencia más básica, sientes el temor afilado de una soledad apocalíptica. Una durísima transición de lo epicúreo a lo estoico sin despresurización.
Ante lo inevitable de una realidad plena de aprensiones, habrá que conducir estos tiempos por las coordenadas de un optimismo resignado, y a la vez rebelde; el primero, porque no queda otra que la prudencia ante lo desconocido, que nunca deja de ser temible; el segundo, porque a la espera de la vacuna sanadora que salga de los laboratorios, los anticuerpos habrán de residir en la imaginación contra el tedio impuesto y la angustia asfixiante. Sin esa inteligente dualidad, la plaga que siga a ésta o se incardine con ella, sería de índole psicológica. No habríamos espantado del todo el peligro.
Acudir a la historia no es un mal recorrido. La humanidad siempre ha salido fortalecida de sus pestes y tragedias. Viene a propósito el dicho, lo que no te mata, te fortalece. Antes del coronavirus, nuestro mundo hacía tiempo que había dejado de ser un escenario amable y acogedor. Ruido y virulencia se convirtieron en indeseados compañeros de viaje.
La soledad impuesta puede girar a la experiencia enriquecedora de recuperar placeres perdidos por su mera sencillez. Leer con tranquilidad un libro. Degustar felices momentos de camaradería en el ámbito familiar, dispersado tiempo antes en habitaciones aisladas por consolas, ordenadores y televisiones. Nos llueve un magnífico don que, si es bien empleado, concederá muchas recompensas: el tiempo, imán de sosiego y tranquilidad. Es momento de reivindicar los encantos ocultos del aburrimiento, naturalmente, en las dosis adecuadas, y sin que supla jamás al antónimo de la diversión. Tiempo habrá de tomarse la revancha. Se me ocurre también que las desgracias, por todos esos desafíos que esconden, nos harán más solidarios. Ayudarán a percibir un prójimo mucho tiempo entre brumas.
Sí, vendrá el día después para contabilizar los destrozos materiales de esta crisis, en origen, sin adjetivos ligados a la economía. No habrá duda: serán cuantiosos, puede que inconmensurables. Esa realidad impondrá la obligación de hacer política de estado, que borre de una vez por todas, la cicatería de lo sectario. Es la hora de liderazgos sólidos y de salidas que pueden abrir de par en par las puertas giratorias de la historia hacia la gloria o hacia el oprobio. Vienen tiempos, a lomos de este coronavirus, que deben hacer callar a los Pedro (y, por favor, que nadie quiera ver en este nombre otra alusión que la del pastor de la fábula) de los alarmismos innecesarios y de los miedos rentables. Que el paisanaje siempre esté seguro de que llega el lobo, centrándose en lo urgente y disipando lo accesorio.
![[Img #48681]](http://astorgaredaccion.com/upload/images/03_2020/7991_peter-the-wolf.jpg)
De pequeño escuché con frecuencia la fábula o cuento de Pedro y el lobo. Pedro era un joven pastor que mataba el aburrimiento del pausado tiempo de pastoreo en los pastos, alertando a los aldeanos de la irrupción del cánido entre las ovejas y la carnicería que se asociaba a su presencia. Los paisanos acudían al llamado del zagal con todos los pertrechos ofensivos y defensivos para dar cumplida cuenta de la amenaza. Pero solo les recibía la risa sardónica del mozalbete, que terminó tomándose la broma como un molesto e inconsciente juego. Y un día, el depredador apareció de verdad…
Con aquella simple historia, mis mayores dibujaban en mi mentalidad infantil la malsana didáctica de la mentira y el subrayado de sus cortas patas. Hace unas semanas, en esta columna abuhardillada, opiné sobre el miedo como negocio y espectáculo a la sombra de lacras y catástrofes magnificadas con vocación de lucro que, en el epílogo, se diluían como azúcar en el café caliente. Precedentes hubo, y se citaron. Pedro llamó demasiado a un paisanaje crédulo y generoso en la solidaridad de la ayuda, sin percatarse de que lo único que fomentaba eran suspicacias y escepticismo. En los previos a la pandemia del coronavirus han abundado muchos precedentes de alertas huecas y no poca hipocresía sobre tragedias reales padecidas por otros, instalados, no en los verdes prados, sino en los secarrales de la miseria y el subdesarrollo. Las epidemias eran cosa de pobres. Ahora nos damos cuenta del error de cálculo de una invulnerabilidad imaginada.
Vivo mi enclaustramiento en el principal foco español de esta pandemia. En una gran metrópoli, de esas en las que las aglomeraciones y las rápidas rutinas marcan a hierro candente los estilos de vida. El coronavirus no es una pesadilla de la somnolencia, sino de la lucidez del despierto. Basta solo con levantar la persiana para divisar una de esas urbes muertas en el silencio por el concurso de una hecatombe propia del cine de catástrofes de varias décadas atrás. Y si sales al exterior, a una de esas tareas de emergencia que te concede la supervivencia más básica, sientes el temor afilado de una soledad apocalíptica. Una durísima transición de lo epicúreo a lo estoico sin despresurización.
Ante lo inevitable de una realidad plena de aprensiones, habrá que conducir estos tiempos por las coordenadas de un optimismo resignado, y a la vez rebelde; el primero, porque no queda otra que la prudencia ante lo desconocido, que nunca deja de ser temible; el segundo, porque a la espera de la vacuna sanadora que salga de los laboratorios, los anticuerpos habrán de residir en la imaginación contra el tedio impuesto y la angustia asfixiante. Sin esa inteligente dualidad, la plaga que siga a ésta o se incardine con ella, sería de índole psicológica. No habríamos espantado del todo el peligro.
Acudir a la historia no es un mal recorrido. La humanidad siempre ha salido fortalecida de sus pestes y tragedias. Viene a propósito el dicho, lo que no te mata, te fortalece. Antes del coronavirus, nuestro mundo hacía tiempo que había dejado de ser un escenario amable y acogedor. Ruido y virulencia se convirtieron en indeseados compañeros de viaje.
La soledad impuesta puede girar a la experiencia enriquecedora de recuperar placeres perdidos por su mera sencillez. Leer con tranquilidad un libro. Degustar felices momentos de camaradería en el ámbito familiar, dispersado tiempo antes en habitaciones aisladas por consolas, ordenadores y televisiones. Nos llueve un magnífico don que, si es bien empleado, concederá muchas recompensas: el tiempo, imán de sosiego y tranquilidad. Es momento de reivindicar los encantos ocultos del aburrimiento, naturalmente, en las dosis adecuadas, y sin que supla jamás al antónimo de la diversión. Tiempo habrá de tomarse la revancha. Se me ocurre también que las desgracias, por todos esos desafíos que esconden, nos harán más solidarios. Ayudarán a percibir un prójimo mucho tiempo entre brumas.
Sí, vendrá el día después para contabilizar los destrozos materiales de esta crisis, en origen, sin adjetivos ligados a la economía. No habrá duda: serán cuantiosos, puede que inconmensurables. Esa realidad impondrá la obligación de hacer política de estado, que borre de una vez por todas, la cicatería de lo sectario. Es la hora de liderazgos sólidos y de salidas que pueden abrir de par en par las puertas giratorias de la historia hacia la gloria o hacia el oprobio. Vienen tiempos, a lomos de este coronavirus, que deben hacer callar a los Pedro (y, por favor, que nadie quiera ver en este nombre otra alusión que la del pastor de la fábula) de los alarmismos innecesarios y de los miedos rentables. Que el paisanaje siempre esté seguro de que llega el lobo, centrándose en lo urgente y disipando lo accesorio.






