Textos: Quevedo, Roa Bastos, José Mª Arguedas, Julio Mariscal Montes, Pablo García Baena.
Viernes, 10 de Abril de 2020

Contra la dureza del corazón del hombre

¿Dónde está la vida en las calles este Viernes Santo? El coronavirus nos ha arrebatado el misterio del enclavamiento en la capilla de San Esteban, el vuelo de la capa de San Juanín, la subida del Cristo de los Afligidos por la cuesta del Postigo, la desenclavo y la oficialidad del Entierro, y la Soledad.

[Img #49005]

 

 

En la muerte de Cristo, contra la dureza del corazón del hombre

 

Pues hoy derrama noche el sentimiento

por todo el cerco de la lumbre pura,

y amortecido el sol en sombra obscura,

da lágrimas al fuego, y voz al viento.

 

Pues de la muerte el negro encerramiento

descubre con temblor la sepultura,

y el monte, que embaraza la llanura

del mar cercano, se divide atento.

 

De piedra es hombre duro, de diamante

tu corazón, pues muerte tan severa

no anega con tus ojos tu semblante.

 

Mas no es de piedra, no, que si lo fuera,

de lástima de ver a Dios amante,

entre las otras piedras se rompiera.

 

                                                                      Francisco de Quevedo

 

 

[Img #49045]

[Img #49043]

[Img #49044]

 

 

«Recorría la media legua de camino hasta la iglesia, pero el Cristo no entraba en ella jamás. Llegaba hasta el atrio solamente. Permanecía un momento, mientras los cánticos arreciaban y se convertían en gritos hostiles y desafiantes [...] Era un rito áspero, rebelde, primitivo, fermentado en un reniego de insurgencia colectiva, como si el espíritu de la gente se encrespara al olor de la sangre del sacrificio y estallase en ese clamor que no se sabía si era de angustia o de esperanza o de resentimiento, a la hora nona del Viernes de la Pasión».

 

                                                                                                         Augusto Roa Bastos. 'Hijo de hombre'

 

 

[Img #49031]

[Img #49029]

[Img #49033]

[Img #49024]

[Img #49038]

 

 

 

“Yo sabía que cuando el trono de ese Crucificado aparecía en la puerta de la catedral, todos los indios del Cuzco lanzaban un alarido que hacía estremecer la ciudad, y cubrían, después, las andas del Señor y las calles y caminos, de flores de ñujchu, que es roja y débil.

 

El rostro del Crucificado era casi negro, desencajado, como el del pongo. Durante las procesiones, con sus brazos exten­didos, las heridas profundas, y sus cabellos caídos a un lado, como una mancha negra, a la luz de la plaza, con la catedral, las montañas o las calles ondulantes, detrás, avanzaría ahondan­do las aflicciones de los sufrientes, mostrándose como el que más padece, sin cesar”.

 

                                                                                                   José María Arguedas. ‘Los ríos profundos’

 

 

[Img #49051]

[Img #49046]

[Img #49047]

 

 

La cruz a cuestas

 

El hombro empuja, lento, la madera

muerta para la flor y la verdura,

hacia una fina, leve arquitectura

de cielo azul y brisa mensajera.

 

El hombro de Jesús por la manera

de equilibrar la fuerza y la amargura,

 mientras gana su frente la dulzura

de un Belén con pañal y lanzadera.

 

Y el leño ya cruzado, muerto,

oscuro, imposible de pájaros, clavado

a un destino de cuervos y despojos,

 

se retoña de Abril, se siente puro

con la sangre que brota del costado,

se vence a la ternura de sus ojos.

 

                                                      Julio Mariscal Montes

 

 

[Img #49026]

[Img #49048]

 

 

Consummatum est

 

Ya nunca más. El viento, solo juega

a rebuscar la vida por su frente,

mientras el mundo flota sin simiente

y la tarde sin flores se doblega.

 

Ya nunca. Nunca. El corazón se entrega:

Amor... Piedad... Señor. ¿Cómo se siente?

¿Cómo, Señor, se doma la corriente

de esta sangre podrida y andariega?

 

Cristo está aquí clavado, remachado

a salivazo limpio por la oscura

cerrazón de la noche en agonía.

 

Cristo con una rosa en el costado

y la última Palabra, seca y dura,

colgándole del labio todavía.

 

                                                              Julio Mariscal Montes

 

[Img #49049]

[Img #49050]

[Img #49003]

 

 

Ya en tierra

 

A fuerza de sentirte, de clavarte

mi voz, de recorrerte mi esperanza,

esta palabra mía casi alcanza

a rozar tu Calvario, a desclavarte.

 

A fuerza de matarme y de matarte

de encrespar con mi barro tu bonanza,

la nada que yo soy quiebra su lanza

en la liza final del recobrarte.

 

Te digo a Ti, Señor, muerto, más muerto

cuanto más Hombre, cuanto más de tierra,

fruto de hortal, Jesús y no hortelano.

 

A ti, el Hijo del Hombre, yerto,

abierto desgarrón de mi tanta oscura guerra,

en tierra ya conmigo mano a mano.

 

                                                                         Julio Mariscal Montes

 

 

[Img #49027]

[Img #49028]

 

 

[Img #49030]

 

[Img #49035]

[Img #49037]

 

Viernes Santo         A Jesús Torres

 

Hace frío en los atrios esta noche,

ascuas de cobre sobre los braseros aviva la criada

y la helada ginebra enfría el labio.

Roberto Carlos baja tu voz desde el Brasil, oh cuerpo tuyo,

oh alma mía asómate al gallo, no,

no le conozco, a la mirada, no, no quiero ver,

sólo tu pecho entreabriendo rosa oscura

a la táctil araña de las manos.

Y está el Pretorio frío con el alba,

jaspes yertos, columna,

y desnudo, desnuda hasta la sangre,

nos desnudamos, rito, sobre el lecho, cordeles lacerantes

de los besos, caricias aprietan,

tiran, tinta la res del sacrificio,

soldados, carcajadas, extinguidas antorchas humeantes,

oh qué hambrienta vesania, brasas, bocas

ardiendo, crepitantes leños rojos,

la túnica de loco arrodillado busca,

ya no blanca, ni grana, ni violeta,

sí rígida por las costras,

por el rayo fulmíneo que derriba

y no apagues la luz quiero verte los ojos,

averigua quién te dio el golpe,

el mazo martillea los clavos en la fragua,

tafetanes ungiendo sacerdotal desdén,

y tú me quieres, vino nuevo embriagando mis venas,

arterias al ocaso como dalias,

no apartes este cáliz, esta hiel, está el campo

del alfarero ya comprado con las treinta monedas,

húmeda arcilla donde clavar alarias plateadas,

plateados placeres, marea embravecida y plateada

luna, tinieblas, rueda el dado ciego

y un vaho de hedor sube de los sepulcros,

pliega tus alas sobre mi carroña,

sobre mi carne viva,

suave buitre ígneo, rapaz tormenta deseada,

lluvia sangrienta empapa el monte oscuro,

la adarga, los arneses, fluye cárdena

sobre las blancas sábanas, los lienzos taponados de rubíes,

no caiga sobre mí la sangre de este justo,

pues sólo quise amarte.

 

                                                                               Pablo García Baena. De 'Antes que el tiempo acabe' (1978)

    

 

[Img #49032]

[Img #49042]

[Img #49041]

[Img #49036]

[Img #49040]

[Img #49025]

 

 

Con tu cuenta registrada

Escribe tu correo y te enviaremos un enlace para que escribas una nueva contraseña.