Sol Gómez Arteaga
Sábado, 11 de Abril de 2020

El miedo

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El día 10 de marzo, cuando todavía veíamos el coronavirus como una amenaza remota en el horizonte lejano de la desdicha, mi amiga Mari Paz, también enfermera, me mandó un video en el que el cirujano, conferenciante y escritor Mario Alonso Puig, hablaba de los mecanismos fisiológicos del miedo. En el video Alonso Puig explica que los humanos pertenecemos al 0’1% de las especies de las que existe registro fósil que todavía siguen vivas y atribuye este hecho a haber sabido distinguir la amenaza antes de que fuera demasiado tarde. Destaca en ello un aspecto positivo que hace que nos enfrentemos, por ejemplo, a un depredador, pero puede ser un problema cuando la mente o ciertos compartimientos de la mente generan miedos que vivimos como reales y que son simples alucinaciones. Entender la relación entre el sustrato neural, fisiológico del miedo, y el mental es importantísimo para vivir con más serenidad, confianza, ilusión.

 

Un mes más tarde hago referencia a esto porque confieso que ante la realidad inédita, nueva, nunca antes experimentada -que no ficción, que no espejismo, que no producto de la imaginación- tengo miedo. Un miedo que en los momentos de mayor exposición, salir a la calle, ir en metro, coger el bus, trabajar presencialmente (yo trabajo en la sanidad pública y un par de veces me ha tocado estar en el epicentro mismo de la crisis) se manifiesta en una sensación casi física de tener púas en la piel y, en los de menos, cuando estoy confinada en mi casa, me hace vivir de forma contenida. Pero en ambas situaciones, la percepción que tengo de mí misma es la de llevar una gasa en los ojos que me impide y protege de ver la realidad tal cual es, pues de contemplarla en toda su magnitud, cegaría.

 

Hasta hace bien poco la certeza -conciencia de sabernos en la verdad de las cosas- era el motor de nuestra vida y desde ella salíamos a la calle, viajábamos, mercadeábamos, amábamos, soñábamos, interactuábamos con los otros. Éramos, o eso nos creíamos, dueños absolutos de un mundo que, como una marioneta, manejábamos a nuestro antojo. Pero a primeros de marzo la certeza viró, mostrándonos la cruz de la incertidumbre, colocándonos frente al espejo de nuestra humanidad frágil e inconsistente, poniendo además en jaque nuestro narcisismo, como muy bien dijo Siri Hustvedt hace unos días en una entrevista concedida al Babelia.

 

Creo que no somos capaces ni estamos preparados para asimilar lo que está pasando a nuestro alrededor mientras pasa, y es que la muerte, que es al final el miedo más grande que tenemos ante la pandemia, campa a sus anchas, llevándose consigo a amigos, a conocidos, a familiares que, según nuestros criterios de justicia, ‘aun no tocaba’. ¡Qué tontos somos al pensar que la muerte es justa y humana! La muerte acaso es otra cosa que, a partir de ahora, de sobrevivir a esta pandemia, debemos pensar y repensar para recolocarnos de nuevo en el mundo. 

 

Este virus apareció casi sin darnos cuenta, casi sin darnos cuenta estamos envueltos en él, y pasará mucho tiempo hasta que podamos procesar la estela de horror que nos deja. Estoy segura de que habrá un antes y un después de estos días, al menos para mí ya lo está habiendo.  

 

Ha de llover, como dice Gamoneda en su poema, con temerosidad agraria, y también ha de llover a raudales, y a cantaros, y a esgalla, y hasta decir basta, y hasta que las cuencas de los ojos se nos sequen, para que un día, que aún queda muy lejano, podamos sanar.

 

Mientras tanto colocamos fotografías en redes de nuestros años jóvenes y, seguramente, más felices, nos empleamos a fondo en la cocina, empapelamos con grandes hojas, como un vergel recóndito y personal, las paredes de nuestra casa, conversamos en la distancia con nuestros seres queridos, nos refugiamos en la belleza diminuta que el lirio de agua, que no entiende de desastres humanos, nos ofrenda, nos asombramos del bichito que al destender la ropa pasea por nuestros dedos, bailamos en el salón como si estuviéramos solos en el mundo, salimos a aplaudir al balcón a la hora rigurosa en la que todo el mundo aplaude, o escribimos esto para ordenar el mundo y ordenarnos, transmutando el miedo en espera, la espera en esperanza.  

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