Muerte
![[Img #49058]](http://astorgaredaccion.com/upload/images/04_2020/6722_huerta-escanear0051.jpg)
“No hay época que haya impreso a todo el mundo la imagen de la muerte con tan continuada insistencia como el siglo xv”. Son palabras de Johan Huizinga en El otoño de la Edad Media, un clásico de la historiografía cultural al que he vuelto en estos días en que la gran chingada –como la llaman en México– ha vuelto a ostentar su poder omnímodo por todos los rincones de la tierra. La España de aquel tiempo nos ofrece tres monumentos literarios de excepción en los cuales la Muerte es protagonista casi absoluta: las Coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique; La Celestina, de Fernando de Rojas, y la Danza de la Muerte, de autor desconocido. Son, a mi juicio, lecturas muy recomendables y hasta, como antes se decía, harto provechosas para los tiempos sombríos que corren, por más que una tendencia bastante generalizada a lo banal y lo frívolo se niegue a aceptar la dura realidad de los muertos que, día tras día, caen entre la indiferencia general, y prefiera ocultarla recurriendo a la evasión estólida de indecorosos programas televisivos.
En sus Coplas, Manrique ensalza la figura del padre amado en versos que, sobre el deseo de perpetuar su memoria, pretenden servir de alivio a quienes hayan pasado o hayan de pasar por el mismo trance. Por ello, el consciente colectivo –cada vez menos consciente por desgracia– ha sabido guardar su espíritu sentencioso: «nuestras vidas son los ríos / que van a dar en la mar, / que es el morir», «este mundo es el camino / para el otro, que es morada / sin pesar»; «¿qué se hicieron las damas, / sus tocados y vestidos, / sus olores?». Y la impresionante rúbrica final, mediante la cual la figura del caballero adquiere la inmortalidad que le da su existencia ejemplarmente llevada: «que aunque la vida perdió, / dejonos harto consuelo / su memoria».
En La Celestina se invierten las tornas, y es el padre quien se las ve en la penosa circunstancia de despedir y llorar a su hija Melibea. En su impresionante planto, Pleberio encadena innúmeros lamentos y preguntas sin respuesta, cuya mera enunciación actúa, sin embargo, de bálsamo para su corazón herido: «¡Oh duro corazón de padre!, ¿cómo no te quiebras de dolor, que ya quedas sin tu amada heredera? ¿Para quién edifiqué torres; para quién adquiría honras; para quién planté árboles; para quién fabriqué navíos? […] ¿Qué haré cuando entre en tu cámara y retraimiento y la halle sola? […] ¡Oh mi compañera buena y mi hija despedazada, ¿por qué no quisiste que estorbase tu muerte? ¿Por qué te mostraste tan cruel con tu viejo padre? […] ¿Por qué me dejaste penado? ¿Por qué me dejaste triste y solo in hac lachrimarum valle?». Larga es su lamentación, pero desprende tanta hermosura y serenidad que, como en el caso de Manrique, la belleza de la palabra termina por vencer al dolor y la angustia.
Frente al carácter íntimo, recogido, de ambas elegías, la Danza macabra nos enseña la faceta más social de la muerte, que no repara en dignidades y estados, pues no hay criatura humana, del labrador al papa, capaz de resistirse a su invitación al último baile, por más poderes y riquezas que haya ostentado en vida, tal sucede con el rey: «Rey fuerte, tirano, que siempre robaste / todo nuestro reino y llenasteis el arca; / de hacer justicia muy poco cuidaste, / según es notorio por vuestra comarca. / Venid para mí, que yo soy monarca / que prenderé a vos, y a otro más alto; / llegad a la danza, cortés, en un salto». Las imágenes y representaciones de la Danza debían servir de no poco consuelo y lección a las legiones de desheredados y harapientos que, al menos, tenían la oportunidad de comprobar cómo, en la última vuelta del camino, la Muerte a todos igualaba.
Los muertos que, desde hace días, figuran en los informes oficiales no disponen del consuelo de sus padres y, sobre todo –pues son muchos más los viejos fallecidos–, el de los hijos que los lloren. Sin duelo individual ni colectivo, se desvanecen en la soledad y el silencio más absolutos, sin la gracia de una última caricia, de una última mirada. Se nos ocultan sus nombres, salvo si son famosos, y solo constan como números en las estadísticas que gobernantes sin escrúpulos manipulan a su antojo. No hay liturgia que valga para ellos, ni duelo reparador. Esta tragedia cotidiana nuestra incumple, además, la regla más obligada de toda buena tragedia que se precie: la necesidad de una catarsis que sirva para limpiar las almas y hacernos mejores. Acaso, porque esta sociedad de posverdades, o sea, de mentiras, carece de sentimiento trágico y rehúye la suprema verdad de la muerte que nuestros antepasados del otoño medieval – también en esto, con Manrique, “cualquiera tiempo pasado fue mejor”– supieron afrontar y cantar con una dignidad y una nobleza que para nosotros quisiéramos.
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“No hay época que haya impreso a todo el mundo la imagen de la muerte con tan continuada insistencia como el siglo xv”. Son palabras de Johan Huizinga en El otoño de la Edad Media, un clásico de la historiografía cultural al que he vuelto en estos días en que la gran chingada –como la llaman en México– ha vuelto a ostentar su poder omnímodo por todos los rincones de la tierra. La España de aquel tiempo nos ofrece tres monumentos literarios de excepción en los cuales la Muerte es protagonista casi absoluta: las Coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique; La Celestina, de Fernando de Rojas, y la Danza de la Muerte, de autor desconocido. Son, a mi juicio, lecturas muy recomendables y hasta, como antes se decía, harto provechosas para los tiempos sombríos que corren, por más que una tendencia bastante generalizada a lo banal y lo frívolo se niegue a aceptar la dura realidad de los muertos que, día tras día, caen entre la indiferencia general, y prefiera ocultarla recurriendo a la evasión estólida de indecorosos programas televisivos.
En sus Coplas, Manrique ensalza la figura del padre amado en versos que, sobre el deseo de perpetuar su memoria, pretenden servir de alivio a quienes hayan pasado o hayan de pasar por el mismo trance. Por ello, el consciente colectivo –cada vez menos consciente por desgracia– ha sabido guardar su espíritu sentencioso: «nuestras vidas son los ríos / que van a dar en la mar, / que es el morir», «este mundo es el camino / para el otro, que es morada / sin pesar»; «¿qué se hicieron las damas, / sus tocados y vestidos, / sus olores?». Y la impresionante rúbrica final, mediante la cual la figura del caballero adquiere la inmortalidad que le da su existencia ejemplarmente llevada: «que aunque la vida perdió, / dejonos harto consuelo / su memoria».
En La Celestina se invierten las tornas, y es el padre quien se las ve en la penosa circunstancia de despedir y llorar a su hija Melibea. En su impresionante planto, Pleberio encadena innúmeros lamentos y preguntas sin respuesta, cuya mera enunciación actúa, sin embargo, de bálsamo para su corazón herido: «¡Oh duro corazón de padre!, ¿cómo no te quiebras de dolor, que ya quedas sin tu amada heredera? ¿Para quién edifiqué torres; para quién adquiría honras; para quién planté árboles; para quién fabriqué navíos? […] ¿Qué haré cuando entre en tu cámara y retraimiento y la halle sola? […] ¡Oh mi compañera buena y mi hija despedazada, ¿por qué no quisiste que estorbase tu muerte? ¿Por qué te mostraste tan cruel con tu viejo padre? […] ¿Por qué me dejaste penado? ¿Por qué me dejaste triste y solo in hac lachrimarum valle?». Larga es su lamentación, pero desprende tanta hermosura y serenidad que, como en el caso de Manrique, la belleza de la palabra termina por vencer al dolor y la angustia.
Frente al carácter íntimo, recogido, de ambas elegías, la Danza macabra nos enseña la faceta más social de la muerte, que no repara en dignidades y estados, pues no hay criatura humana, del labrador al papa, capaz de resistirse a su invitación al último baile, por más poderes y riquezas que haya ostentado en vida, tal sucede con el rey: «Rey fuerte, tirano, que siempre robaste / todo nuestro reino y llenasteis el arca; / de hacer justicia muy poco cuidaste, / según es notorio por vuestra comarca. / Venid para mí, que yo soy monarca / que prenderé a vos, y a otro más alto; / llegad a la danza, cortés, en un salto». Las imágenes y representaciones de la Danza debían servir de no poco consuelo y lección a las legiones de desheredados y harapientos que, al menos, tenían la oportunidad de comprobar cómo, en la última vuelta del camino, la Muerte a todos igualaba.
Los muertos que, desde hace días, figuran en los informes oficiales no disponen del consuelo de sus padres y, sobre todo –pues son muchos más los viejos fallecidos–, el de los hijos que los lloren. Sin duelo individual ni colectivo, se desvanecen en la soledad y el silencio más absolutos, sin la gracia de una última caricia, de una última mirada. Se nos ocultan sus nombres, salvo si son famosos, y solo constan como números en las estadísticas que gobernantes sin escrúpulos manipulan a su antojo. No hay liturgia que valga para ellos, ni duelo reparador. Esta tragedia cotidiana nuestra incumple, además, la regla más obligada de toda buena tragedia que se precie: la necesidad de una catarsis que sirva para limpiar las almas y hacernos mejores. Acaso, porque esta sociedad de posverdades, o sea, de mentiras, carece de sentimiento trágico y rehúye la suprema verdad de la muerte que nuestros antepasados del otoño medieval – también en esto, con Manrique, “cualquiera tiempo pasado fue mejor”– supieron afrontar y cantar con una dignidad y una nobleza que para nosotros quisiéramos.






