Utopías y distopías
![[Img #49165]](http://astorgaredaccion.com/upload/images/04_2020/7307_angael-12106691_870508403026698_8902903487519750553_n.jpg)
Recién puesto el mojón del primer mes de cuarentena hogareña, los ánimos transitan entre las esperanzas y las incertidumbres puestas en el final de trayecto que para todos supondrá el día después de la pesadilla. Quién mas, quien menos, perfila el futuro a la medida de sus esperanzas e incertidumbres. Me retrato a mí, y a la mayoría, agitando una coctelera con las medidas de utopías y distopías que hemos pergeñado en este confinamiento largo, tedioso, frustrante y añorante, verdadera prueba de fuego, incluso para las mentes más poderosas. Y como parece una mezcolanza de lo dulce y amargo, el brebaje tiende a agridulce.
La utopía y su antónimo porfían por imponerse en ese relato de lo que puede ser nuestra vida en ese mañana incierto, vistos los bandazos de este presente puertas afuera y puertas adentro. Se impone la idea de que todo será diferente a lo dejado atrás. Argumento poderoso, pues ningún gran acontecimiento de la humanidad -y éste, vaya si lo es- ha dejado sin cerrar el paréntesis de su precedente en la historia. Estamos en un nuevo amanecer y debe imperar, aunque sea por darle una oportunidad al optimismo, el criterio de que lo diferente no es traducción literal de lo malo. Seguro que para muchos, el que suscribe entre ellos, ha llegado la jubilación vital (casi compañera de la laboral), esa que nos saca de nuestro tiempo para colocarnos en el limbo de observadores pasivos de la nueva etapa que empieza a cabalgar. Seremos espectadores, no competidores. Es algo mucho más profundo que un relevo generacional.
La cordura nos dicta que cuando suene la campana del recreo, la salida al patio se hará con la parsimonia de la gradualidad. Se impone despejar de nuestro imaginario las escenas aventureras de un desembarco de piratas en las barraganerías de Isla Tortuga. Como al deshidratado, las dosis de la recuperación serán a pequeños sorbos, nunca a la ingesta descontrolada, muchas veces letal, del líquido. La paciencia reforzará su papel virtuoso de dominio de las situaciones. Pero ya partimos con el duro entrenamiento de nuestros encierros.
Sepamos ver en ese día la maravillosa quimera de una puerta, tanto tiempo cerrada, que se abre de par en par; una cotidianidad que, por lo textual del término, se convirtió en un mero acto reflejo carente de todo valor emocional. Por mis distopías en este territorio viaja algo de ese miedo que lleva toda libertad recuperada tras el shock de estos días que empiezan a contabilizarse en meses. Dicen psicólogos que muchos reos sienten una enorme turbación cuando dejan atrás el síndrome protector de los barrotes y se ponen bajo los cielos abiertos sin parapetos.
Me sublima la utopía del sufrimiento pasajero como forja de la madurez y del heroísmo. Martillea de continuo el proverbio hebreo, si no has llorado, siempre serás un niño, o el no menos bello refrán turco, por el amor de una rosa, el jardinero es servidor de mil espinas. Sabiduría popular que engrana milimétricamente con nuestros médicos, enfermeras, celadores, farmacéuticos (todo el personal sanitario sin excepciones), camioneros, transportistas, agricultores, ganaderos, cajeros, reponedores, tantos oficios implicados con su acepción masculina y femenina de sobresaliente igualdad. Me recrea pensar que ese ejemplo de padecimiento altruista y paciente servirá de motor para alumbrar una ciudadanía más justa, tolerante, reflexiva, y por qué no, rebelde, en pos de los grandes valores que atesoramos. Pero imposible eludir la otra mirada dolorosa de las víctimas que no verán lucir ese mañana porque se han quedado en el camino, la mayoría, por la injusta segregación de una edad al filo de lo imposible.
Los políticos vuelven a emerger en este país como la nota disonante, la distopía colectiva. No han estado a la altura del reto. Da lo mismo el papel de gobierno como de oposición. El uno, al que la mayoría ha concedido cheque en blanco de credibilidad, lo ha dilapidado en debates estériles que ni era el caso ni era el momento. Nuestra primera experiencia democrática de coalición ha reventado sus costuras por protagonismos personales, así como puestas en escena mediáticas a medida de sus ensoñaciones. La otra, solo ojo avizor al renuncio o yerro de cualquier miembro del Ejecutivo, calculando, codiciosa, posibles réditos electorales de futuro, solazándose en el cuanto peor, mejor. Envidia de otros países, alguno, muy cercano, mirado con supina idiocia, por encima del hombro, solo por creernos que la tenemos más larga.
Utopía única e intransferible para el día después: la vuelta a la calle y escuelas de los niños. La soledad tétrica y apocalíptica de nuestras rúas lo ha sido, por encima de todo, a causa de su ausencia. La tristeza de los parques vacíos, de los columpios quietos, sin la algarabía del empuje, será la foto más cruel de esta cruel distopía.
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Recién puesto el mojón del primer mes de cuarentena hogareña, los ánimos transitan entre las esperanzas y las incertidumbres puestas en el final de trayecto que para todos supondrá el día después de la pesadilla. Quién mas, quien menos, perfila el futuro a la medida de sus esperanzas e incertidumbres. Me retrato a mí, y a la mayoría, agitando una coctelera con las medidas de utopías y distopías que hemos pergeñado en este confinamiento largo, tedioso, frustrante y añorante, verdadera prueba de fuego, incluso para las mentes más poderosas. Y como parece una mezcolanza de lo dulce y amargo, el brebaje tiende a agridulce.
La utopía y su antónimo porfían por imponerse en ese relato de lo que puede ser nuestra vida en ese mañana incierto, vistos los bandazos de este presente puertas afuera y puertas adentro. Se impone la idea de que todo será diferente a lo dejado atrás. Argumento poderoso, pues ningún gran acontecimiento de la humanidad -y éste, vaya si lo es- ha dejado sin cerrar el paréntesis de su precedente en la historia. Estamos en un nuevo amanecer y debe imperar, aunque sea por darle una oportunidad al optimismo, el criterio de que lo diferente no es traducción literal de lo malo. Seguro que para muchos, el que suscribe entre ellos, ha llegado la jubilación vital (casi compañera de la laboral), esa que nos saca de nuestro tiempo para colocarnos en el limbo de observadores pasivos de la nueva etapa que empieza a cabalgar. Seremos espectadores, no competidores. Es algo mucho más profundo que un relevo generacional.
La cordura nos dicta que cuando suene la campana del recreo, la salida al patio se hará con la parsimonia de la gradualidad. Se impone despejar de nuestro imaginario las escenas aventureras de un desembarco de piratas en las barraganerías de Isla Tortuga. Como al deshidratado, las dosis de la recuperación serán a pequeños sorbos, nunca a la ingesta descontrolada, muchas veces letal, del líquido. La paciencia reforzará su papel virtuoso de dominio de las situaciones. Pero ya partimos con el duro entrenamiento de nuestros encierros.
Sepamos ver en ese día la maravillosa quimera de una puerta, tanto tiempo cerrada, que se abre de par en par; una cotidianidad que, por lo textual del término, se convirtió en un mero acto reflejo carente de todo valor emocional. Por mis distopías en este territorio viaja algo de ese miedo que lleva toda libertad recuperada tras el shock de estos días que empiezan a contabilizarse en meses. Dicen psicólogos que muchos reos sienten una enorme turbación cuando dejan atrás el síndrome protector de los barrotes y se ponen bajo los cielos abiertos sin parapetos.
Me sublima la utopía del sufrimiento pasajero como forja de la madurez y del heroísmo. Martillea de continuo el proverbio hebreo, si no has llorado, siempre serás un niño, o el no menos bello refrán turco, por el amor de una rosa, el jardinero es servidor de mil espinas. Sabiduría popular que engrana milimétricamente con nuestros médicos, enfermeras, celadores, farmacéuticos (todo el personal sanitario sin excepciones), camioneros, transportistas, agricultores, ganaderos, cajeros, reponedores, tantos oficios implicados con su acepción masculina y femenina de sobresaliente igualdad. Me recrea pensar que ese ejemplo de padecimiento altruista y paciente servirá de motor para alumbrar una ciudadanía más justa, tolerante, reflexiva, y por qué no, rebelde, en pos de los grandes valores que atesoramos. Pero imposible eludir la otra mirada dolorosa de las víctimas que no verán lucir ese mañana porque se han quedado en el camino, la mayoría, por la injusta segregación de una edad al filo de lo imposible.
Los políticos vuelven a emerger en este país como la nota disonante, la distopía colectiva. No han estado a la altura del reto. Da lo mismo el papel de gobierno como de oposición. El uno, al que la mayoría ha concedido cheque en blanco de credibilidad, lo ha dilapidado en debates estériles que ni era el caso ni era el momento. Nuestra primera experiencia democrática de coalición ha reventado sus costuras por protagonismos personales, así como puestas en escena mediáticas a medida de sus ensoñaciones. La otra, solo ojo avizor al renuncio o yerro de cualquier miembro del Ejecutivo, calculando, codiciosa, posibles réditos electorales de futuro, solazándose en el cuanto peor, mejor. Envidia de otros países, alguno, muy cercano, mirado con supina idiocia, por encima del hombro, solo por creernos que la tenemos más larga.
Utopía única e intransferible para el día después: la vuelta a la calle y escuelas de los niños. La soledad tétrica y apocalíptica de nuestras rúas lo ha sido, por encima de todo, a causa de su ausencia. La tristeza de los parques vacíos, de los columpios quietos, sin la algarabía del empuje, será la foto más cruel de esta cruel distopía.






