Madridgrado
Dos meses de asueto en Astorga, nueve semanas, sesenta y tres días, mil quinientas horas, registros propios de los tiempos y ritmos escolares de hace décadas, de cuando la llamada a las aulas era propia de un otoño asentado, porque entonces no se podía ofender al estío con la vuelta al cole. Las vacaciones eran, eso, de verano, sin medias tintas ni yuxtaposiciones estacionales.
Uno ya está en el Madrid sobrecogido por las estadísticas de la pandemia. Nada más poner pie se ha articulado el confinamiento de distintas zonas y, en consecutivo acto reflejo, las autoridades locales hablan ya de extensión de medidas de protección similares o potenciadas, a toda la ciudad, y quien sabe, si a la comunidad al completo. Desde el gran templo de su poder, los sumos sacerdotes acaban de presagiar el retorno a semanas muy duras. El gran cabrón no ha respetado ni el código, siquiera oral, de amnistiar de calamidades el verano, y que sea el otoño quien peche con el clásico sambenito de las calenturas sociales. Llevaba prisa en su malignidad, acelerada por las buenas dosis de idiocia de los no pocos palmeros de la sinrazón.
En este símbolo de modernidad radical que es la llamada guerra por otros medios, la tradición se nos cuela con batallas no dirimidas a sangre y fuego, sino en las distintas formas que adoptan la angustia y el miedo colectivos asociados al lado oscuro de las nuevas tecnologías y a la amenaza epidémica. Madrid, en la fase anterior, la del inicio de las hostilidades, la de la primavera robada, la de calles fantasmales, la del tétrico silencio, se erigió en el emblema de la ferocidad del atacante y de la puesta a prueba en la resistencia del atacado en los nuevos estilos de conflagración. Un protagonismo trágico como el que envolvió a Stalingrado en la tópica leyenda guerrera de hasta dónde puede llegar la capacidad de aguante del ser humano.
Madrid es hoy Madridgrado. La ciudad que llevaba sin escalas al cielo mudó, allá por el mes de marzo, a teatro de barricadas y trincheras, no al bélico modo, sino a esa moderna sutilidad figurada en una infantería o tropa de choque de sanitarios, una artillería de quirófanos, unas soflamas y caceroladas populares de balcón y la cruel ironía de un centro de ocio convertido en morgue. Para que no faltara un toque de guerra clásica se montaron hospitales de campaña.
La nueva cara de Madridgrado está hoy en la ambivalencia dueña de esta época. La segunda oleada del coronavirus esboza una desigualdad social que no borra, más bien acrecienta, el clasismo en los conflictos de viejo y nuevo cuño. Las legiones invisibles del bicho han tomado posiciones en las barriadas del extrarradio, lugares de acogida de una población ajena al sistema, conformada por migrantes y desclasados, mientras en las zonas de las clases poderosas, el confort y los espacios amplios se revelan como el mejor armamento contra el invasor. Riqueza material y casta social establecen una línea fronteriza que se perpetúa en este siglo hasta ahora salpicado de zozobras.
Madrid (o Madridgrado) se posiciona como un emblema internacional de ofensiva y resistencia como lo fue Stalingrado en la Segunda Guerra Mundial. Es una de las grandes urbes mundiales más castigada por la pandemia. El estado mayor del virus parece enfocarla como punto de vital estrategia en los ataques de acceso a nuevas conquistas. El habitante de esta ciudad siente en sus entrañas la angustia de los nuevos encierros o confinamientos como macabra metáfora de las asfixiantes trincheras. Madrid (o Madridgrado) se acompaña en este triste destino de una especie de testimonio para España y Europa en forma de parapeto ante el enemigo. Los que aquí vivimos arrastramos la doble percepción de la admiración y del odio desde las afueras. Somos el espejo del triunfo o del fracaso en las tácticas perfiladas por los estados mayores. Somos también la imagen de la plaga que toda la periferia quiere lejos de sus dominios. Somos el icono ingrato del adocenamiento en forma de alta densidad de población, pero también la muchedumbre esperada por multitud de economías locales para salvar una temporada turística. Somos héroes y villanos en permanente coyuntura.
Madrid (o Madridgrado) es villa y corte familiarizada con el conflicto bélico. Ocupa lugares de honor en los manuales de historia como lugar heroico en mayo de 1808 y en noviembre de 1936. Dos fechas calibradas más en clave de resistencia que de triunfo, aunque éste terminó llegando en la paciencia del largo plazo. Lo dijo Camilo José Cela: resistir es vencer. Si lo sabrá Madrid, ahora, pero no por ni para siempre, Madridgrado.
Dos meses de asueto en Astorga, nueve semanas, sesenta y tres días, mil quinientas horas, registros propios de los tiempos y ritmos escolares de hace décadas, de cuando la llamada a las aulas era propia de un otoño asentado, porque entonces no se podía ofender al estío con la vuelta al cole. Las vacaciones eran, eso, de verano, sin medias tintas ni yuxtaposiciones estacionales.
Uno ya está en el Madrid sobrecogido por las estadísticas de la pandemia. Nada más poner pie se ha articulado el confinamiento de distintas zonas y, en consecutivo acto reflejo, las autoridades locales hablan ya de extensión de medidas de protección similares o potenciadas, a toda la ciudad, y quien sabe, si a la comunidad al completo. Desde el gran templo de su poder, los sumos sacerdotes acaban de presagiar el retorno a semanas muy duras. El gran cabrón no ha respetado ni el código, siquiera oral, de amnistiar de calamidades el verano, y que sea el otoño quien peche con el clásico sambenito de las calenturas sociales. Llevaba prisa en su malignidad, acelerada por las buenas dosis de idiocia de los no pocos palmeros de la sinrazón.
En este símbolo de modernidad radical que es la llamada guerra por otros medios, la tradición se nos cuela con batallas no dirimidas a sangre y fuego, sino en las distintas formas que adoptan la angustia y el miedo colectivos asociados al lado oscuro de las nuevas tecnologías y a la amenaza epidémica. Madrid, en la fase anterior, la del inicio de las hostilidades, la de la primavera robada, la de calles fantasmales, la del tétrico silencio, se erigió en el emblema de la ferocidad del atacante y de la puesta a prueba en la resistencia del atacado en los nuevos estilos de conflagración. Un protagonismo trágico como el que envolvió a Stalingrado en la tópica leyenda guerrera de hasta dónde puede llegar la capacidad de aguante del ser humano.
Madrid es hoy Madridgrado. La ciudad que llevaba sin escalas al cielo mudó, allá por el mes de marzo, a teatro de barricadas y trincheras, no al bélico modo, sino a esa moderna sutilidad figurada en una infantería o tropa de choque de sanitarios, una artillería de quirófanos, unas soflamas y caceroladas populares de balcón y la cruel ironía de un centro de ocio convertido en morgue. Para que no faltara un toque de guerra clásica se montaron hospitales de campaña.
La nueva cara de Madridgrado está hoy en la ambivalencia dueña de esta época. La segunda oleada del coronavirus esboza una desigualdad social que no borra, más bien acrecienta, el clasismo en los conflictos de viejo y nuevo cuño. Las legiones invisibles del bicho han tomado posiciones en las barriadas del extrarradio, lugares de acogida de una población ajena al sistema, conformada por migrantes y desclasados, mientras en las zonas de las clases poderosas, el confort y los espacios amplios se revelan como el mejor armamento contra el invasor. Riqueza material y casta social establecen una línea fronteriza que se perpetúa en este siglo hasta ahora salpicado de zozobras.
Madrid (o Madridgrado) se posiciona como un emblema internacional de ofensiva y resistencia como lo fue Stalingrado en la Segunda Guerra Mundial. Es una de las grandes urbes mundiales más castigada por la pandemia. El estado mayor del virus parece enfocarla como punto de vital estrategia en los ataques de acceso a nuevas conquistas. El habitante de esta ciudad siente en sus entrañas la angustia de los nuevos encierros o confinamientos como macabra metáfora de las asfixiantes trincheras. Madrid (o Madridgrado) se acompaña en este triste destino de una especie de testimonio para España y Europa en forma de parapeto ante el enemigo. Los que aquí vivimos arrastramos la doble percepción de la admiración y del odio desde las afueras. Somos el espejo del triunfo o del fracaso en las tácticas perfiladas por los estados mayores. Somos también la imagen de la plaga que toda la periferia quiere lejos de sus dominios. Somos el icono ingrato del adocenamiento en forma de alta densidad de población, pero también la muchedumbre esperada por multitud de economías locales para salvar una temporada turística. Somos héroes y villanos en permanente coyuntura.
Madrid (o Madridgrado) es villa y corte familiarizada con el conflicto bélico. Ocupa lugares de honor en los manuales de historia como lugar heroico en mayo de 1808 y en noviembre de 1936. Dos fechas calibradas más en clave de resistencia que de triunfo, aunque éste terminó llegando en la paciencia del largo plazo. Lo dijo Camilo José Cela: resistir es vencer. Si lo sabrá Madrid, ahora, pero no por ni para siempre, Madridgrado.






