Sol Gómez Arteaga
Sábado, 26 de Diciembre de 2020

Veinte veinte

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Cuando mi apreciada editora y amiga Cristina Pimentel se enteró de que mi padre nos había dejado la madrugada del uno de febrero de este aciago año 2020, le costó asimilarlo pues estaba convencida de que “Quien pasa el mes de enero pasa el año entero”.

    

Lo que nadie sabíamos, lo que no podíamos imaginar ni por asomo, es que un mes más tarde el cielo dejaría de ser protector y se convertiría en un toldo lleno de nubarrones, habida cuenta de que las muertes (por covid y no covid) se sucederían una detrás de otra sin tregua, sin descanso, sin piedad, haciendo de este año el peor de nuestras vidas. Año bisiesto año siniestro, señala también el refrán refranero y en este caso, como si estuviéramos inmersos en una plaga bíblica, el dicho se cumplió con creces, poniéndonos frente a la parca Átropos, diosa hilandera que en el acto de cortar el hilo de la vida de los hombres nos muestra lo inconsistentes y frágiles y poca cosa que somos.

 

Nunca vi un año de muertes igual, diría mi madre hace unos días, y doy fe de que en los ochenta y seis años que tiene, ha visto muchas cosas.    

 

Mi padre, Antidio Gómez Carriedo, pero también Aitor Recio Ramírez y Pilar, la esposa de José Jaime Melendo Granados, e Ignacio, el padre de Isabel, enfermera y amiga de la familia, y la madre de Antidio y Jesús Valbuena Gil, y mi entrañable compañero de equinoccio paralelo y virtual Ricardo Weinmann, y el paciente conocido por Cristian, aunque su nombre era otro, y Salvador Porqueras Moreno, y Raúl F. Catón Abril, apodado ‘Torba’, y mi escritor fetiche Juan Marsé, y mi cantante fetiche Luis Eduardo Aute, y Justiniana Vallinas, madre de mi compañero de candidatura Pedro Ríos, y el genial dibujante Quino, y Pedro Reinares, padre de la directora del Astorga-Redacción Toñi Reinares, y la jovencísima Victoria Rivera Arteaga, y la entrañable Martina Vallinas Álvarez, y mi suegro Bautista Paramio Jano, y el hermano de mi compañera Liliana Sánchez, y la vecina y paisana Paula Valencia González, y la señora Mariana ‘la Molinera’, de más de cien años, y Mari la de la Nines, que paseaba con mi madre, y Sinforiano Vázquez Prieto, padre de María Vázquez, integrante de Mil9_colectivo literario, son nombres de fallecidos que hacen que este año quede grabado con huella indeleble.

 

Año que marca y manca. Año de muchas penas y pocas glorias, aunque algunas sí hubo: que Martín, el protagonista de mi novela, volara junto a los lectores; superar el covid; que los represaliados de la guerra civil en Astorga tengan por fin una placa y se les pueda nombrar; retomar, tras un lustro, clases en taller de escritura; que Trump perdiera las elecciones; que el disco-libro ‘Me sobra el corazón’ de la cantautora y amiga Isamil9 consiguiera el accésit al libro leonés del 2019, son algunos logros en los que la vida, como muy bien señaló mi querida aNa al comienzo del mismo, va entreverada con la muerte.

 

El libro ‘La muerte y el pato’ del autor Wolf Erlbruch me atravesó también. “Cuando yo muera”, dice el pato, “el estanque quedará desierto, sin mí”. Y eso es justo morir, dejar de existir en un estanque que permanecerá aunque nosotros no lo veamos.

 

El veinte veinte sin nada o casi nada que celebrar y con un balance nefasto no ha pasado de puntillas para casi nadie. Año de confinamiento, de mascarillas, de hidrogel, de noticias  catastróficas, de caos, de distancia social, de uso de nuevas tecnologías (zoom, Skype, teams) a las que rápidamente nos hemos tenido que adaptar para garantizan esa distancia social, de precariedad laboral, económica , sanitaria, de miedo, de mucho miedo, de espera…

 

“¿Podremos bailar?”, pregunta Carla con esa voz que sale del pozo de la perplejidad en un tiempo fracturado. “¿Y tocarnos? ¿Podremos volver a tocarnos?”.

 

“Estoy deseando que llegue ya el dos o el cuatro, el día es igual”, dice la cantautora Isamil9, “no porque vayan a cambiar las cosas que pueda ocurrir que sigan igual, pero al menos ya habremos salido de este año”.

 

Habremos salido de este año, sí, porque aunque el tiempo es una convención social, pareciera que el veintiuno es ruptura y desahogo y aire fresco, tan necesario.

 

Acaso por eso mi sobrina Lucía, que nunca toma las doce uvas, en esta ocasión sí lo hará, no para celebrar el año que entra sino que éste en el que todavía estamos inmersos, al fin, por fin, toca a su fin. Qué ganas. Me sumo a su plan.

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