Contexto global
Reencuentro
Inés Abellaneda
![[Img #10211]](upload/img/periodico/img_10211.jpg)
Estaban sentados en la terraza. Se habían encontrado apenas nada, unos minutos, ahí, en la plaza. Ella regresaba a casa. Venía del campo, de caminar, de recorrer senderos, de trasponer pequeñas lomas. Por fin se había decidido; pero fue necesario que se lo prescribiera el médico: “Tienes que salir a caminar, te vendrá bien”. Y era verdad, le estaba viniendo bien: había adelgazado, y se sentía menos cansada, con más energía.
Él había salido a pasear, a disfrutar de esta última hora de la tarde. Eso era lo que le había dicho a ella, pero no era verdad. Había salido, impelido por un poderoso impulso, a encontrar algo, a encontrarse, a encontrarla a ella, quizá. Después de tantos años, diez, puede que más, había vuelto. Ciertamente, lo había traído una necesidad, pero también el deseo, ese mismo impulso que acababa de echarlo del hotel y que le obligaba a recorrer parsimonioso estas calles.
La casualidad había hecho que se tropezaran: cosa del destino. Él la vio primero. Entraba en la plaza, por el otro extremo, sorteando a un grupo de chicos que corrían, frenéticos, atropellándose, detrás de un balón. Venía despacio, cansada, absorta en sus pensamientos. La reconoció enseguida. ¡Cómo olvidarla! Vestía ropa deportiva y traía el pelo corto, casi tanto como cuando la conoció, y los hombros desnudos, al aire. Sin duda, no aparentaba la edad que tenía. Ya pasaba de largo, cuando la llamó por su nombre. Al escuchar su voz, volvió la cabeza, y luego se detuvo. Él se acercó a ella. Se quedaron enfrente el uno del otro, extrañados los dos, sin saber qué decirse, qué hacer. En ese momento, a él le hubiera gustado ver sus ojos, pero las gafas de sol no le dejaron. La invitó a sentarse en la terraza y tomar algo, y ella, confusa, accedió, sin entender del todo lo que estaba haciendo, lo que le estaba pasando.
¿Cómo te va la vida?, le preguntó el. Y ella, ligeramente azorada, temblándole un poco la voz, comenzó a hablarle, y mientras le hablaba, bien por el calor, o por la fatiga, o por su presencia, se le encendieron las mejillas, y a él aún le parecieron dos pétalos de rosa, de esa primera rosa que había visto esta mañana en el jardín del hotel. Le hablaba despacio, trabajosamente, como si le fuera a doler cada palabra. En ningún momento mencionó a los niños, ahora ya adultos, porque sabía que él estaba al corriente de todo, tanto como ella. Nada tenía que reprocharle como padre, siempre había cumplido con sus obligaciones: jamás dejó de pasarle la pensión, ni siquiera hubo un retraso; más aún, a veces le llegaba más de lo acordado. Le habló del trabajo, de los últimos sinsabores; de su salud, que recientemente le había dado algún susto; de sus padres, ya muy ancianos, a punto de irse; y de otros hombres, de otros. Entretanto, él veía que, después de todos estos años, en el fondo no era tan distinta ni tan otra de aquella que había conocido. Acaso menos impulsiva, más cautelosa. No, no era tan diferente, aunque algunos de sus cabellos se habían vuelto blancos y en la cara, cerca de los labios, se le vieran ya pequeñas arrugas, como consecuencia del paso del tiempo y de los golpes de la vida. Pero nada más. Todavía estaba guapa, deseable.
![[Img #10212]](upload/img/periodico/img_10212.jpg)
Al acercarse el camarero para preguntar lo que iban a tomar, ella se fue callando, y el silencio se fue interponiendo entre los dos.
El sol, que debía de estar agonizando sobre la línea del horizonte, dejaba reflejos anaranjados en los cristales de las galerías. En el cielo estaba pintada la luna, redonda, blanca, como de plata. Sobre la plaza, bullían los vencejos, parecía que todos los de la ciudad se hubieran congregado ahí en ese momento para rasgar el aire, haciendo acrobacias increíbles. Sus chillidos, agudos, se mezclaban con los gritos, las voces y las risas locas y felices de los niños que jugaban.
No tardó en llegar el camarero con las consumiciones.
Y ¿tú? ¿Qué es lo que te ha traído por aquí?, interrogó ella, después de darle un sorbo a la cerveza. Se quedó, él, pensativo, con el vaso de agua entre las manos, mirando cómo jugaban los niños. Cuántas veces había ensayado la respuesta a esta pregunta, y, sin embargo, ahora, que había llegado el momento, no sabía responder. No encontraba las palabras adecuadas, las justas. También estaba nervioso, y se sentía inseguro. Mientras se decidía, ella lo observaba, lo estudiaba, y por un momento se le pasó por la cabeza que estuviera urdiendo algún engaño. Por ti, por ti he vuelto yo, respondió finalmente, cargándose de valor, arriesgándolo todo, y una corriente de frío le traspasó a ella todo el cuerpo, de arriba abajo, hasta que por una mueca de su cara, que casi ya había olvidado, supo que se trataba de una broma, y entonces el miedo que había tenido le hizo gracia y su boca se volvió risa. Riéndose, se desprendió de las gafas de sol, y fue entonces cuando él se vio en el fondo de sus ojos.
Después de reírse, él comenzó, ya en serio, a contarle su vida durante todos estos años que habían estado sin verse, casi sin saber nada el uno del otro. Le contó lo inesperado de su beca y su partida precipitada para el extranjero; lo que le había costado hacerse a otro país, a otros modos de ver la vida, a otras costumbres; lo que echaba de menos todo esto, sobre todo a los niños, al niño mayor, que sabía que se daba cuenta de todo y que sufría, y él no podía estar a su lado para explicarle bien las cosas, para abrazarlo y consolarlo. También a ti, te eché de menos, le dijo, saliéndole de dentro, sin poder impedirlo, sorprendiéndose a sí mismo, y ella, que tampoco se lo esperaba, se ruborizó, igual que una adolescente. Entonces, lanzado, le habló –porque qué más daba ya– de la soledad que había padecido al principio, el primer año: apenas salía, de casa al trabajo y del trabajo a casa, solo eso, y los fines de semana, simplemente no salía, se los pasaba delante de la televisión o del ordenador. Y, luego, no pudiendo menos, le dijo lo de su padre, que al poco de estar fuera se había ido, y que le costó mucho aceptarlo, que todavía hoy no había día que no lo recordara. Pero también le contó que a medida que iba manejándose con el idioma, fue conociendo gente, quedando con unos y con otros, y que, entonces, su vida empezó a ir mucho mejor; que se podría decir que llegó a ser feliz, razonablemente feliz, sobre todo aquel verano que, gracias a su autorización, los niños se fueron con él: tenía tanto miedo de que no quisieran venir, que, cuando los vio en el aeropuerto, se emocionó, a punto de llorar. Y es que todo se supera, aunque hay cosas que permanecen en uno por toda la vida, que no se van jamás, y por más que lo intentas nunca logras desprenderte de ellas, de tan adheridas como están a ti, sentenció, con la voz muriéndose, casi inaudible.
![[Img #10210]](upload/img/periodico/img_10210.jpg)
La noche se había echado encima, y, cuando se dieron cuenta, estaban solos, sin nadie a su alrededor. La gente poco a poco se había ido, mañana aún era día de trabajo, y la plaza se había quedado vacía, sin niños, silenciosa, como triste. Él se levantó para pagar, y ella también lo vio todavía aceptable. No había echado barriga, ni papada. Estaba delgado, atlético, como siempre. Se notaba que seguía haciendo deporte. Aunque su cara estaba ajada, con muchas arrugas en la frente, debajo de los ojos y junto a la boca. Parecía que con él, el tiempo, la vida, había sido más implacable.
Cuando regresó, le pidió a ella que le dejara acompañarla a casa. Ella no dijo que sí, pero tampoco se opuso. Era una noche cálida, perfumada, propicia para pasear. El cielo se veía encendido de estrellas, y la luna se había tornado amarilla, medio naranja. Caminaban el uno al lado del otro, despacio, sin prisa, como si no fueran a ninguna parte. A veces los dorsos de sus manos se rozaban, parecía que los dedos se estuvieran buscando, que quisieran entrelazarse. Por momentos hablaban, por momentos se quedaban callados, reflexivos. Llegaron al parque y al pasar junto a los rosales, él, cerrando los ojos, aspiró el aroma de las rosas, que le trajo alegres y confusos recuerdos de cuando era niño. Y se acercaron a la fuente, y, para refrescarse, hundieron las manos en el agua del pilón. Con los dedos él jugaba con el chorro de plata, cortándolo una y otra vez. Ella, mientras lo observaba, se preguntó si aún él recordaría que fue ahí, al lado de esta misma fuente, donde se dieron el primer beso –hace ya tanto tiempo– otra noche como esta, también cálida y serena. De pronto, sin esperarlo, con el hueco de la mano él le lanzó el agua del chorro, lo mismo que aquella noche, y, como aquella noche, ella también se asustó y salió corriendo, alborotada, entre gritos y risas. Dejaron el parque y, descendiendo por la escalinata, revestida de hiedra, cayeron a la avenida, que tomaron ya directos hacia casa.
Ascendiendo por la avenida, aminoraron todavía más el paso, como si no quisieran llegar nunca. Mientras él miraba las copas oscuras de los árboles que la flanqueaban, y las recordaba cubiertas de flores malvas, las primeras flores que se veían en la ciudad después del invierno, ella iba pensando si decírselo o no. Decirle lo de su amigo; el amigo de siempre, desde los primeros días del colegio. Se lo dijo. Le dijo que hacía tres años, después del verano, había enfermado, y que, tras varios ingresos en el hospital, para Navidad la enfermedad ya se lo había llevado; que fue todo tan rápido, y tan duro. Siempre me preguntó por ti, incluso la última vez que lo visité en el hospital, dos días antes de morir, ya muy ‘malín’, apostilló, y luego se quedó callada, con la cabeza baja y los ojos en el suelo, sin atreverse a mirarlo, a verlo llorar. Al escuchar esa noticia, el mismo dolor extraño, que cuando le dijeron lo de su padre, lo sobrecogió, y, como entonces, también sintió que se ahogaba, que le faltaba el aire, y lloró. Lloró porque se había muerto su amigo, porque se había ido sin decirle nada, porque nunca lo había llamado, porque mañana no podría pasar por su casa para verlo y pedirle perdón, como tenía pensado.
![[Img #10213]](upload/img/periodico/img_10213.jpg)
Llegaron a la puerta del edificio, ella sacó las llaves y la abrió. Él se quedó quieto, con los hombros encogidos y las manos en los bolsillos, sin saber qué hacer. Ella, entonces, volvió la cabeza y con los ojos lo invitó a pasar. En el ascensor, tan cerca el uno del otro, después de tanto tiempo, se sintieron extraños, confundidos, como si todo fuera nuevo, como si fuera la primera vez. Al entrar en casa, notó que no olía igual que entonces, y que en el vestíbulo había otros cuadros y otra lámpara. En la mesa del salón, donde tenían las fotos de los niños y el plato de cerámica con la vela, a veces encendida, donde ella dejaba, de manera descuidada, las cartas del banco, o algún libro, ahora solo había, bien centrado, un jarrón de cristal con rosas blancas, frescas, sin pétalos caídos alrededor. Avanzaron por el pasillo, y ella, delante, encendió la luz del estudio y entró para cerrar el ordenador y cortar la corriente. Desde la puerta, vio la estantería vacía, tal como la había dejado, y en una de las baldas, solo, colocado cuidadosamente, el libro que tanto había buscado y que nunca encontró. De él sobresalía, apenas, un marcapáginas, y supuso que alguien –quizá ella, quizá otra persona– lo estuviera leyendo, o ya lo hubiera leído. Ese libro que sabía que en sus páginas se guardaba una hermosa y triste historia de amor, y que hasta los nombres de sus personajes aún podía recordar.
Después alcanzaron el dormitorio, y otra vez él se quedó parado, indeciso, y otra vez ella tuvo que girarse y mandarle pasar: lo tomó de la mano, y, tirando levemente, con ternura, lo metió dentro, en la oscuridad. A tientas, ella descorrió las cortinas y abrió una hoja de la ventana, y la luz blanca de la luna entró en la habitación, iluminando vagamente los objetos: el galán, el espejo, el cuerpo de él, sentado en la cama, medio encogido, inmóvil. En la mesilla, la foto de su hijo mayor, de cuando era niño, había sido reemplazada por la foto de una niña que no conocía, que jamás había visto, y en el armario, imaginó que no estaría su ropa, que estaría la ropa de otro hombre, una ropa seguramente más elegante que la suya. Cuando, semidesnudo, se tumbó en la cama, ella ya estaba recostada, también semidesnuda. Cada uno en el sitio de siempre, como si entre ellos nada hubiera ocurrido y todo siguiera igual. Entonces, la memoria, la de ambos, se pobló de recuerdos, recuerdos que entre los dos fueron contando, y que, al contarlos, las palabras, al amparo de la penumbra, los iban dotando de realidad, y no tardaron en verse con los niños, jugando en el salón, corriendo por el parque, ayudándolos con los deberes, llevándolos al colegio…, y también se vieron a ellos solos, de la mano por la calle, susurrándose en esta misma habitación como ahora se estaban susurrando. Así, hablando, recordando, estuvieron hasta el amanecer, igual que Ulises y Penélope, aquella primera noche que pasaron juntos en el tálamo, después de haber estado más de veinte años separados, sin verse, sin hablarse, sin amarse. Cuánto le hubiera gustado a él esa noche haberle contado a ella cómo se despidieron Ulises y la ninfa Calipso. Contarle que Calipso, cuando descubrió que Ulises, después de vivir con ella diez años, ya no la deseaba y que su único afán era recuperar su vida mortal, le dijo: “¿Tan unido te sientes a Penélope, que la prefieres a mí? ¿Es que acaso te parece más hermosa?” Y contarle lo que le respondió Ulises: “Oh, no; claro que no, tú eres una diosa, tú eres más hermosa, más grande y más maravillosa que Penélope; lo sé perfectamente. Pero Penélope es Penélope, Penélope es mi esposa, es mi vida”. Pero no se atrevió, demasiado verdadero para ser creído, para no parecer otro engaño.
Con las primeras luces del Alba, los recuerdos perdieron la realidad y se volvieron niebla, lo que de verdad eran, y ellos, vencidos por el sueño y las emociones, se quedaron dormidos, como se quedan dormidos los amantes, como debieron quedarse Ulises y Penélope: ella recostada sobre él, con la cabeza desmayada sobre su pecho, y él, con los dedos de la mano hundidos en el pelo de ella.
En Astorga, a 27 de mayo de 2014.
Inés Abellaneda
![[Img #10211]](upload/img/periodico/img_10211.jpg)
Estaban sentados en la terraza. Se habían encontrado apenas nada, unos minutos, ahí, en la plaza. Ella regresaba a casa. Venía del campo, de caminar, de recorrer senderos, de trasponer pequeñas lomas. Por fin se había decidido; pero fue necesario que se lo prescribiera el médico: “Tienes que salir a caminar, te vendrá bien”. Y era verdad, le estaba viniendo bien: había adelgazado, y se sentía menos cansada, con más energía.
Él había salido a pasear, a disfrutar de esta última hora de la tarde. Eso era lo que le había dicho a ella, pero no era verdad. Había salido, impelido por un poderoso impulso, a encontrar algo, a encontrarse, a encontrarla a ella, quizá. Después de tantos años, diez, puede que más, había vuelto. Ciertamente, lo había traído una necesidad, pero también el deseo, ese mismo impulso que acababa de echarlo del hotel y que le obligaba a recorrer parsimonioso estas calles.
La casualidad había hecho que se tropezaran: cosa del destino. Él la vio primero. Entraba en la plaza, por el otro extremo, sorteando a un grupo de chicos que corrían, frenéticos, atropellándose, detrás de un balón. Venía despacio, cansada, absorta en sus pensamientos. La reconoció enseguida. ¡Cómo olvidarla! Vestía ropa deportiva y traía el pelo corto, casi tanto como cuando la conoció, y los hombros desnudos, al aire. Sin duda, no aparentaba la edad que tenía. Ya pasaba de largo, cuando la llamó por su nombre. Al escuchar su voz, volvió la cabeza, y luego se detuvo. Él se acercó a ella. Se quedaron enfrente el uno del otro, extrañados los dos, sin saber qué decirse, qué hacer. En ese momento, a él le hubiera gustado ver sus ojos, pero las gafas de sol no le dejaron. La invitó a sentarse en la terraza y tomar algo, y ella, confusa, accedió, sin entender del todo lo que estaba haciendo, lo que le estaba pasando.
¿Cómo te va la vida?, le preguntó el. Y ella, ligeramente azorada, temblándole un poco la voz, comenzó a hablarle, y mientras le hablaba, bien por el calor, o por la fatiga, o por su presencia, se le encendieron las mejillas, y a él aún le parecieron dos pétalos de rosa, de esa primera rosa que había visto esta mañana en el jardín del hotel. Le hablaba despacio, trabajosamente, como si le fuera a doler cada palabra. En ningún momento mencionó a los niños, ahora ya adultos, porque sabía que él estaba al corriente de todo, tanto como ella. Nada tenía que reprocharle como padre, siempre había cumplido con sus obligaciones: jamás dejó de pasarle la pensión, ni siquiera hubo un retraso; más aún, a veces le llegaba más de lo acordado. Le habló del trabajo, de los últimos sinsabores; de su salud, que recientemente le había dado algún susto; de sus padres, ya muy ancianos, a punto de irse; y de otros hombres, de otros. Entretanto, él veía que, después de todos estos años, en el fondo no era tan distinta ni tan otra de aquella que había conocido. Acaso menos impulsiva, más cautelosa. No, no era tan diferente, aunque algunos de sus cabellos se habían vuelto blancos y en la cara, cerca de los labios, se le vieran ya pequeñas arrugas, como consecuencia del paso del tiempo y de los golpes de la vida. Pero nada más. Todavía estaba guapa, deseable.
![[Img #10212]](upload/img/periodico/img_10212.jpg)
Al acercarse el camarero para preguntar lo que iban a tomar, ella se fue callando, y el silencio se fue interponiendo entre los dos.
El sol, que debía de estar agonizando sobre la línea del horizonte, dejaba reflejos anaranjados en los cristales de las galerías. En el cielo estaba pintada la luna, redonda, blanca, como de plata. Sobre la plaza, bullían los vencejos, parecía que todos los de la ciudad se hubieran congregado ahí en ese momento para rasgar el aire, haciendo acrobacias increíbles. Sus chillidos, agudos, se mezclaban con los gritos, las voces y las risas locas y felices de los niños que jugaban.
No tardó en llegar el camarero con las consumiciones.
Y ¿tú? ¿Qué es lo que te ha traído por aquí?, interrogó ella, después de darle un sorbo a la cerveza. Se quedó, él, pensativo, con el vaso de agua entre las manos, mirando cómo jugaban los niños. Cuántas veces había ensayado la respuesta a esta pregunta, y, sin embargo, ahora, que había llegado el momento, no sabía responder. No encontraba las palabras adecuadas, las justas. También estaba nervioso, y se sentía inseguro. Mientras se decidía, ella lo observaba, lo estudiaba, y por un momento se le pasó por la cabeza que estuviera urdiendo algún engaño. Por ti, por ti he vuelto yo, respondió finalmente, cargándose de valor, arriesgándolo todo, y una corriente de frío le traspasó a ella todo el cuerpo, de arriba abajo, hasta que por una mueca de su cara, que casi ya había olvidado, supo que se trataba de una broma, y entonces el miedo que había tenido le hizo gracia y su boca se volvió risa. Riéndose, se desprendió de las gafas de sol, y fue entonces cuando él se vio en el fondo de sus ojos.
Después de reírse, él comenzó, ya en serio, a contarle su vida durante todos estos años que habían estado sin verse, casi sin saber nada el uno del otro. Le contó lo inesperado de su beca y su partida precipitada para el extranjero; lo que le había costado hacerse a otro país, a otros modos de ver la vida, a otras costumbres; lo que echaba de menos todo esto, sobre todo a los niños, al niño mayor, que sabía que se daba cuenta de todo y que sufría, y él no podía estar a su lado para explicarle bien las cosas, para abrazarlo y consolarlo. También a ti, te eché de menos, le dijo, saliéndole de dentro, sin poder impedirlo, sorprendiéndose a sí mismo, y ella, que tampoco se lo esperaba, se ruborizó, igual que una adolescente. Entonces, lanzado, le habló –porque qué más daba ya– de la soledad que había padecido al principio, el primer año: apenas salía, de casa al trabajo y del trabajo a casa, solo eso, y los fines de semana, simplemente no salía, se los pasaba delante de la televisión o del ordenador. Y, luego, no pudiendo menos, le dijo lo de su padre, que al poco de estar fuera se había ido, y que le costó mucho aceptarlo, que todavía hoy no había día que no lo recordara. Pero también le contó que a medida que iba manejándose con el idioma, fue conociendo gente, quedando con unos y con otros, y que, entonces, su vida empezó a ir mucho mejor; que se podría decir que llegó a ser feliz, razonablemente feliz, sobre todo aquel verano que, gracias a su autorización, los niños se fueron con él: tenía tanto miedo de que no quisieran venir, que, cuando los vio en el aeropuerto, se emocionó, a punto de llorar. Y es que todo se supera, aunque hay cosas que permanecen en uno por toda la vida, que no se van jamás, y por más que lo intentas nunca logras desprenderte de ellas, de tan adheridas como están a ti, sentenció, con la voz muriéndose, casi inaudible.
![[Img #10210]](upload/img/periodico/img_10210.jpg)
La noche se había echado encima, y, cuando se dieron cuenta, estaban solos, sin nadie a su alrededor. La gente poco a poco se había ido, mañana aún era día de trabajo, y la plaza se había quedado vacía, sin niños, silenciosa, como triste. Él se levantó para pagar, y ella también lo vio todavía aceptable. No había echado barriga, ni papada. Estaba delgado, atlético, como siempre. Se notaba que seguía haciendo deporte. Aunque su cara estaba ajada, con muchas arrugas en la frente, debajo de los ojos y junto a la boca. Parecía que con él, el tiempo, la vida, había sido más implacable.
Cuando regresó, le pidió a ella que le dejara acompañarla a casa. Ella no dijo que sí, pero tampoco se opuso. Era una noche cálida, perfumada, propicia para pasear. El cielo se veía encendido de estrellas, y la luna se había tornado amarilla, medio naranja. Caminaban el uno al lado del otro, despacio, sin prisa, como si no fueran a ninguna parte. A veces los dorsos de sus manos se rozaban, parecía que los dedos se estuvieran buscando, que quisieran entrelazarse. Por momentos hablaban, por momentos se quedaban callados, reflexivos. Llegaron al parque y al pasar junto a los rosales, él, cerrando los ojos, aspiró el aroma de las rosas, que le trajo alegres y confusos recuerdos de cuando era niño. Y se acercaron a la fuente, y, para refrescarse, hundieron las manos en el agua del pilón. Con los dedos él jugaba con el chorro de plata, cortándolo una y otra vez. Ella, mientras lo observaba, se preguntó si aún él recordaría que fue ahí, al lado de esta misma fuente, donde se dieron el primer beso –hace ya tanto tiempo– otra noche como esta, también cálida y serena. De pronto, sin esperarlo, con el hueco de la mano él le lanzó el agua del chorro, lo mismo que aquella noche, y, como aquella noche, ella también se asustó y salió corriendo, alborotada, entre gritos y risas. Dejaron el parque y, descendiendo por la escalinata, revestida de hiedra, cayeron a la avenida, que tomaron ya directos hacia casa.
Ascendiendo por la avenida, aminoraron todavía más el paso, como si no quisieran llegar nunca. Mientras él miraba las copas oscuras de los árboles que la flanqueaban, y las recordaba cubiertas de flores malvas, las primeras flores que se veían en la ciudad después del invierno, ella iba pensando si decírselo o no. Decirle lo de su amigo; el amigo de siempre, desde los primeros días del colegio. Se lo dijo. Le dijo que hacía tres años, después del verano, había enfermado, y que, tras varios ingresos en el hospital, para Navidad la enfermedad ya se lo había llevado; que fue todo tan rápido, y tan duro. Siempre me preguntó por ti, incluso la última vez que lo visité en el hospital, dos días antes de morir, ya muy ‘malín’, apostilló, y luego se quedó callada, con la cabeza baja y los ojos en el suelo, sin atreverse a mirarlo, a verlo llorar. Al escuchar esa noticia, el mismo dolor extraño, que cuando le dijeron lo de su padre, lo sobrecogió, y, como entonces, también sintió que se ahogaba, que le faltaba el aire, y lloró. Lloró porque se había muerto su amigo, porque se había ido sin decirle nada, porque nunca lo había llamado, porque mañana no podría pasar por su casa para verlo y pedirle perdón, como tenía pensado.
![[Img #10213]](upload/img/periodico/img_10213.jpg)
Llegaron a la puerta del edificio, ella sacó las llaves y la abrió. Él se quedó quieto, con los hombros encogidos y las manos en los bolsillos, sin saber qué hacer. Ella, entonces, volvió la cabeza y con los ojos lo invitó a pasar. En el ascensor, tan cerca el uno del otro, después de tanto tiempo, se sintieron extraños, confundidos, como si todo fuera nuevo, como si fuera la primera vez. Al entrar en casa, notó que no olía igual que entonces, y que en el vestíbulo había otros cuadros y otra lámpara. En la mesa del salón, donde tenían las fotos de los niños y el plato de cerámica con la vela, a veces encendida, donde ella dejaba, de manera descuidada, las cartas del banco, o algún libro, ahora solo había, bien centrado, un jarrón de cristal con rosas blancas, frescas, sin pétalos caídos alrededor. Avanzaron por el pasillo, y ella, delante, encendió la luz del estudio y entró para cerrar el ordenador y cortar la corriente. Desde la puerta, vio la estantería vacía, tal como la había dejado, y en una de las baldas, solo, colocado cuidadosamente, el libro que tanto había buscado y que nunca encontró. De él sobresalía, apenas, un marcapáginas, y supuso que alguien –quizá ella, quizá otra persona– lo estuviera leyendo, o ya lo hubiera leído. Ese libro que sabía que en sus páginas se guardaba una hermosa y triste historia de amor, y que hasta los nombres de sus personajes aún podía recordar.
Después alcanzaron el dormitorio, y otra vez él se quedó parado, indeciso, y otra vez ella tuvo que girarse y mandarle pasar: lo tomó de la mano, y, tirando levemente, con ternura, lo metió dentro, en la oscuridad. A tientas, ella descorrió las cortinas y abrió una hoja de la ventana, y la luz blanca de la luna entró en la habitación, iluminando vagamente los objetos: el galán, el espejo, el cuerpo de él, sentado en la cama, medio encogido, inmóvil. En la mesilla, la foto de su hijo mayor, de cuando era niño, había sido reemplazada por la foto de una niña que no conocía, que jamás había visto, y en el armario, imaginó que no estaría su ropa, que estaría la ropa de otro hombre, una ropa seguramente más elegante que la suya. Cuando, semidesnudo, se tumbó en la cama, ella ya estaba recostada, también semidesnuda. Cada uno en el sitio de siempre, como si entre ellos nada hubiera ocurrido y todo siguiera igual. Entonces, la memoria, la de ambos, se pobló de recuerdos, recuerdos que entre los dos fueron contando, y que, al contarlos, las palabras, al amparo de la penumbra, los iban dotando de realidad, y no tardaron en verse con los niños, jugando en el salón, corriendo por el parque, ayudándolos con los deberes, llevándolos al colegio…, y también se vieron a ellos solos, de la mano por la calle, susurrándose en esta misma habitación como ahora se estaban susurrando. Así, hablando, recordando, estuvieron hasta el amanecer, igual que Ulises y Penélope, aquella primera noche que pasaron juntos en el tálamo, después de haber estado más de veinte años separados, sin verse, sin hablarse, sin amarse. Cuánto le hubiera gustado a él esa noche haberle contado a ella cómo se despidieron Ulises y la ninfa Calipso. Contarle que Calipso, cuando descubrió que Ulises, después de vivir con ella diez años, ya no la deseaba y que su único afán era recuperar su vida mortal, le dijo: “¿Tan unido te sientes a Penélope, que la prefieres a mí? ¿Es que acaso te parece más hermosa?” Y contarle lo que le respondió Ulises: “Oh, no; claro que no, tú eres una diosa, tú eres más hermosa, más grande y más maravillosa que Penélope; lo sé perfectamente. Pero Penélope es Penélope, Penélope es mi esposa, es mi vida”. Pero no se atrevió, demasiado verdadero para ser creído, para no parecer otro engaño.
Con las primeras luces del Alba, los recuerdos perdieron la realidad y se volvieron niebla, lo que de verdad eran, y ellos, vencidos por el sueño y las emociones, se quedaron dormidos, como se quedan dormidos los amantes, como debieron quedarse Ulises y Penélope: ella recostada sobre él, con la cabeza desmayada sobre su pecho, y él, con los dedos de la mano hundidos en el pelo de ella.
En Astorga, a 27 de mayo de 2014.






