Un Cordero maragato
José Paulino Cordero es un maragato que no se esconde bajo ninguna piel torticera. Cuando desembarcó en el pequeño habitáculo de la calle Covodonga, en los primeros compases de la tele local, a principios de la última década del siglo caducado, las coordenadas de nuestras inquietudes se cruzaron. Austero y recio en las formalidades y en los pensamientos, este astorgano adicto a la perfección redactó con su puño y letra uno de los periodos más sorprendentes -y diría brillantes- de la programación deportiva local, demasiado encorsetada, antes y después de su emigración al sur. Venía de la radio y sabía modular la palabra, ajena a los clichés, tanto como la atmósfera con que la envolvía.
En un plató concebido para mil y una estrategías, Paulino manejaba con destreza los tiempos, la luz, los silencios, las cábalas, las propuestas y los mensajes, y de ahí surgía un universo personal y rico en matices que no existe en el periodismo actual deportivo, salvo honradas excepciones. No era propicio a la grandilocuencia, y su discurso sereno e inteligente se asemejaba, en muchas ocasiones, a esas entrevistas pausadas en las que el interlocutor es capaz de sacar lo mejor de su invitado. A veces contaba con la complicidad de algún compañero de tareas que era capaz de interpretar la filosofía del programa y entrar en sintonía. Debes estar orgulloso de tu trabajo y de ser como eres, maragato de buen corazón.
Siempre fue un madrugador maniático y no sé si las entradas han hecho mella en esa cabezota privilegiada que la señora Ramona trajo al mundo. Casi estuvimos a punto de montar el club de fans de las Ramonas, su madre, la mía y la de Nuria la maquilladora, que en los primeros andares de la tele de aquí, como la bautizó Cantalapiedra, nos empolvaba esos defectillos que nos hacía muy difícil competir con Brad Pitt.
Llevas años en la tierra de las peonadas y hace tiempo que no arreglamos el mundo alrededor de un potaje, o lo que se tercie. Pero ya sabes a qué timbre pulsar para corroborar que casi 25 años no son nada, y menos si la halopecia, propia y ajena, ha hecho un buen trabajo.
PD; Yo nunca usaré peluca, lo prometo.
José Paulino Cordero es un maragato que no se esconde bajo ninguna piel torticera. Cuando desembarcó en el pequeño habitáculo de la calle Covodonga, en los primeros compases de la tele local, a principios de la última década del siglo caducado, las coordenadas de nuestras inquietudes se cruzaron. Austero y recio en las formalidades y en los pensamientos, este astorgano adicto a la perfección redactó con su puño y letra uno de los periodos más sorprendentes -y diría brillantes- de la programación deportiva local, demasiado encorsetada, antes y después de su emigración al sur. Venía de la radio y sabía modular la palabra, ajena a los clichés, tanto como la atmósfera con que la envolvía.
En un plató concebido para mil y una estrategías, Paulino manejaba con destreza los tiempos, la luz, los silencios, las cábalas, las propuestas y los mensajes, y de ahí surgía un universo personal y rico en matices que no existe en el periodismo actual deportivo, salvo honradas excepciones. No era propicio a la grandilocuencia, y su discurso sereno e inteligente se asemejaba, en muchas ocasiones, a esas entrevistas pausadas en las que el interlocutor es capaz de sacar lo mejor de su invitado. A veces contaba con la complicidad de algún compañero de tareas que era capaz de interpretar la filosofía del programa y entrar en sintonía. Debes estar orgulloso de tu trabajo y de ser como eres, maragato de buen corazón.
Siempre fue un madrugador maniático y no sé si las entradas han hecho mella en esa cabezota privilegiada que la señora Ramona trajo al mundo. Casi estuvimos a punto de montar el club de fans de las Ramonas, su madre, la mía y la de Nuria la maquilladora, que en los primeros andares de la tele de aquí, como la bautizó Cantalapiedra, nos empolvaba esos defectillos que nos hacía muy difícil competir con Brad Pitt.
Llevas años en la tierra de las peonadas y hace tiempo que no arreglamos el mundo alrededor de un potaje, o lo que se tercie. Pero ya sabes a qué timbre pulsar para corroborar que casi 25 años no son nada, y menos si la halopecia, propia y ajena, ha hecho un buen trabajo.
PD; Yo nunca usaré peluca, lo prometo.




