Lidia Latiseva LLK
Miércoles, 30 de Diciembre de 2015

Sobre la opinión

Procedo de una cultura y tradición donde las opiniones se basaban en unos conocimientos sobre el tema tratar y yo no opinaba si consideraba que mis conocimientos no eran suficientes para el desarrollo de la conversación. ¿Y tú qué piensas?, me interrogaban los tertulianos. No sé nada sobre esto; contestaba yo. Pero puedes opinar; me insistían. Entonces empecé a opinar siempre que podía añadir algo nuevo o diferente para lo ya dicho, aunque pronto me di cuenta de que después de opinar yo, nadie quería opinar. Y otra vez dejé de opinar, pero en mi afán de siempre buscar la verdad a través de los conocimientos consulté unos libros ‘de papel’ que tengo en mi biblioteca. Consulté en diccionarios ‘de papel’ las palabras: opinable, opinar, opinante, opinión y también, por si alguien lo prefiere en latín, busqué ‘opinio’. Para mi sorpresa y alegría en ninguna de las explicaciones constaba que las actividades relacionadas con la ‘opinio’ requieren algún conocimiento previo. Y yo, tanto tiempo sin opinar.

 

Se me abrieron las puertas de par en par y entré en el espacio de opinión. Ahora estoy opinando en cualquier lugar o ‘no lugar’. En las sobremesas en casas de mis amigos o enemigos, en restaurantes, tabernas, bares, pizzerías, hamburgueserías, kebaberías, chocolaterías; grito en los pubs y discotecas opinando, opino en las tiendas, oficinas, en consultas médicas, en las estaciones de los trenes, o de autobuses, en los aeropuertos, en los taxis, con gente de la calle, y cuando todas estas posibilidades ya las tengo agotadas, opino con mi propio yo y hasta con el universo. Entonces, cuando voy por la calle gesticulando y moviendo los labios como estos viandantes que tienen suerte de tener un teléfono móvil ‘manos libres’, y pueden resolver muchos asuntos de sus vidas sin parar, y si tienen una aplicación adecuada, pueden concertar de paso hasta una pareja sexual para un momento desocupado dentro de sus vidas ajetreadas y veloces.

 

Yo no tengo ningún tipo de apoyo en alta tecnología, ni tengo un teléfono manos libres, pero por la existencia de esta aplicación tendré que replanteármelo. Mientras tanto, sin móvil manos libres, ni su aplicación sexi, voy por sitios desiertos de la ciudad gesticulando y moviendo los labios, como en una plegaria pidiendo a que aparezca alguien para darle mi opinión, y para darle también a él una oportunidad para que opine. Yo opino, él opina. Pero a pesar de todo mi desarrollo como opinante, sigo contaminada de la opinión de que hay que disponer siempre de algunos conocimientos para poder entrar en el juego y poder sacarlos como un ‘As’ en el momento oportuno. ‘As’, juega y gana. Hoy mi ‘As’ es ‘El Carmelo’. Sí, sí, ‘El Carmelo’. Acabamos de dejar atrás el año de Santa Teresa de Jesús y el tema no es tan desfasado. Pero yo voy a hablar de una Santa del siglo pasado. Se puede considerar, aunque recluida en ‘un carmelo’,  toda su vida rezando y tratando los amores apasionados con su Dios, ella vivió entre nosotros en su vida terrenal y ahora está unida con su ‘Amado’ en el cielo "para siempre, siempre, siempre". Alguna vez me echa una mano desde allí. La conocí hace unos años viendo su retrato en una iglesia. La severa y grave expresión de su rostro no me resultó simpática. ¿Este semblante va a ser de una Santa?; pensé. Puse en marcha mi habitual escepticismo y la desafié con toda arrogancia de una atea ignorante, pidiéndole un favor, para que me demuestre su santidad. Cogí la estampita de ese retrato suyo como se cogen unos folletos en cualquier sitio para tirarlos inmediatamente. Yo no tiré esa estampita a la basura, pero pronto se traspapeló entre unos montones de papeles que tengo en casa. Me olvidé de la beata Maravillas de Jesús, pero al cabo de unos años me llegó por casualidad, la noticia de su canonización. Me di cuenta en aquel momento que el favor que pedí a la Santa me llegó hace algún tiempo, sin yo relacionarlo con ella. Sorprendida, avergonzada de mi arrogancia, fui como una peregrina a su carmelo y a su sepulcro que está ahí en una pequeña iglesia. Allí nuestro encuentro fue muy emocionante. Sentí que ella me perdonó, y me acogió bajo su custodia.

 

Pasaban los años y mi vida seguía su camino entre frivolidades y angustias, mis problemas se amontonaban y se ramificaban, pero me parecía que la Santa, como un jardinero atento y experto, quitaba alguna de estas ramas enfermas o secas, saneando todo el conjunto. Quería yo conocerla de cerca en su vida terrenal y mística, su día a día, que pensaba, como actuaba, qué sentía, como resolvía su apasionado amor con su Dios, cómo fueron sus vivencias místicas, ese deseo de la muerte como la única posibilidad de una unión con Dios ya "para siempre, siempre, siempre".

 

Otra vez me dirigí a su carmelo y a su sepulcro para conocer más cosas de esta mujer brillante y humilde y sin saberlo, ni proponerlo, llegué a este sitio santo el día de su cumpleaños. Me sorprendió la coincidencia. En la tienda típica de todos los sitios santos, allí, compré varios libros ‘de papel’ en vez de un rosario o reliquia. No se rezar, pero se leer, expliqué a la dependienta, que insistía mucho en venderme cosas santas. Tengo la impresión de que la misma Santa aprobó mi decisión y hasta me guió en la elección de estos libros porque elegí muy bien estas lecturas con el propósito de conocerla de cerca. Al llegar a casa leí estos cinco libros día y noche casi sin descanso y me acerqué a Maravillas de Jesús. La conocí como persona en su vida terrenal, en su familia, en su temprana vocación para entregar su vida a Dios, su privilegiada inteligencia, su talento literario, y a través de sus cartas, dirigidas a sus directores espirituales, conocí su alma. Estas cartas son un tesoro, un regalo, un milagro. Sobrevivieron y las podemos disfrutar, viendo maravillados de las vivencias místicas de su alma, descritas desde una inteligencia nada común y de un talento literario envidiable, estas cartas son un diario de su alma, un testimonio único e irrepetible. Me gustó mucho conocer a Maravillas de Jesús, me sorprendió y me emocionó, y ya, como nos hemos conocido, me gustaría que seamos amigas porque la admiro sin venerar. Me gustaría que como mi amiga Santa, me echara una mano desde el cielo, guiándome un poco cuando me ve perdida o angustiada. Lo agradecería desde todo mi pequeño corazón.

 

Penetrando en la vida terrenal y mística de Maravillas de Jesús, me llamó la atención de uno de sus directores espirituales, un experto reconocido de saber llevar las almas hasta Dios. Este sacerdote atendía sólo almas de varones. Maravillas fue una excepción. Él comentaba que no le interesaba hablar con las monjas contemplativas, cosa que es raro, porque esas monjas son almas puras por excelencia, pero no le producían ningún interés. ¿Qué pensaba entonces este santo varón? ¿Qué la mujer no tiene alma, o que el alma tiene sexo? Vete a saber, porque él murió en el año 1946. ¿Por qué hizo una excepción con Santa Maravillas de Jesús? A lo mejor se dio cuenta de que su alma merecía la pena.

 

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