Sol Gómez Arteaga
Miércoles, 30 de Diciembre de 2015

Importancia de la palabra

Lo primero fue el verbo, la palabra, porque lo que no se nombra no existe y para darle presencia a algo, -objeto, persona, sentimiento-, para que las cosas sean, se las tiene que nombrar. 


La palabra, afirmaba Antoine de Saint-Exupèry, es fuente de malentendidos, lo que hace que llamar a cada cosa por su nombre sea en el fondo una cuestión de gran responsabilidad. En aquellos terrenos de lo humano donde está en juego la integridad de la persona, -campo de la psicología y de la psiquiatría, campo de la política, campo de las relaciones laborales, campo de la identidad sexual…-, etiquetar o nombrar erróneamente puede causar daños irreparables. Y es que la palabra tiene tanto el don de destruir, como de construir. Destruyen los rumores, esos dimes y diretes que traen y llevan los vientos del pueblo, que desde que afloran van siendo impregnados de la subjetividad de cada receptor por el que pasan, llegando al último destinatario deformados de sentido. En cambio, hay palabras que construyen y deshacen el entuerto y el malentendido y el error, palabras sanadoras que al ser pronunciadas, una detrás de otra, son susceptibles de cambiar el mundo. Palabras como por favor, dame la mano, ven.


En momentos decisivos no nos salen las palabras precisas y pareciera que necesitáramos de un apuntador invisible que nos las indicara. En cambio otras brotan ajenas a nuestra voluntad como un manantial incontenible. 

 

Hay palabras sinónimas, palabras antónimas, palabras polisémicas, palabras locales,  palabras esdrújulas, palabras malsonantes o cacofónicas, palabras que caen como losas, palabras preferidas, palabras prohibidas, palabras como soles, palabras antiguas que parecen borradas de la faz de la tierra, pero no; palabras nuevas que se ofrecen al mundo como un recién nacido. Hay palabras grandilocuentes o difíciles de nombrar, -como trampantojo o misantropía-, palabras fáciles, -alba, luz-, palabras con derecho propio, -pido la paz y la palabra-, palabras como susurros que se ofrecen tan solo de un yo a un tú, palabras de viento que cuando se nombran se quedan pegadas al oído, -horma, añil, vaho, concordia-, palabras con personalidad propia, -prosopopeya, pretil-, palabras comodín, -y, e, ni, que-, que aunque necesarias para la construcción de significado si no se suman a otras no son nada, palabras saltarinas, -los verbos-,  palabras gráciles como alas de mariposa -ola, halo, colibrí-, palabras callejeras que se inscriben como gritos en paredes desconchadas -basta ya-, palabras mustias -entuerto, estrujar-, palabras mandonas -habla ahora o calla para siempre-, palabras perennes que por mucho que se digan no se agotan, -amor, pan- palabras musicales, -titiritití-, palabras oceánicas, -pez, bálago, azul-, palabras de domingo en tardes interminables de infancia -balón, aro, peonza-.

 

Aunque dicen que la mejor palabra está de por decir. Ello me remite al otro gran concepto, antónimo de la palabra pero no menos importante que es el silencio, el lugar de la no palabra, en el que aún caben todas las posibilidades. ¡Ah del poder del silencio!

 

Si me dieran a elegir entre palabras elegiría aquellas que lo nombran.

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