Catalina Tamayo
Lunes, 04 de Enero de 2016

A propósito de mis primeras lecturas


                                                                                                  Si nada nos salva de la muerte, al menos que el                                                                                                         amor nos salve de la vida (Pablo Neruda)

 

No soy lo que se dice una gran lectora: no leo un libro por semana. Sin embargo, siempre estoy leyendo alguno; a veces dos a la vez, en ocasiones tres. Tampoco he sido una lectora precoz: el primer libro lo leí cuando ya tenía dieciséis años. Lo mío de niña era correr por las calles de mi pueblo y hacer trastadas. Leer no me llamaba. Con todo, tuve algunos contactos con los libros.

 

El primer libro con el que yo contacté fue ‘Corazón’. El autor de este libro –como casi todo el mundo sabe– es el italiano Edmundo Amicis. Pero yo –disculpen mi incultura– no lo supe hasta hace poco, cuando me lo dijo internet. Mi padre nos lo leía a mi madre y a mí por las noches en invierno. Nos lo leía en la cocina, arrimados a la chapa. Entonces, en los pueblos las noches de invierno eran largas y no había nada que hacer. Además, nosotros no teníamos radio ni televisor. Este libro durante aquellos inviernos fue nuestra única distracción.

 

‘Corazón’ era el único libro que había en casa. Nunca he sabido de dónde salió. Ni mi padre ni mi madre saben decirme hoy cómo se hicieron con él y me temo que internet esto no podrá decírmelo. Saliera de donde saliese, lo cierto es que sus historias, torpemente leídas por mi padre, entraron en mi cabeza de niño y yo puse cara y cuerpo a sus personajes, sobre todo a aquellos niños de la primera historia. Estos niños, a medida que mi padre iba leyendo, yo los veía llegar con sus madres a la escuela el primer día de clase y esperar agolpados delante de la puerta. Sentía el golpecito que el maestro del año anterior le daba en el hombro a uno de ellos, Enrique, y escuchaba lo que luego le decía: “¿Qué Enrique? ¿Nos separaremos para siempre?” Y, aunque parezca mentira, llegaba a percibir la pena que esas palabras del maestro le causaban al chico, y se me llenaban los ojos de lágrimas. Era como si estuviera viendo una película: tan claro lo veía todo.

 

Después, algunos años más tarde, en un libro de clase –posiblemente en el libro de Lengua– encontré varios poemas que me gustaron mucho. ‘Carpintero de ribera’ fue el primer poema que yo recuerdo haber leído. Aún podría decir el lugar de la página en el que estaba impreso y el dibujo que había al lado. Este poema es de Vicente Medina, un poeta murciano. También esto lo supe mucho más tarde. Ningún profesor de literatura supo decirme quién era el autor. Les recitaba los primeros versos, pero nada. Finalmente, de nuevo tuvo que ser internet. El ‘Romance del prisionero’ y algunas de las coplas que Jorge Manrique escribió por la muerte de su padre también me parecieron algo maravilloso.

 

El último año de la escuela, en el libro de Lectura, que compramos y –no sé por qué razón– nunca usamos en clase, un día, echándole un vistazo, me tropecé con el texto de Azorín ‘Vida de un labrantín’. Me impresionó sobremanera el modo de vivir de este labrador. Su “bella resignación” ante los reveses de la fortuna –una mala cosecha, la falta de dinero para pagar la contribución, la muerte temprana de sus dos hijos varones, la partida para siempre de su hija– no se me ha ido aún del pensamiento y la considero, después de tanto tiempo estudiando, de recibir tantas clases, la mejor de las lecciones.
 


Y también el último año del instituto, ya al final, cuando estábamos en exámenes jugándonoslo todo, no resistí la tentación de leer ‘Últimas tardes con Teresa’. Uno de aquellos días, yo salí del colegio por la tarde solo para comprar este libro y así poder leer cuando quisiera un párrafo que el profesor de literatura ese mismo día por la mañana nos había leído. Todavía me acuerdo de ese párrafo. En ocasiones, cuando la melancolía me puede, cojo el libro, busco el párrafo y lo leo; lo leo y me sigue pareciendo increíble. 

 

Mi padre ya está mayor y tiene la salud quebradiza. No sé lo que tardará en irse, pero barrunto que cuando se vaya me vendrá a la memoria en algún momento la primera de esas coplas que Jorge Manrique escribió por la muerte de su padre. Esa copla la leí yo siendo niña en la escuela de mi pueblo, seguramente una tarde lluviosa de invierno, mientras se oía cómo la lluvia percutía en el alféizar de la ventana. Lo recuerdo muy bien. Recuerdo la emoción que entonces me causó, la misma que me sigue causando, que me causará.
               
                                                                                                                       

 

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