Aidan Mcnamara
Sábado, 15 de Octubre de 2016

Una carta para Bob Dylan desde Europa

Aprovechando una necrológica que ya tenía a punto, Aidan Mcnamara la transforma en un beso salutífero, una carta de despedida para con el recién galardonado Bob Dylan

 

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Estimado Bobby:

 

Enhorabuena. Te estaba escribiendo un obituario cuando oí en la radio que te habían dado el premio. Una especie de inmortalidad sin tener que palmarla. Te tuteo porque nos conoces. Y me estaba aburriendo con mis indagaciones. Habría preferido escuchar Blonde on Blonde. Así que te doy la cara mientras puedas. Te conozco desde hace cuatro décadas y aquí en esta carta o en lo que iba a ser un obituario no caben los envites. ¿Qué voy a decir yo que tú no hayas dicho? Si esta carta fuese una columna de prensa, la escribiría exactamente igual. La información está en línea. 


Mucho antes de la noticia nórdica. Los detalles son fáciles. Pero tus textos no son platos precocinados. No estoy aquí para cuestionar. Ni te voy a decir por qué mereces un premio. Las canciones no me dejan. Ya no son tuyas. Y es por esa senda que viaja todo gran artista. No las domas. No eres un chulo y no necesitas un halo. Aquí hay cariño sin hagiografía.


A veces dejo la radio puesta por si cae una sorpresa, una canción que guste sin haber nacido como una banda sonora subliminal, ‘autoocultando’ su banalidad de manera exponencial,  conforme al número de bikinis que van apareciendo en el videoclip. Ya me entiendes. Es una radio muy moderna. 


No es nostalgia la mía, y hay canciones contemporáneas muy bellas, interesantes. Pero hoy día vemos la música tanto que las letras ¡ironía de partirse el 'zulo' por las prisas! que casi nunca aparecen en los videoclips, ya no se oyen con la misma reverencia o por lo menos con una pizca de curiosidad, como en las épocas de la exploración cultural íntima y colectiva a la vez de nuestra infancia, gracias a la oferta de canales muy reducida, cuando éstas no estaban dominadas por las vías de consumo rápido de los/las 'meme/ces' de usar y tirar de las redes apuradoras actuales.


Afortunadamente no perdemos gran cosa. Porque sabemos que el gran arte es modesto y más que un polvo económico. Y te tenemos a ti. (Y a ese griego de Canadá y a todos los escritores del mundo, estos días con sus cascos ya puestos preguntándose por qué no cantan de vez en cuando.) Sin embargo, los de la envidia y nosotros sabemos que los bucles de emoción que mezclan el sabor de la palabra con su significado son mucho más que tres acordes y unos versículos sobre la chica ye-ye. 


Casi todas las letras de la canción popular, sobre todo en el mundo que domina los canales y las emisoras y los cines, el ‘anglocantante’, versan sobre el amor (el sexo), la falta de amor (el sexo cutre) y el desamor (la falta de sexo ya cutre). A veces hay canciones de amor también en la radio. Pero sus letras tratan de la muerte. Suelen ser francesas. Y acabas pensando en el sexo.

 

Sé que te ríes de vez en cuando. Te preguntaban en los años 60 sobre cómo eran tus canciones y, seguramente pensando en Rimbaud y su suerte de poder esquivar las ruedas de prensa, y de ahí dejar claro, de todos modos, que el quid ya yace en lo escrito, contestaste que algunas eran de cuatro minutos y otras de ocho incluso algunas de 20.

 
El Nobel, como sabes, y porque controlas (el lenguaje de la calle es más rico cuando la calle tiene biblioteca), es tan prestigioso como polémico. Quizá por vez primera en la historia de este galardón esos dos polos se besarán. Cosa sobre la que no quiero frivolizar, dado que el acolado Kis/singer nunca iba a ser el cantante del beso y Gandhi no te iba a dar mala sombra, puesto que tú jamás aspirabas a nada en esa dirección y él no lo ha ganado. Ni profeta, ni caudillo (segunda aceptación o, si soy menos pedante, líder para los supercool castellanorechazistas internacionalistas de polo que no se enteran del inglés de verdad, ni part-time), ni portavoz.


Es verdad que juego un poco con las categorías. El premio es para la literatura, por escribir, una categoría tampoco carente de controversia. Sobre todo por las decepciones excluyentes. Pero como estoy de buen humor y lo he querido compartir y celebrar contigo, comprendiendo que la cultura llega después de abandonar la patera, con la barriga llena, fallaré a favor de los Nobel este año con el optimismo de creer que habrá habido más aciertos que fracasos. Y esta vez espero, como dirías tú, que este fallo sea el gran triunfo, el mejor fracaso de los fracasados.


Lo que ha hecho la Academia es decirnos a tus conciudadanos de esta casa Tierra que Dylan sólo se limitaba a cantar sobre la vida, pero lo has hecho de una manera dignificada, seria (la vida es un don sagrado), con una poesía tan llena de convicción que no tiene que predicar y con ‘cantorrelatos’ arraigados en la experiencia, ‘narracantados’ con un léxico imaginativo pero nunca frío o distante, que seducen al corazón sin dejar de reconocer la inteligencia y la sutileza de nuestro ser.

 

 

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La academia nos recuerda que uno puede ser popular sin ser banal, culto sin prepotencia.


Un premio de prestigio es y tiene que ser mucho más que una recompensa. Tiene que ser un testigo. En el caso de los Nobel, suele ser tanto un reclamo como un elogio muy público, la publicidad máxima para la nobleza creadora del alma humana.


La academia también te felicita por ayudar a anular el conflicto entre las élites modernistas (Joyce, Pound, Borges, Cortázar), acusadas  de mirar por encima del hombro, con sorna, a la raza de raso y a los postmodernos que no dejan de reclamar que los tatuajes de mi gato son manifestaciones artísticas igual de importantes como los cuadros de Velázquez.

 

Pues ni los unos ni los otros. O todos, sin castas, sin altanerías, ni Belén Estebansandeces.


Se premia la calidad, la honestidad, el color, la variedad, independientes de la moda, la forma, o el éxito de la difusión - que es otra cosa. Nadie tiene que pensar ya que si algo triunfa más allá de los ámbitos más respetados académicamente o fuera de las miradas de los foros intelectualmente correctos, es sólo cosa de las masas ignorantes, poco cultivadas, estilo Gangnam. Una forma de pensar tan pobre como la que sostiene que tienes que ser famoso para ser guapo o doctor en bioquímica para ser el concejal de medioambiente (¡Ojalá!).


Hay canciones, incluso con textos de rima ‘tonadera’, populares, fáciles, pegadizas, que son preciosas en tu obra, pero hay también baladas complejas, oraciones, denuncias, protestas, elegías, relatos, sueños, diálogos y por supuesto muchas canciones de amor -del tipo que nace de la vida y no de la fantasía ‘encocada’, que también, pero sin narcisismos.


Mi primo, lector ávido de Baudelaire, que piensa que no sabes cantar o que cantas como una cucaracha colocada de mostaza lanzada al fango de la turba rancia, disfruta de Nessun Dorma cantada por Pavarotti, aunque no sepa italiano. Pero la vida y los bardos como tú nos enseñáis que la falta de coherencia mental a menudo no significa una falta de pureza de corazón. Tenemos que ser estoicos y pacientes. Sobre todo con los primos.

 

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Hay muchas formas de cantar y muchas formas de entender. Hay maneras de escupir las palabras para que hagan más trabajo (y mis amigos, los sopranos, pulen las suyas para no molestar la melodía) y formas de elegir una imagen cuando un vocablo no basta. Mi hijo tendrá que sufrir dos años de enseñanza obligatoria para aprender esto. Igual le paso Highway 61 Revisited.


Es difícil explicar las bellezas de aquellos paisajes tan distintos. El tuyo y el del aria. Es posible describirlos y plantear un conjunto de criterios estéticos, canónicos o incluso iconoclastas (o una mezcla de los dos si formas parte del jurado para el premio de la paz), pero el poder de tu convicción queda en el pecho humano y la percepción de su verdad puede ser más o menos subjetiva. Hay días para zamparte un pincho de tortilla con sumo gusto y otros para contemplar las obras de Marc Chagall. Pero tus letras van más allá de los libretos del lírico clásico, con sus derechos de pernada y sus argumentos trasnochados. Me gusta pensar que la Academia sueca ha querido lanzar una invitación hacia todos para que reconsideremos la relación entre las palabras y las modalidades de su uso. Si ya no recitamos poesía, devuélvela a la música. 

    
No comparo a Puccini contigo, Dylan, porque sois fenómenos diferentes como una caricia de Dios y un libro de Wittgenstein. Pero sí vislumbro un deje de originalidad en el fallo del jurado. La novena de Beethoven se sirvió del gran poeta Schiller pero mi corrector de textos no reconoce su nombre. Tal vez los notables de Estocolmo hayan querido destacar la pluma casi invisible que importa mucho en nuestra cultura. Desde los parlamentos y discursos de los políticos (¡qué decadencia en nuestros tiempos! Winston Churchill ganó el Nobel de Literatura demostrando tres cosas: a) uno puede ser político y pensar b) ganar una guerra y documentarlo c) y ahorrar al contribuyente el gasto de contratar a un negro para que te escriba cuatro tópicos, Hillary) hasta los pobres traductores y sus primos lejanos, como el tipo que se forró con dos palabras: Connecting People. Bobby, yo creo que esto es histórico. Para el año que viene quizá habrán entendido que Mario Camus también escribe aunque no le llamemos escritor. 

   
 La literatura “dentro de la gran tradición de la canción popular norteamericana”. Con esta frase los suecos te han dado un buen escudo contra los puristas, los hinchas de Shakespeare y Cervantes, (y sus tataranietos, y acólitos) por cierto magníficamente presentes en tu obra, y te han contextualizado: los textos han sido premiados; no las rendiciones de ellos mediante las cuerdas vocales. Y el jurado, me atrevo a decir, ha hecho una afirmación simbólica, una distinción entre lo popular y el populismo, cosa que sí se puede interpretar políticamente y no pasa nada: Que los suecos te usen para mofarse de Trump o los extremistas húngaros te la va a sudar con el orgullo invisible que guardas debajo del sombrero. En fin, eres un tío humilde. Y sabes rectificar o incluso cambiar de religión cuando no aguantas las arcadas, a sabiendas de que el decorado es un entretenimiento, cosa de la carretera (pongamos El Rocío) y nada que ver tiene con la fe. La fe en esta vida.


Metiste la pata cuando propusiste que una partida del dinero de Live Aid destinado a aliviar a las víctimas de la hambruna de Etiopía fuera a parar a los granjeros pobres del Midwest. Luego te callaste y volviste a cantar. Con un inglés de Minnesota filtrado por Nueva York.

 

 

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Los (br)exitazos de tu idioma, sobre todo cuando enchufaste la guitarra en Inglaterra, no nos limitaban a sus fronteras nacionalistas jingoístas. Tus textos nos hablan de personajes sin pasaportes, pero sí ubicados en muchas culturas y estamentos variados pero concretos, y les describes con paciencia y ternura como un ángel de la guarda en paro pero cortés y perspicaz. La patria no nos otorga la dignidad, sino el respeto y la consciencia. 


Desde el punto de vista de Helsinki u Osaka o Santiago Millas, la lengua tuya puede ser un obstáculo para el oyente que no entiende o no capta los matices (págale más al traductor para que ponga notas al pie de página) pero eso nos pasa a todos ante un texto literario, y un artista, o mejor un buen artesano que encaja bien el texto a la pasión de su envoltorio musical, siempre provocará la curiosidad que encanta, que ralentiza el encuentro con la obra y el oyente, esperando un pacto de comunión. La grandeza hay que trabajarla. Y tú sabes que la voz sólo cobra fuerza con la entrega del oído. Total, tengo que seguir los subtítulos cuando voy de coplas con Wagner.


Bobby, me piro. Que tengo unas canciones que me están llamando. Te he escrito para darte las gracias antes de que te despidas de nosotros. No coloco aquí mis cuarenta principales de tus canciones, ni hago valoraciones de tus novelas o tus biografías y tus memorias. No celebro tu coraje y la importancia daltónica en cuanto a las cuestiones de racismo en tu país. Te escribo meramente para que sepas que sabemos que el premio no es más que un beso. De los mejores. De los que vienen sin etiquetas de mérito pormenorizadas. De puro amor. Gracias por existir. Y por escribirnos sobre ese gran misterio.
 

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