Dylan
![[Img #24992]](upload/img/periodico/img_24992.jpg)
La Academia sueca obsequia cada año con una o dos sabrosas polémicas relativas a la concesión de los Premios Nobel. En la inmensa mayoría, la controversia se suscita en los apartados de Literatura y la Paz (este último, atributo de la homóloga noruega). Son los más propensos ,por resultar los más familiares y cercanos a los conocimientos de la mayoría, y por constituir el núcleo de las humanidades, altamente subjetivas en las aprobaciones o rechazos, de este reconocimiento universal. Medicina, Física y Química, o Economía, por el contrario, son galardones del área científica, mucho más concreta en argumentaciones, a la par que sólo próxima a los entendimientos de una sabiduría muy elitista.
Este año, los premios más susceptibles de la porfía dialéctica y escrita, han tenido un amplio campo para la verborrea en pro o en contra de los nominados. El de la Paz ha ido a parar a un presidente de nación, cuyo aval fue un meritorio proceso de paz en una guerra civil de más diez lustros, al que le faltó el cierre definitivo del apoyo popular en un plebiscito al efecto. Se ha premiado, pues, una intención, por loable que sea, por encima de un logro. Este matiz, no baladí precisamente, ha centrado las diversas interpretaciones de la opinión pública. Las especialidades científicas, a cambio, no admiten especulaciones semejantes, ya que se trata de acreditar investigaciones y trabajos, junto a un exigente rigor curricular.
La caja de Pandora se abrió con el Nobel de Literatura. En las quinielas previas, una buena nómina de escritores de obra impecable en la lista de espera. Entre los escépticos, el recurso a gigantes de las letras olvidados por los doctos académicos de Estocolmo en sucesivas ediciones del pasado, para sugerir o temer posibles decisiones estrambóticas. En una y otra lista, cada uno, seguro, aportaría una nutrida y atractiva relación de aspirantes.
Lo que nadie esperaba es la concesión a un autor que el mundo conoce más por su faceta musical que por la literaria, aunque esta última no sea especialmente raquítica. La Academia sueca ha encontrado en Bob Dylan un filón publicitario y polémico de muy largo recorrido, por tratarse de un personaje al alcance de todos y un icono contracultural de la prodigiosa década de los sesenta del pasado siglo, con una pléyade notable de seguidores en la era actual.
Ha sido una decisión que no, por inesperada, pueda estar restada de méritos en el premiado. Lo singular es la introducción de esa dicotomía entre música y literatura que Dylan encierra. Algo muy parecido puede pasar, por ejemplo, con Leonard Cohen, flamante Premio Príncipe de Asturias, a su vez. Ya el año pasado la elección de la ucraniana Svetlana Alexievich provocó una ruptura de conceptos, reconociendo el valor de la narración periodística, en forma de reportaje, como alto valor literario, una senda que tiene un importante recorrido en relatos de autores como Gay Talese, Truman Capote, Tom Wolffe…
Dylan, además, revela otra polémica escondida. Quizás los Premios Nobel demanden una apertura mayor en el abanico de especialidades, sobre todo, en el ámbito de las hoy desacreditadas humanidades. Literatura es la única reconocida como tal - pues la Paz responde a un concepto más abstracto y de connotaciones políticas- y se hace urgente ensanchar su campo de acción a otras expresiones artísticas. En la otra banda de los galardones científicos, tampoco hay que obviar las posibilidades de nuevas disciplinas que abre el atrayente e inquietante reto tecnológico.
Puestas así las cosas, un buen amigo, culto e irónico, sugería que el premio a Dylan podría resultar la antesala de un día que el Nobel recaiga en un twitero, como forma de reconocer el valor del lenguaje breve y conciso. O bien, y esto es de mi cosecha, que el de Medicina fuera a parar a un curandero, o el de Economía, significara la identificación universal del entorno familiar en la magia científica de hacer que los escasos dineros a administrar lleguen justitos a final de mes. Al fin y al cabo, la globalización abre las fronteras de la heterodoxia.
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La Academia sueca obsequia cada año con una o dos sabrosas polémicas relativas a la concesión de los Premios Nobel. En la inmensa mayoría, la controversia se suscita en los apartados de Literatura y la Paz (este último, atributo de la homóloga noruega). Son los más propensos ,por resultar los más familiares y cercanos a los conocimientos de la mayoría, y por constituir el núcleo de las humanidades, altamente subjetivas en las aprobaciones o rechazos, de este reconocimiento universal. Medicina, Física y Química, o Economía, por el contrario, son galardones del área científica, mucho más concreta en argumentaciones, a la par que sólo próxima a los entendimientos de una sabiduría muy elitista.
Este año, los premios más susceptibles de la porfía dialéctica y escrita, han tenido un amplio campo para la verborrea en pro o en contra de los nominados. El de la Paz ha ido a parar a un presidente de nación, cuyo aval fue un meritorio proceso de paz en una guerra civil de más diez lustros, al que le faltó el cierre definitivo del apoyo popular en un plebiscito al efecto. Se ha premiado, pues, una intención, por loable que sea, por encima de un logro. Este matiz, no baladí precisamente, ha centrado las diversas interpretaciones de la opinión pública. Las especialidades científicas, a cambio, no admiten especulaciones semejantes, ya que se trata de acreditar investigaciones y trabajos, junto a un exigente rigor curricular.
La caja de Pandora se abrió con el Nobel de Literatura. En las quinielas previas, una buena nómina de escritores de obra impecable en la lista de espera. Entre los escépticos, el recurso a gigantes de las letras olvidados por los doctos académicos de Estocolmo en sucesivas ediciones del pasado, para sugerir o temer posibles decisiones estrambóticas. En una y otra lista, cada uno, seguro, aportaría una nutrida y atractiva relación de aspirantes.
Lo que nadie esperaba es la concesión a un autor que el mundo conoce más por su faceta musical que por la literaria, aunque esta última no sea especialmente raquítica. La Academia sueca ha encontrado en Bob Dylan un filón publicitario y polémico de muy largo recorrido, por tratarse de un personaje al alcance de todos y un icono contracultural de la prodigiosa década de los sesenta del pasado siglo, con una pléyade notable de seguidores en la era actual.
Ha sido una decisión que no, por inesperada, pueda estar restada de méritos en el premiado. Lo singular es la introducción de esa dicotomía entre música y literatura que Dylan encierra. Algo muy parecido puede pasar, por ejemplo, con Leonard Cohen, flamante Premio Príncipe de Asturias, a su vez. Ya el año pasado la elección de la ucraniana Svetlana Alexievich provocó una ruptura de conceptos, reconociendo el valor de la narración periodística, en forma de reportaje, como alto valor literario, una senda que tiene un importante recorrido en relatos de autores como Gay Talese, Truman Capote, Tom Wolffe…
Dylan, además, revela otra polémica escondida. Quizás los Premios Nobel demanden una apertura mayor en el abanico de especialidades, sobre todo, en el ámbito de las hoy desacreditadas humanidades. Literatura es la única reconocida como tal - pues la Paz responde a un concepto más abstracto y de connotaciones políticas- y se hace urgente ensanchar su campo de acción a otras expresiones artísticas. En la otra banda de los galardones científicos, tampoco hay que obviar las posibilidades de nuevas disciplinas que abre el atrayente e inquietante reto tecnológico.
Puestas así las cosas, un buen amigo, culto e irónico, sugería que el premio a Dylan podría resultar la antesala de un día que el Nobel recaiga en un twitero, como forma de reconocer el valor del lenguaje breve y conciso. O bien, y esto es de mi cosecha, que el de Medicina fuera a parar a un curandero, o el de Economía, significara la identificación universal del entorno familiar en la magia científica de hacer que los escasos dineros a administrar lleguen justitos a final de mes. Al fin y al cabo, la globalización abre las fronteras de la heterodoxia.






