Claro García
Miércoles, 19 de Octubre de 2016

Sodoma, Gomorra y el huerto de mi tía

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Vivo en el Norte. El barrio es nuevo. Nos trasladamos aquí hace unos años para salvarnos de la Ciudad que tanto habíamos amado; una Ciudad que ya no era la misma, que envejecía, que amenazaba con devorarnos y que, para nuestra sorpresa, se había convertido en un territorio hostil. La Gran Ciudad, que tanto da y tanto quita, se transformó, como obedeciendo a un conjuro, en un laberinto de calles cansadas que desembocaban en nubes tóxicas, pantanos insalvables e historias imposibles. 

 

Aquí, en el Norte, sin embargo, descubrimos un sol nuevo que parecía vestir siempre de Domingo. El viento que baja de la Sierra a última hora de la tarde lo empuja hacia el Oeste para ocultarlo poco a poco en el horizonte. Es el mismo viento que lo despierta cada mañana tras la carretera y lo hace ascender a lo largo del día como un globo silencioso que ilumina un barrio desde el que todavía podemos divisar la Ciudad que abandonamos. 

 

A veces, en el paseo matinal que me he propuesto dar cada día, me detengo en el montículo que hay al lado de casa y observo a lo lejos la Ciudad, que se estira como un chicle y que se enturbia y desaparece allá abajo entre los rascacielos bajo un cielo oscuro, borroso y contaminado que limita bruscamente, como si alguien hubiese trazado la frontera con tiralíneas, con un azul limpio y despejado que más arriba, mucho más arriba, se oxigena por nubes pasajeras que también parecen escapar de sus calles, igual que hicimos nosotros. 

 

La Ciudad sigue prisionera de sí misma. De regreso al barrio, justo antes del fin del paseo, camino en paralelo por la tierra de nadie que limitan las vías del tren. A la derecha, las recientes construcciones, los bares, los gimnasios y las oficinas; hacia la izquierda, tras la alambrada, el desolado y conmovedor paisaje de frontera que trazan los Cercanías que se deslizan hacia el corazón de la Ciudad. 

 

Cada mañana, sin poder evitarlo, digo adiós a los trenes que pasan, como siempre he hecho desde que era niño, cuando los veía desde el huerto de mi tía, en Astorga. El gesto, excéntrico al principio para el resto de los paseantes -que miraban de reojo-, ha ido calando hasta el punto de que en los últimos días he descubierto con enorme sorpresa que ya no soy el primero en decir adiós al Cercanías. El saludo ha resultado contagioso, y algunos ejecutivos haciendo footing, abuelos paseando nietos, clientes del Supermercado, obreros de la construcción y alumnos del colegio próximo, levantan la mano y con contagiosa y asombrosa naturalidad dicen adiós al tren.

 

Hoy, a primera hora de la mañana, desde el montículo que os he contado, he visto en el horizonte la Ciudad, tan turbia, tan prisionera y tan contaminada, y he observado entre bares, gimnasios y oficinas aún cerradas, a hombres y mujeres que, junto a las vías, al otro lado de las alambradas, levantaban la mano y saludaban a los trenes, como si los conocieran desde siempre. He pensado entonces en la trágica y bíblica historia de las dos ciudades que desaparecieron abrasadas por la ira de Dios, que ni siquiera pudo encontrar diez hombres justos para poder perdonarlas.  

 

Yo los he encontrado. Creo que los justos, gracias a los cuales se salvará la Ciudad, son estos hombres y mujeres que, como cuando éramos niños, dicen adiós a los trenes que pasan, pero no me preguntes por qué.

 

 

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