Dylan, Eco y el Apocalipsis
Nuestro colaborador, Mario Paz González, analiza la concesión del premio Nobel a Bob Dylan a raíz de las diversas opiniones contradictorias generadas estos días en los medios y las redes. Y lo hace en el contexto del enfrentamiento entre apocalípticos e integrados del que hablaba Umberto Eco hace ya cincuenta años.
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Imagino que Umberto Eco estará retorciéndose de alegría en su tumba al conocer la noticia de la concesión del Premio Nobel de Literatura a Bob Dylan. Y no estoy hablando de los gustos literarios o musicales del fallecido semiólogo italiano (los cuales desconozco por completo), sino porque la polémica surgida la raíz del premio ha reavivado un debate que él mismo inauguró hace ya más de cincuenta años en su, tan citado como poco leído, ensayo Apocalípticos e integrados (1964).
Eco exponía allí dos posturas contrarias y case irreconciliables frente a la cultura de masas y, me atrevería a decir, frente a la cultura en general.
Por una parte estarían los apocalípticos, aquellos que defienden la idea de que la cultura promovida por los mass-media tiende a la uniformidad, mata la originalidad y favorece lo mediocre, lo banal y lo frívolo. La consideran paternalista y manipuladora y aseguran que está dominada por las leyes del mercado, por lo que degrada la Cultura y el Arte.
Frente a ellos, estarían los integrados, para los que esas mismas manifestaciones culturales destinadas a las masas encarnan expresiones populares y, sobre todo, permiten finalmente un acercamiento a la Cultura (con mayúsculas) a sectores sociales antes alejados de ella. A lo mejor estos medios nos saturan con información, pero, en su tendencia al entretenimiento, de alguna manera también forman y sensibilizan al público al acercarle a bajo coste obras culturales.
Simplificando, para los apocalípticos la cultura vendría siendo sólo la alta Cultura, elitista, exclusiva e inaccesible, mientras que, para los integrados, podrían perfectamente pasar a formar parte de ella manifestaciones populares tales como el cómic, el rock, el cine y la televisión.
Dejando aparte las abundantes bromas y memes de días atrás (algunos muy buenos, por cierto), así como actitudes que rozan el dadaísmo periodístico (la encuesta del Abc preguntando a sus lectores si estaban de acuerdo con la concesión de este premio Nobel), las posturas observadas podrían resumirse, básicamente, en las siguientes:
Por una parte, aquellos que mostraban su clara indignación porque se hubiera concedido el premio a alguien que, por muy bien que escriba, no deja de ser un músico, juega en otra división, su obra no es comparable a la obra de un poeta, un dramaturgo o un narrador. En postura igualmente contraria podía escucharse a aquellos que consideraban que la Academia sueca había hecho una concesión a la 'comercialidad' y a la 'publicidad' [sic] por optar por una 'estrella de masas' [sic] frente a un representante del alta Cultura.
Por otro lado, estaban los que, conocedores de la obra de Dylan, aceptaban el premio con naturalidad e, incluso, hasta lo esperaban o, por lo menos, pensaban (como había dicho ya Nicanor Parra hace unos años) que Dylan lo merecía desde hacía ya mucho tiempo. También había alguno que se lamentaba de que se otorgara otro galardón importante a un hombre y no a una mujer, pues ya hay demasiados premios concedidos a hombres. Pero eso es harina de otro costal.
En cualquiera caso, apocalípticos e integrados.
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Pero además, estaban los que mostraban sorpresa y un franco desconcierto. Algunos preguntándose si esto llevaría a crear una confusión de géneros, a convertir a estos premios en un cajón de sastre donde todo vale. Se preguntaban estos si las obras de Dylan podrían encontrarse ahora en librerías (hace décadas que esto ya ocurre) y, en definitiva, llegados a este punto, si habría que cuestionarse qué es la 'cultura'. Aquí algunas de las opiniones conducían finalmente a revelar, por los propios que las emitían, un amplio desconocimiento de la obra del de Minnesota. Con todo, quizás en algunas de las preguntas expuestas estaría el meollo de las actitudes escenificadas por muchos pertenecientes a los otros dos bandos.
Personalmente, no creo que sea necesario preguntarse qué es la 'cultura' o la 'literatura', esa forma de arte que utiliza la palabra. En cualquiera caso, es más necesario aplicar la perspectiva histórica y el sentido común y alejarse de posturas elitistas y estériles. Pienso que hoy nadie pone en tela de juicio el carácter literario de las cantigas de Alfonso X, Don Denís o Martín Códax, los romances, las jarchas o los villancicos castellanos, aunque todas estas manifestaciones líricas no son otra cosa que letras de canciones, ejemplos de música popular escrita en la Edad Media. Sus autores no grabaron discos, pero hubo trovadores que disfrutaron de un reconocimiento y una popularidad similar a la de muchos músicos de hoy. Aun más, me atrevería a decir que todas las letras de todas las canciones que conforman la música popular de todos los tiempos que tengan una cierta calidad (y ese es el criterio realmente importante), al ser arte basado en la palabra, entrarían en el terreno de la literatura. Uno no deja nunca de preguntarse por qué los textos de las óperas, de los musicales o los guiones cinematográficos cuyo principal sustento sea la palabra todavía no se estudian en las facultades de letras como parte de los textos teatrales de diferentes épocas. La excesiva fragmentación en compartimentos estanco es, sin duda, limitadora.
Por otro lado, uno piensa que aquellos que critican la concesión del Premio Nobel de Literatura a Bob Dylan son los mismos que criticarían, de existir dicho premio en otras épocas, que le fuera otorgado a un Dickens (al que considerarían un mero autor de folletines de masas), a un Rimbaud (aquel chaval de actitudes marginales y mala educación) o a un Cervantes (un poeta ni mejor ni peor que otros, mediocre autor de teatro y creador de la absurda historia de un tipo que enloquece por culpa de la lectura).
![[Img #25055]](upload/img/periodico/img_25055.jpg)
La obra de Bob Dylan tiene calidad bastante para ser merecedora de este o de cualquier otro premio literario. Es cierto que hay otros autores similares y estos días se escucharon algunos nombres, como el de Leonard Cohen. Cuestión de gustos, pero lo cierto es que ninguno tiene el alcance del autor de 'Blowin' in the wind' ni ha influido tanto. Su obra contribuyó a abrir muchas ventanas, a derribar muchos muros y a tender muchos puentes entre la música afroamericana y la música blanca, entre el folk y el rock y, sobre todo, entre la lírica popular y la lírica culta, pues de todos es conocida su admiración por Dylan Thomas (de quien tomó el nombre), Rimbaud o por los autores de la Beat Generation como Allen Ginsberg.
No sé si la academia sueca buscaba contrarrestar con el premio el postureo y el elitismo de ciertos sectores culturales, pero el gesto les ha quedado de una provocación muy dylaniana. Aún queda en el aire saber si Dylan lo aceptará o no (“the answer, my friend, is blowin’ in the wind”), sin embargo, con la que se montó estos días, no pude evitar recordar unos versos casi premonitorios escritos por Mr. Zimmerman en 'The times they are a-changin’ (1963) en los que dice: “Venid escritores y críticos / Que profetizáis con vuestra pluma / Y mantened los ojos bien abiertos, / La oportunidad no se repetirá. / Y no habléis demasiado pronto / Porque la rueda está aún girando / Y nadie puede decir / A quien señalará, / Porque el perdedor hoy / Será el ganador mañana / Porque los tiempos están cambiando”.
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Imagino que Umberto Eco estará retorciéndose de alegría en su tumba al conocer la noticia de la concesión del Premio Nobel de Literatura a Bob Dylan. Y no estoy hablando de los gustos literarios o musicales del fallecido semiólogo italiano (los cuales desconozco por completo), sino porque la polémica surgida la raíz del premio ha reavivado un debate que él mismo inauguró hace ya más de cincuenta años en su, tan citado como poco leído, ensayo Apocalípticos e integrados (1964).
Eco exponía allí dos posturas contrarias y case irreconciliables frente a la cultura de masas y, me atrevería a decir, frente a la cultura en general.
Por una parte estarían los apocalípticos, aquellos que defienden la idea de que la cultura promovida por los mass-media tiende a la uniformidad, mata la originalidad y favorece lo mediocre, lo banal y lo frívolo. La consideran paternalista y manipuladora y aseguran que está dominada por las leyes del mercado, por lo que degrada la Cultura y el Arte.
Frente a ellos, estarían los integrados, para los que esas mismas manifestaciones culturales destinadas a las masas encarnan expresiones populares y, sobre todo, permiten finalmente un acercamiento a la Cultura (con mayúsculas) a sectores sociales antes alejados de ella. A lo mejor estos medios nos saturan con información, pero, en su tendencia al entretenimiento, de alguna manera también forman y sensibilizan al público al acercarle a bajo coste obras culturales.
Simplificando, para los apocalípticos la cultura vendría siendo sólo la alta Cultura, elitista, exclusiva e inaccesible, mientras que, para los integrados, podrían perfectamente pasar a formar parte de ella manifestaciones populares tales como el cómic, el rock, el cine y la televisión.
Dejando aparte las abundantes bromas y memes de días atrás (algunos muy buenos, por cierto), así como actitudes que rozan el dadaísmo periodístico (la encuesta del Abc preguntando a sus lectores si estaban de acuerdo con la concesión de este premio Nobel), las posturas observadas podrían resumirse, básicamente, en las siguientes:
Por una parte, aquellos que mostraban su clara indignación porque se hubiera concedido el premio a alguien que, por muy bien que escriba, no deja de ser un músico, juega en otra división, su obra no es comparable a la obra de un poeta, un dramaturgo o un narrador. En postura igualmente contraria podía escucharse a aquellos que consideraban que la Academia sueca había hecho una concesión a la 'comercialidad' y a la 'publicidad' [sic] por optar por una 'estrella de masas' [sic] frente a un representante del alta Cultura.
Por otro lado, estaban los que, conocedores de la obra de Dylan, aceptaban el premio con naturalidad e, incluso, hasta lo esperaban o, por lo menos, pensaban (como había dicho ya Nicanor Parra hace unos años) que Dylan lo merecía desde hacía ya mucho tiempo. También había alguno que se lamentaba de que se otorgara otro galardón importante a un hombre y no a una mujer, pues ya hay demasiados premios concedidos a hombres. Pero eso es harina de otro costal.
En cualquiera caso, apocalípticos e integrados.
![[Img #25054]](upload/img/periodico/img_25054.jpg)
Pero además, estaban los que mostraban sorpresa y un franco desconcierto. Algunos preguntándose si esto llevaría a crear una confusión de géneros, a convertir a estos premios en un cajón de sastre donde todo vale. Se preguntaban estos si las obras de Dylan podrían encontrarse ahora en librerías (hace décadas que esto ya ocurre) y, en definitiva, llegados a este punto, si habría que cuestionarse qué es la 'cultura'. Aquí algunas de las opiniones conducían finalmente a revelar, por los propios que las emitían, un amplio desconocimiento de la obra del de Minnesota. Con todo, quizás en algunas de las preguntas expuestas estaría el meollo de las actitudes escenificadas por muchos pertenecientes a los otros dos bandos.
Personalmente, no creo que sea necesario preguntarse qué es la 'cultura' o la 'literatura', esa forma de arte que utiliza la palabra. En cualquiera caso, es más necesario aplicar la perspectiva histórica y el sentido común y alejarse de posturas elitistas y estériles. Pienso que hoy nadie pone en tela de juicio el carácter literario de las cantigas de Alfonso X, Don Denís o Martín Códax, los romances, las jarchas o los villancicos castellanos, aunque todas estas manifestaciones líricas no son otra cosa que letras de canciones, ejemplos de música popular escrita en la Edad Media. Sus autores no grabaron discos, pero hubo trovadores que disfrutaron de un reconocimiento y una popularidad similar a la de muchos músicos de hoy. Aun más, me atrevería a decir que todas las letras de todas las canciones que conforman la música popular de todos los tiempos que tengan una cierta calidad (y ese es el criterio realmente importante), al ser arte basado en la palabra, entrarían en el terreno de la literatura. Uno no deja nunca de preguntarse por qué los textos de las óperas, de los musicales o los guiones cinematográficos cuyo principal sustento sea la palabra todavía no se estudian en las facultades de letras como parte de los textos teatrales de diferentes épocas. La excesiva fragmentación en compartimentos estanco es, sin duda, limitadora.
Por otro lado, uno piensa que aquellos que critican la concesión del Premio Nobel de Literatura a Bob Dylan son los mismos que criticarían, de existir dicho premio en otras épocas, que le fuera otorgado a un Dickens (al que considerarían un mero autor de folletines de masas), a un Rimbaud (aquel chaval de actitudes marginales y mala educación) o a un Cervantes (un poeta ni mejor ni peor que otros, mediocre autor de teatro y creador de la absurda historia de un tipo que enloquece por culpa de la lectura).
![[Img #25055]](upload/img/periodico/img_25055.jpg)
La obra de Bob Dylan tiene calidad bastante para ser merecedora de este o de cualquier otro premio literario. Es cierto que hay otros autores similares y estos días se escucharon algunos nombres, como el de Leonard Cohen. Cuestión de gustos, pero lo cierto es que ninguno tiene el alcance del autor de 'Blowin' in the wind' ni ha influido tanto. Su obra contribuyó a abrir muchas ventanas, a derribar muchos muros y a tender muchos puentes entre la música afroamericana y la música blanca, entre el folk y el rock y, sobre todo, entre la lírica popular y la lírica culta, pues de todos es conocida su admiración por Dylan Thomas (de quien tomó el nombre), Rimbaud o por los autores de la Beat Generation como Allen Ginsberg.
No sé si la academia sueca buscaba contrarrestar con el premio el postureo y el elitismo de ciertos sectores culturales, pero el gesto les ha quedado de una provocación muy dylaniana. Aún queda en el aire saber si Dylan lo aceptará o no (“the answer, my friend, is blowin’ in the wind”), sin embargo, con la que se montó estos días, no pude evitar recordar unos versos casi premonitorios escritos por Mr. Zimmerman en 'The times they are a-changin’ (1963) en los que dice: “Venid escritores y críticos / Que profetizáis con vuestra pluma / Y mantened los ojos bien abiertos, / La oportunidad no se repetirá. / Y no habléis demasiado pronto / Porque la rueda está aún girando / Y nadie puede decir / A quien señalará, / Porque el perdedor hoy / Será el ganador mañana / Porque los tiempos están cambiando”.




