José Luis Puerto
Jueves, 03 de Noviembre de 2016

Días de la memoria

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En ese proceso acelerado de ‘anglosajonización’ (permítasenos el barbarismo) en el que andamos metidos desde hace ya lustros, estos días festivos de Todos los Santos y de los Fieles Difuntos, que hemos celebrado siempre los días 1 y 2 de noviembre y con estos nombres que vienen de nuestra tradición católica, se están sustituyendo, desgraciadamente, por esa fiesta de disfraces y calabazas, que responde a un nombre que ahora no vamos a incluir en estas líneas, pero que está a diario y a todas horas en los medios de comunicación.

 

El ser humano, aparte de animal de costumbres, es un ser ritual. Nuestra especie, debido a dos rasgos que nos caracterizan (tener conciencia y sociabilidad), es una especie que existe en el tiempo a través de los ritos. De continuo los estamos utilizando para transcurrir por el tiempo de modo social, de modo comunitario.

 

Y estos días, en una sociedad eminentemente urbana que somos, todos los que podemos acudimos a nuestros pueblos de origen a rendir un tributo de memoria a nuestros antepasados, a nuestros familiares fallecidos, en definitiva, a nuestros muertos.

 

Y vamos a los cementerios para depositar unas flores sobre las tumbas de nuestros seres queridos que se han marchado de este mundo a esa misteriosa eternidad, que es concebida de distintos modos, según el grado de creencia de cada cual. Los cementerios se vuelven polícromos, luminosos, se hermosean, como si, a través del rito de llevar unas flores a los nuestros fallecidos, quisiéramos expresar que hay un vínculo de belleza e incluso de vida –simbolizada por tales flores– entre nosotros y nuestros antepasados, que la muerte, por más que lo quiera, no puede destruir.

 

Tal rito, sencillo y hermoso a un tiempo (pese al componente de consumo y mercado floral que pueda tener), es la expresión de esa facultad por la que nuestra especie está investida: la de poseer conciencia.

 

Y tal conciencia hace que la memoria sea una de las herramientas más eficaces que poseemos para cartografiar nuestro paso por el mundo, para dejar huellas y señales de nuestro transcurrir vital, de nuestros quehaceres, anhelos, logros, a lo largo de todo nuestro existir y del existir de todos.

 

Días de la memoria, de una memoria afectiva que nos vincula y que nos liga con nuestros seres más queridos. Ritos del recuerdo. Porque todo aquello de lo que guardamos memoria, todo aquello que recordamos está resucitado en nosotros. Así, nuestros seres más queridos, que ya se han ido de este mundo. Y no es poco, poseer tal capacidad. Que seguimos sintiendo como un don de nuestra especie.

 

 

 

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