Isabel Llanos
Miércoles, 16 de Noviembre de 2016

Amigos de visita

    
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Ya tengo una edad, pero las etapas siempre van y vuelven, podríamos decir de un engolado modo poético, como las olas del mar. Siempre he sido más bien una persona solitaria, y casi hasta me sentía culpable por ello, por la defensa a ultranza de mi independencia y espacio, pero ahora en que una está por las redes sociales y que incluso de aficionado a eso del 'PlayGround', resulta que va un día y se encuentra un vídeo resaltando los increíbles valores de las personas solitarias: que si más inteligentes, que si saben apreciar de una manera más intensa su tiempo y a qué lo dedican, etc. Nada, que está genial y me viene muy bien para el ego… si no sigo viendo vídeos de la misma línea y me encuentro con la otra acera de morros: los increíbles valores de la gente que tiene muchos amigos. Al final va a ser que me lo voy a mirar como me leo los horóscopos: sólo les hago caso cuando lo que me dicen me conviene y andando. 


Pues en esas andaba yo, escribiendo esta columnita en la que me he apasionado y cumpliendo el sueño de ser la versión leonesa de Carrie Bradshaw en Sexo en Nueva York, cuando recibo el mensaje de una amiga, actriz italiana reconocida internacionalmente por su trabajo como Arlequín en Commedia dell´Arte que mañana viene a hacer una cosas y me propone vernos. Recién regresa de Italia donde ha estado impartiendo unos talleres muy interesantes en Sicilia con un grupo de refugiados a los que se han sumado actores (que también somos, al fin y al cabo, otra clase de refugiados) sumando vidas como una Babel contemporánea en cinco lenguas y cuatro continentes: África, Europa, Asia y Australia. Si estaba emocionada con el proyecto antes de irse, y como las máscaras que en Occidente se enfocan como protección de la verdad de las emociones lo que en realidad hacen es servir de escudo para revelarnos como seres humanos, al regreso está radiante. Hay lenguajes universales, y la atemporalidad del arte y como nos conecta a través de los siglos y culturas es el mayor legado de la Humanidad. Cantaba Julio Iglesias que las obras quedan, las gentes se van, inevitable para mí sentirse feliz de pertenecer a la destructiva especie humana cuando paseo, por ejemplo, por Astorga y contemplo la belleza atemporal de las murallas enmarcando el Palacio Episcopal de Gaudí que se mira a los ojos con una Catedral solemne. Inevitable para mí sentirme feliz con el arte efímero de una actuación en un teatro, donde se exponen las hermosas vulnerabilidades del ser humano.


Mañana dormirá en mi casa y charlaremos con vino hasta las tantas. Hacía años que no abría mi casa a las visitas. Hacía años que no abría las puertas de mi corazón a los sentimientos. Mi casa fortificada, llena de polvo y telarañas. Tan diferente de cuando empiezas a vivir solo y tienes tu propia casa, tu propio espacio y estás deseando llenarlo de gente y de visitas. Las etapas, como las olas, van y vienen. Y ahora viene la vida, la luz, y las visitas. Compartir un sofá-cama y una ducha calentada por butano, quizás unos huevos fritos con chichas y un poco de queso de Valdeón (la cecina siempre se me acaba primero), escuchar historias y compartir vida. Inevitable recordar los domingos que acompañaba a mis padres a visitar a los amigos en los pueblos cercanos: pastas caseras, café de puchero y leche con una capa de nata bien hervida y reposada después de ordeñar. Charlas de mesa camilla con hule de mapa de España y brasero. Escuchar historias y compartir vida. 

 

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