Javier Huerta
Miércoles, 16 de Noviembre de 2016

Reverte 

 

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Iba yo a escribir una saeta sobre la pasividad con que, en general, la Real Academia Española (RAE) contempla las prevaricaciones lingüísticas de algunos de nuestros políticos, cuando veo en la prensa una enconada polémica entre dos académicos de campanillas: el filólogo Francisco Rico y el novelista Arturo Pérez Reverte. Quería yo mencionar en ese artículo al admirado Fernando Lázaro Carreter a propósito de aquellos sus “dardos en la palabra” que solía publicar en El País en los años 80 y 90, dedicados a los desafueros lingüísticos de ciertos periodistas, sobre todo deportivos, y pensaba alegarlo como ejemplo del compromiso de un académico y un intelectual con la lengua española. Y es que don Fernando, a diferencia de algunos de nuestros académicos más remilgados de ahora, se mojaba. Y me preguntaba qué no hubiera dicho hoy de esta plaga del lenguaje de género —toda una jerga ya— en que incurren con premeditación descarada la mayoría de nuestros políticos, contraviniendo la gramática, la economía verbal y, lo que es peor, el sentido común. Y, como decía, me lamentaba, en fin, de que la RAE no fuera más activa en la denuncia de estos abusos y malos usos por parte de unos señores y unas señoras que, en lugar de dedicarse a lo suyo, es decir al cuidado y al engrandecimiento de la polis, se avienen a dar clases de gramática a sus conciudadanos (conciudadan@s escriben ya algunos en el colmo del paroxismo ortográfico), dando por buena la que hoy Quevedo (al que por supuesto no han leído ni leerán nunca) llamaría “la inculta politiparla”.

 

Y mira tú por dónde, va el bueno de don Arturo, y sin pelos en la lengua, como acostumbra, lanza una diatriba de no te menees contra este desquicie del lenguaje que está haciendo estragos en los medios pretendidamente cultos de la sociedad: el parlamento, la universidad, los tribunales, incluso la curia… En los sectores no cultos, es decir, los que producen el lenguaje más vivo, o sea, la calle, no ha lugar a la polémica, porque la gente sigue hablando como siempre, empleando el plural masculino que, en español, comprende ambos géneros, sin tener que referir redundantemente a vecinos y vecinas, ciudadanos y ciudadanas, españoles y españolas, tontos y tontas, gilipollas y gilipollas, porque eso sería un sin vivir, quiero decir, un sin hablar.

 

Y me alegra extraordinariamente que un académico tan popular como Pérez Reverte, novelista al que algunos exquisitos han pretendido ningunear por haber escrito algunos best sellers, se haya erigido en quijotesco adalid de esta campaña contra una neolengua que podrá ser todo lo políticamente correcta que se quiera, pero que es un disparate gramatical, un absurdo desde el punto de vista comunicativo y, sobre todo, y eso es lo más lamentable, una moda imperdonablemente cursi. Esperemos que pase pronto.

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