Trump y el cuarto poder
![[Img #25602]](upload/img/periodico/img_25602.jpg)
Me esgrimía el amigo y colega Paco Figueroa, corresponsal de largo recorrido por el exterior, la siguiente reflexión acerca de la elección de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos: “200 grandes periódicos estadounidenses a favor de Clinton y sólo 6 con el magnate, ¿qué papel juega hoy la prensa?” Cierto es que el aserto de mi compañero da para meditaciones de calado. Entre ellas, la más urgente, la de que ese cuarto poder en la primera división de las grandes influencias sociales está ahora mismo en puestos de descenso.
Uno recuerda que lograr el apoyo editorial de un gran diario hace no mucho era calzarse botas de siete leguas en una carrera electoral. Los comicios de los Estados Unidos han sido un sopapo a las vanidades corporativas de mi profesión y el necesario despertar de una somnolencia que impone, o cambios radicales, o retornos a modelos informativos que funcionaron antaño. No se puede seguir en la actual tesitura.
La prensa padece una crisis profundísima, no sólo por la irrupción en la escena mediática de nuevos formatos, léase los digitales, sino también por la forma de entender un oficio que hoy recorre su camino como gallinas sin cabeza, prisionero y poseído de prisas y apresuramientos que nada tienen que ver con la rapidez. Las primeras son enemigas del rigor y la objetividad; la segunda, nunca.
El hecho de que hoy hayan surgido plataformas digitales no resulta un fenómeno extraño. La prensa tradicional lidió en su día (parece que lo hemos olvidado) con el surgimiento de medios que la arrebataron el arma poderosa de la inmediatez. No se podía competir con la radio y la televisión en el campo de las primicias, pero los periódicos sobrevivieron con la transformación de sus mensajes, profundizando en la causalidad de los hechos y aportando a la opinión una riqueza de matices sobre cualquier suceso, incapaces de ser ofrecidos por la llamada prensa rápida. Aún hoy, en esa carrera con los espacios digitales, el valor de las ediciones de papel - sin olvidar que este material lo resiste todo - cobra fuerza en el hecho de que se reservan para sí el gran meollo de los sucesos acaecidos, tras la aséptica y lacónica alerta en internet.
La misma lectura es válida en este presente. Gigantes de las nuevas tecnologías como Steve Jobs, sostuvieron que la aparición de las redes era una evolución de formatos, no de contenidos. Sí, por ejemplo, hay peligro para los mecanismos de distribución: los populares kioscos están llamados a desaparecer; pero, nunca, el rigor documental de una noticia, a no ser que las estrategias editoriales deriven, como lo hacen, hacia el espectáculo en que se están convirtiendo los canales informativos por los imperativos del negocio instantáneo, llámese cuenta de resultados o audiencias.
De ese espectáculo, que ha laminado el gran valor formativo de la prensa, forma parte ese radical cambio de filosofía en los mensajes. Hoy no se escribe ni se habla para polemizar y abrir el pensamiento a nuevas visiones. Se busca únicamente asegurar al receptor del mensaje en sus prejuicios y en opiniones ya formadas. Así es imposible abrir los debates a perspectivas diferentes, y así se crean lectores y oyentes amorfos. Ayer, la credibilidad de un periodista era no mostrar ante el público filias o fobias, para asegurar el gran patrimonio profesional de la objetividad y la mesura. Hoy, si no eres un hooligan de cualquier causa o el más vocinglero en ese patio de vecindad que son las tertulias, la manipulada opinión pública te condena al silencio. Profundizando un poco más en esa pobreza de conocimientos, es pertinente la pregunta ¿dónde están los intelectuales? Creer, creemos que están, el problema es que no se les espera.
Trump es un producto de esta forma contemporánea de informar y de proclamar ideologías sin más fundamento y objetivo que montar una berrea. Es un hombre espectáculo que se mueve como pez en el agua en esas tablas de teatrillo de vodevil o auditorio de ópera bufa. Como él, ya son muchos los que dominan y sacan abundante rédito a una dañina metamorfosis de la prensa, sobre la que se ha aupado ese fenómeno de nuestro tiempo que es el populismo. Él gana, la prensa seria pierde.
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Me esgrimía el amigo y colega Paco Figueroa, corresponsal de largo recorrido por el exterior, la siguiente reflexión acerca de la elección de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos: “200 grandes periódicos estadounidenses a favor de Clinton y sólo 6 con el magnate, ¿qué papel juega hoy la prensa?” Cierto es que el aserto de mi compañero da para meditaciones de calado. Entre ellas, la más urgente, la de que ese cuarto poder en la primera división de las grandes influencias sociales está ahora mismo en puestos de descenso.
Uno recuerda que lograr el apoyo editorial de un gran diario hace no mucho era calzarse botas de siete leguas en una carrera electoral. Los comicios de los Estados Unidos han sido un sopapo a las vanidades corporativas de mi profesión y el necesario despertar de una somnolencia que impone, o cambios radicales, o retornos a modelos informativos que funcionaron antaño. No se puede seguir en la actual tesitura.
La prensa padece una crisis profundísima, no sólo por la irrupción en la escena mediática de nuevos formatos, léase los digitales, sino también por la forma de entender un oficio que hoy recorre su camino como gallinas sin cabeza, prisionero y poseído de prisas y apresuramientos que nada tienen que ver con la rapidez. Las primeras son enemigas del rigor y la objetividad; la segunda, nunca.
El hecho de que hoy hayan surgido plataformas digitales no resulta un fenómeno extraño. La prensa tradicional lidió en su día (parece que lo hemos olvidado) con el surgimiento de medios que la arrebataron el arma poderosa de la inmediatez. No se podía competir con la radio y la televisión en el campo de las primicias, pero los periódicos sobrevivieron con la transformación de sus mensajes, profundizando en la causalidad de los hechos y aportando a la opinión una riqueza de matices sobre cualquier suceso, incapaces de ser ofrecidos por la llamada prensa rápida. Aún hoy, en esa carrera con los espacios digitales, el valor de las ediciones de papel - sin olvidar que este material lo resiste todo - cobra fuerza en el hecho de que se reservan para sí el gran meollo de los sucesos acaecidos, tras la aséptica y lacónica alerta en internet.
La misma lectura es válida en este presente. Gigantes de las nuevas tecnologías como Steve Jobs, sostuvieron que la aparición de las redes era una evolución de formatos, no de contenidos. Sí, por ejemplo, hay peligro para los mecanismos de distribución: los populares kioscos están llamados a desaparecer; pero, nunca, el rigor documental de una noticia, a no ser que las estrategias editoriales deriven, como lo hacen, hacia el espectáculo en que se están convirtiendo los canales informativos por los imperativos del negocio instantáneo, llámese cuenta de resultados o audiencias.
De ese espectáculo, que ha laminado el gran valor formativo de la prensa, forma parte ese radical cambio de filosofía en los mensajes. Hoy no se escribe ni se habla para polemizar y abrir el pensamiento a nuevas visiones. Se busca únicamente asegurar al receptor del mensaje en sus prejuicios y en opiniones ya formadas. Así es imposible abrir los debates a perspectivas diferentes, y así se crean lectores y oyentes amorfos. Ayer, la credibilidad de un periodista era no mostrar ante el público filias o fobias, para asegurar el gran patrimonio profesional de la objetividad y la mesura. Hoy, si no eres un hooligan de cualquier causa o el más vocinglero en ese patio de vecindad que son las tertulias, la manipulada opinión pública te condena al silencio. Profundizando un poco más en esa pobreza de conocimientos, es pertinente la pregunta ¿dónde están los intelectuales? Creer, creemos que están, el problema es que no se les espera.
Trump es un producto de esta forma contemporánea de informar y de proclamar ideologías sin más fundamento y objetivo que montar una berrea. Es un hombre espectáculo que se mueve como pez en el agua en esas tablas de teatrillo de vodevil o auditorio de ópera bufa. Como él, ya son muchos los que dominan y sacan abundante rédito a una dañina metamorfosis de la prensa, sobre la que se ha aupado ese fenómeno de nuestro tiempo que es el populismo. Él gana, la prensa seria pierde.






