Claro García
Miércoles, 30 de Noviembre de 2016

  Los zapatos de Azcona

 

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Rafael Azcona sigue siendo el gran guionista del cine español a pesar de que murió hace unos años. El cine sucede siempre en presente, así que cada vez que la magia se pone en marcha, las personas que la han hecho posible se contaminan de ese hechizo de luz y de sombra, y resucitan durante la proyección para compartir con nosotros una historia que, en el caso de Azcona, siempre era la nuestra. Nuestra historia. Nuestras historias.

 

Toda España, toda nuestra forma de ser, cabe en El Pisito, El Cochecito, El Verdugo, Plácido, La Escopeta Nacional, El Bosque Animado, La Niña de tus ojos, La Lengua de las Mariposas… Más que escribir películas, Azcona escribía seres humanos. Nos escribía por dentro y por fuera y nos mostraba tal como éramos, como fingíamos ser, como aspirábamos a ser e, incluso, como nunca llegaríamos a ser.

 

Sabía muy bien de lo que hablaba porque conocía la vida. La había vivido, lo cual le permitió llevarla al cine con asombrosa precisión. En las películas que escribió bulle la calle, la gente de verdad. Sus diálogos desprenden autenticidad, gracia. Nosotros hablamos así; al menos lo hacíamos. Y también éramos así, aunque muchos ya no quieran acordarse. Éramos así, nos comportábamos así, sentíamos así, y mentíamos, sobrevivíamos, soñábamos, amábamos y nos relacionábamos así. Todo Azcona es un repaso a los santos pecados capitales sobre los que se edifica la esencia de lo genuinamente español. Qué bien nos conocía. Escribiendo para Berlanga, Saura, García Sánchez, Cuerda, Trueba o Saura, el gran Azcona, siempre tierno, sarcástico, divertido, humilde, escéptico e irónico, mostró una realidad tan exacta que adquiría el rango de surrealismo puro, igual que la oscura época que le tocó vivir.

 

Fue Premio Nacional de Cinematografía, y ganó, entre otros muchos galardones, seis Goyas, a los que sumó otro, el Goya Honorífico. Pero lo mejor de él, además de su talento como escritor, era él mismo: lo grande que resultaba dentro y fuera del cine. Azcona estaba hecho de pequeñas historias, y en cada una de sus anécdotas, de forma divertida y aparentemente superficial, aprendías algo muy profundo.

 

Contó una vez que al principio -el principio era el neorrealismo-, los guionistas viajaban en autobuses, trenes, trolebuses, tranvías… Utilizaban el transporte público, aunque muchos caminaban, que era más sano y más barato. Los diálogos de las películas que escribían aquellos tipos estaban rebosantes de vida, de expresiones en las que el público se reconocía. Los personajes de la pantalla hablaban como ellos y vivían historias que también eran las suyas. Sin embargo, cuando comenzaron a ganar algo de dinero, los guionistas abandonaron el transporte público, se compraron un coche y, por supuesto, dejaron de caminar.

 

Curiosamente, al cabo de poco tiempo los diálogos de las películas empezaron a ser diferentes, y también las historias. Los escritores habían dejado de estar en contacto con la gente y escribían argumentos que poco o nada tenían que ver con sus espectadores, que eran hombres y mujeres de la calle, una calle que los guionistas ya no recorrían a pie ni en transporte público. Solos, sin mezclarse con nadie, a bordo de sus automóviles, los escritores de películas olvidaron cómo eran aquellos a quienes veían por la ventanilla. Se alejaron de sus inquietudes, sus necesidades y sus sueños. Habían dejado de ver y de oír. Perdieron la perspectiva.

 

No resulta descabellada, por tanto, la frase de Azcona en la que dijo que para escribir se necesita un buen par de zapatos. Y desgastarlos, claro. Se trata de una hermosa recomendación para quienes aspiran a ser escritores, pero la frase contiene, además, una tremenda e inquietante sabiduría que puede aplicarse a otros ámbitos de la vida. La política, por ejemplo. Siempre me fijo en los zapatos de los políticos. También lo hago con los banqueros y los jueces, pero en los políticos resulta todo más evidente. Hablan y hablan y, mientras lo hacen, miro sus zapatos siempre intactos. Adivino sus suelas intactas, relucientes. Sé que no nos encontraremos en la calle ni en el autobús ni en el Metro. Hablan y no entiendo lo que dicen. Están lejos, separados de nosotros por el invisible cristal de una ventanilla. Hablan y hablan y yo sigo mirando sus zapatos, tan innecesarios. No dejan de hablar. Hablan por hablar sin saber que son sus zapatos impolutos los que lo dicen todo.

 

 

 

 

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