Samuel Yebra Pimentel
Jueves, 08 de Diciembre de 2016

Descubrir el palacio es perderlo

 

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La solución a nuestros problemas ciudadanos llegará de la tematización mercantilista de nuestro casco urbano. “Semejante inspiración demuestra que todo fue un sueño”.

 

Será porque las cosas no se hacen siempre como debieran por lo que no logramos que la desnaturalización y 'deshistorización' a la que tanto nos aplicamos tengan el suficiente calado y atractivo como para que se abarroten los museos y las callejuelas. ¿Es esa la vida verdadera?

 

Astorga que es una ciudad incomparable y tal vez única en el mundo, tiene todas las papeletas para convertirse en un recinto ferial, una esquinita del gran recinto ferial plurilingüe y ciego por el que transitan todos los turistas del mundo.

 

Con ese ánimo hemos visto multiplicarse las intervenciones callejeras de nuevo cuño: procesiones espurias y desfiles y conmemoraciones de olvidadas batallas, que terminarán por afectar a las formas naturales de relación social entre ciudadanos y a lo que venía siendo experiencia auténtica del disfrute y paseo por la urbs propia (cada cual en sus evocaciones personales).

 

Se llega así a una ciudad inapropiada, ‘des-evocada’, inevocable, enajenada, que falsea su pasado al ocultar las tensiones de su verdadero proceso histórico con pachangadas paramilitares. ¿Quién tuviera abuelo que ganara una batalla?

 

Una ciudad 'des-evocada', obsesionada en encumbrar una historia para encubrir la verdadera; una ciudad de cartón piedra, de muñecos que vuelven de la guerra, muy lejos del 'imaginario' ciudadano con estas simulaciones de mercadeo, una ciudad 'desapropiada' para el habitante.

 

Eso ha sucedido ya en otros lugares donde la cosa ha ido a más. Vendieron su alma y se quedaron  sin su valor. Aquello intangible que alentaba y vitalizaba todo lo diverso; eso que, una vez troceado, empaquetado y tramitado como una manufactura habría perdido el encanto originario. Todo es ya el mismo lugar, con una ‘no-catedral’ y un ‘no-palacio, hipotecados a sus ciudadanos.

 

Algo así ocurrió con ciertos paisajes de los caminos de Antonio Machado, que una vez puestos en valor perdieron su principal valor: la atmosfera de silencio. ¡Un paraíso encontrado siempre será un paraíso perdido! ¿Quién podrá vender el calor de la tierra, el murmullo de las acacias floridas en el viento, la soledad sonora, o el miedo de desnudar tu sombra y no encontrarte?

 

Una vez convertida la ‘urbs magnifica’ en un ‘paisaje de sustitución’, nos quedará tan solo el ser los figurantes del escenario de cartón piedra del enorme recinto ferial por el que tal vez paseará algún grupo de escurridos turistas, o de turismos de época despistados del gran carril de las simulaciones en que habrá devenido el mundo.

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