Ángel Alonso Carracedo
Jueves, 22 de Diciembre de 2016

Globalización contaminada

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Mis iguales en edad se embriagaron del mayo del 68 con la breve demora de un lustro. Prendió en efervescencias utópicas de muy variado signo. Una de las cuales fue el de una civilización universal, que hiciera caer fronteras nacionales como fichas de dominó. No es que se renunciara a la patria chica. Era el primer eslabón de una cadena. La secuencia seguía los eslabones del gentilicio de la ciudad, del país, del continente y del orbe planetario. De esta manera, terminábamos proclamándonos ciudadanos del mundo. Un concepto que llenaba de orgullo cosmopolita las inquietudes revolucionarias y atajaba caminos en erradicaciones  como la miseria, la injusticia y las guerras. Siempre teníamos a mano París, y lo que aquellas revueltas estudiantiles y proletarias, de la mano, movilizaron en el magnético 1968, quizás el año más intenso de la centuria pasada.

 

Ciudadanos, y del mundo, casi nada. El planeta ya no era una fantasía inalcanzable. Se convertía, por obra del eufemismo liberador, en una inmensa metrópoli al alcance de cualquiera, a poco que volara el pensamiento. En nuestro magín se construían idílicas conexiones de civilizaciones y culturas. La imaginación había tomado el poder y lo hacía con la idea del supremo logro del hermanamiento de la humanidad. Ciudadano, palabra mágica, que descabalgó dos siglos antes, en el mismo país, el odioso concepto de súbditos, tenía buena prensa e igualaba raseros en condiciones humanas de toda laya y condición. Se amamantó en el filo apocalíptico de cadalsos y guillotinas. Pero removió la historia y nada volvió a ser como antes.

 

El mundo, pasados casi cincuenta años, ya no es ni metrópoli ni, siquiera, ciudad. Puede asumir perfectamente la condición de barriada. Esta era del internet permite hablarnos unos a otros a decenas miles de kilómetros estando frente a frente, sin otro intermediario que una microcámara adosada a un ordenador o a un terminal telefónico. Enviar una carta al extranjero tardaba jornadas en llegar y hoy es sólo cuestión de unos pocos segundos. Viajar entre continentes no demanda un equipaje interminable de baúles; simplemente basta con una mochila. El transporte de personas y mercancías puede ser perfectamente la actividad empresarial que más ha democratizado y masificado su uso. Dar una vuelta a la tierra es cuestión de horas, un día a lo sumo, en  sofisticadas aeronaves, cuando hace un siglo era empeño, en el mejor de los casos, de semanas, y de voluntad inquebrantable de aventura.

 

Las conquistas sin percepciones de gesta sumen a todos en una bostezante rutina. Esa ciudadanía del mundo se ha dejado en el camino el encanto de la quimera para tornarse en una prosaica y alienante globalización. El término arrebata grandezas y recupera la miseria de los súbditos. El mundo, bajo ese sometimiento a los dictados de rentabilidades avariciosas, no se recorre hoy en busca de inquietudes culturales  o de mestizajes contagiosos, sino bajo premisas de boyantes plusvalías económicas para bolsillos voraces, al amparo de los colosales vacíos reguladores en países en desarrollo.

 

Emigrar antaño era buscar una vida mejor. Con sacrificios, esfuerzos y privaciones, de acuerdo, pero con horizontes de grandeza que dignificaron muchas existencias.  Emigrar ahora es, sencillamente, sobrevivir; salir de la nada para entrar en la rueda en giro constante de las inseguridades y las retribuciones miserables. La globalización es una ciudadanía cruel, porque no se la ha dotado de más visión que la meramente económica y/o comercial. Es el estandarte o mascarón de proa de la dictadura de los mercados. Es el argumento torticero de los apóstoles del libre comercio, para remunerar mano de obra en la divisa de la explotación y exportar, libres de aranceles, a sus ricos graneros nacionales, glamurosas y carísimas manufacturas sudadas en talleres clandestinos del tercer mundo.

 

Aquel mayo del 68, y el orgullo de ser ciudadanos planetarios que inoculó, mostró un mapa, quizás dibujado con coordenadas inexactas, acerca de la superación de nacionalismos excluyentes. La realidad, ahora, es que la construcción de entes supranacionales que hiciesen germinar aquel ideal, está camino del derrumbe, si no hay un giro radical en prioridades y objetivos. El pragmatismo de los mercaderes y de las políticas cortoplacistas, desde que el mundo es mundo, ha envenenado las utopías.

                                                                                                                        

                                       

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