José Luis Puerto
Jueves, 25 de Mayo de 2017

Todos somos la vida

 

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En este tiempo nuestro tan convulso, con tantos caos y desquicies, con tantas guerras y refugiados y ahogados y asesinados (la terrible monstruosidad terrorista de Manchester, o la de cualquier otro lado, absolutamente condenables todas, por lo insoportables que resultan para la dignidad humana)..., en este tiempo nuestro, afirmar el supremo valor de la vida humana, de cada vida humana, de todas las vidas humanas, no está de más, no tendría nunca que estar de más.


Acuden aquí –en esta absoluta defensa, sin matices, de todas las vidas humanas– versos de los poetas mexicanos Octavio Paz y de Jaime Torres Bodet, que proclaman siempre esa sacralidad de la vida humana, incuestionable siempre.


El decisivo Octavio Paz, en ese bellísimo poema titulado ‘Piedra de sol’, una de las cimas de la poesía contemporánea en castellano, afirma: ‘Todos somos la vida’. Es, sí, como si la vida fuera una suerte de cuerpo místico en el que estamos todos, del que todos formamos parte. Porque la vida es una suerte de comunión de la que todos participamos; o una enorme e invisible red constituida por todos. Y cada uno de nosotros sería un nodulillo de tal red.


Y Jaime Torres Bodet, en su poema titulado ‘Civilización’, afirma, ya en el arranque de tal texto lo siguiente: “Un hombre muere en mí cada vez que un hombre muere en cualquier parte asesinado”. De nuevo, la idea poética de cuerpo místico.


Cuando muere cualquiera de los seres humanos, morimos todos un poco, porque –y esto hay que proclamarlo siempre, con Octavio Paz y con todas las consecuencias– “todos somos la vida”, que es lo más sagrado y lo que ha de merecernos a todos el mayor de los respetos.

 

 

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