Marcos Carrascal Castillo (@M_CarrascalC)
Viernes, 02 de Junio de 2017
¡Viva el siglo XIX!
La semana pasada, acudí a visitar mi colegio. Me recibieron encantadoramente mis profesores. Con quienes más me entretuve fue con mis dos profesores de Lengua y Literatura, que me enseñaron a amar esta vocación de escritor. Uno de ellos, empeñado en que estudie Filología Hispánica, advertía sandungueramente que “tenía esperanza en que me matriculara allí”; y, como colofón de su argumentario, me señalaba a los magníficos hijos de Calíope de la Generación del 27: profesores de Literatura. Yo, lector en esos instantes de Pereda, le respondí con las carreras elegidas por éste, Galdós, Clarín… Me interrumpió, aduciendo que “me había quedado en el siglo XIX”. Así pues, le rebatí, mencionando a Delibes y a Cela. Él podía empatarme con Torrente Ballester; pero, quizás por cortesía, esbozó una silente sonrisa de complicidad.
Calle abajo, meditaba acerca de los escritores del siglo XIX. Para mí, son formidables; con razón. Esa centuria comienza en España con el Duque de Rivas, Martínez de la Rosa o “Fernán Caballero” y finaliza con Valle-Inclán, Unamuno, Machado, Azorín o Maeztu. Entre estas personalidades, emana un río de artistas, como Zorrilla, Bécquer, Espronceda, Galdós, Clarín, Pereda, Pardo Bazán o Blasco Ibáñez. Y pensé: ¡Viva el siglo XIX!
Durante mi infancia, cuando me empecé a interesar por la historia, pensaba que el siglo XIX era un espacio inexacto que actuaba de transición entre los suntuosos y colosales palacios e incontestables reyes con galas y corona hasta la Guerra Civil. Debía de ser un período muy amplio —pensaba yo— porque los palacios y reyes venían precedidos por un habitual: “Hace mucho, mucho tiempo…” y, en cambio, la Guerra Civil, de la que tenía los mismos conocimientos que actualmente poseo de Física Cuántica, la habían sufrido mis abuelos. El siglo XIX era un verdadero enigma.
Seguí sin interesarme por esta centuria, que yo identificaba con una larga época, cuando comencé a estudiar Historia más minuciosamente. Asimismo, mi cerebro regaba indistintamente porciones de este siglo. Supe que en ese “siglo XIX” transcurrió ‘Orgullo y prejuicio¡, que, antes de leerla de mano de Austen, creía que era una película proyectada algún fin de semana en el televisor. Nuevamente el cine creó en mí una fotografía del siglo XIX: casas victorianas, lenguaje grandilocuente, levitas, capas negras con sus sombreros de hongo, bastones, vestidos fastuosos, amoríos prohibidos, zapatos negros… Y, para confirmar mi impresión de época de transición: los reyes se cuidaban de no portar corona o cetro alguno y vestían como sus súbditos, algunos de los cuales albergaban mayor poder.
Con trece años, el otro profesor de Lengua y Literatura que no he mencionado anteriormente, luego de leer una redacción mía, al lado de una buena nota, me escribió un misterioso apellido —que yo imaginé que era un adjetivo de mi obra cuyo significado habría de buscar—: ‘Zumalacárregui’. Finalizada la clase, me explicó que ese palabro hacía referencia a un general carlista —adjetivo que conocía inexactamente— y a una novela de Galdós. Recuerdo que enmudecí y quedé lívido. Mi hermana mayor estaba forcejeando con Misericordia, del mismo autor. Y yo, valiente, tras vacilar, me dispuse a engullir la obra. Ésta me encantó, y sirvió de puerta al siglo XIX.
Leí ávidamente las biografías de los escritores decimonónicos que más me atraían, y sus vidas me enseñaron estos imprescindibles cien años, padres de la actualidad. Descubrí una nación que derrotó al imperio más poderoso del momento con la sangre plebeya y sin mando patricio y que, tras el largo e insoportable elenco de constituciones, se encontraba un pueblo que soñaba con un futuro mejor. Empero, mis deseos por conocer este siglo se expandieron allende las fronteras. Siendo un púber, gracias a Zola y Víctor Hugo, supe que muchos de los hijos bastardos de la Revolución Industrial no se resignaban a los abusos; y aparecieron en mi biblioteca lecturas revolucionarias que me ayudarían a entender las casas victorianas, el lenguaje grandilocuente, las levitas, las capas negras con sus sombreros de hongo, los bastones, los vestidos fastuosos, los amoríos prohibidos, los zapatos negros… de mano de Maheu: hambre, precariedad, accidentes laborales, alpargatas, carbón, escaso menaje y vestuario, gorros frigios, humildes moradas en las que se encontraban embutidas largas familias, solidaridad, minas, fábricas, ruido, niños sin educación, sindicatos, publicaciones costeadas con sudor… El siglo XIX es La Anna Karenina y Los Miserables; Marianela y La Regenta; El Retrato de Dorian Gray y Fausto; Las Barracas y Los Pazos de Ulloa; Moby Dicky y Frankenstein o El Moderno Prometeo; Don Juan Tenorio y Peñas Arriba; las Aventuras de Tom Swayer y Oliver Twist; El Estudiante de Salamanca y las Leyendas becquerianas; Las Aventuras de Sherlock Holmes y Nana; La Canción del Pirata y Comedias Castizas; Los Hermanos Karamazov y La Comedia Humana… El siglo XIX es esplendoroso. Y, si no le gusta, “vuelva usted mañana”.
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La semana pasada, acudí a visitar mi colegio. Me recibieron encantadoramente mis profesores. Con quienes más me entretuve fue con mis dos profesores de Lengua y Literatura, que me enseñaron a amar esta vocación de escritor. Uno de ellos, empeñado en que estudie Filología Hispánica, advertía sandungueramente que “tenía esperanza en que me matriculara allí”; y, como colofón de su argumentario, me señalaba a los magníficos hijos de Calíope de la Generación del 27: profesores de Literatura. Yo, lector en esos instantes de Pereda, le respondí con las carreras elegidas por éste, Galdós, Clarín… Me interrumpió, aduciendo que “me había quedado en el siglo XIX”. Así pues, le rebatí, mencionando a Delibes y a Cela. Él podía empatarme con Torrente Ballester; pero, quizás por cortesía, esbozó una silente sonrisa de complicidad.
Calle abajo, meditaba acerca de los escritores del siglo XIX. Para mí, son formidables; con razón. Esa centuria comienza en España con el Duque de Rivas, Martínez de la Rosa o “Fernán Caballero” y finaliza con Valle-Inclán, Unamuno, Machado, Azorín o Maeztu. Entre estas personalidades, emana un río de artistas, como Zorrilla, Bécquer, Espronceda, Galdós, Clarín, Pereda, Pardo Bazán o Blasco Ibáñez. Y pensé: ¡Viva el siglo XIX!
Durante mi infancia, cuando me empecé a interesar por la historia, pensaba que el siglo XIX era un espacio inexacto que actuaba de transición entre los suntuosos y colosales palacios e incontestables reyes con galas y corona hasta la Guerra Civil. Debía de ser un período muy amplio —pensaba yo— porque los palacios y reyes venían precedidos por un habitual: “Hace mucho, mucho tiempo…” y, en cambio, la Guerra Civil, de la que tenía los mismos conocimientos que actualmente poseo de Física Cuántica, la habían sufrido mis abuelos. El siglo XIX era un verdadero enigma.
Seguí sin interesarme por esta centuria, que yo identificaba con una larga época, cuando comencé a estudiar Historia más minuciosamente. Asimismo, mi cerebro regaba indistintamente porciones de este siglo. Supe que en ese “siglo XIX” transcurrió ‘Orgullo y prejuicio¡, que, antes de leerla de mano de Austen, creía que era una película proyectada algún fin de semana en el televisor. Nuevamente el cine creó en mí una fotografía del siglo XIX: casas victorianas, lenguaje grandilocuente, levitas, capas negras con sus sombreros de hongo, bastones, vestidos fastuosos, amoríos prohibidos, zapatos negros… Y, para confirmar mi impresión de época de transición: los reyes se cuidaban de no portar corona o cetro alguno y vestían como sus súbditos, algunos de los cuales albergaban mayor poder.
Con trece años, el otro profesor de Lengua y Literatura que no he mencionado anteriormente, luego de leer una redacción mía, al lado de una buena nota, me escribió un misterioso apellido —que yo imaginé que era un adjetivo de mi obra cuyo significado habría de buscar—: ‘Zumalacárregui’. Finalizada la clase, me explicó que ese palabro hacía referencia a un general carlista —adjetivo que conocía inexactamente— y a una novela de Galdós. Recuerdo que enmudecí y quedé lívido. Mi hermana mayor estaba forcejeando con Misericordia, del mismo autor. Y yo, valiente, tras vacilar, me dispuse a engullir la obra. Ésta me encantó, y sirvió de puerta al siglo XIX.
Leí ávidamente las biografías de los escritores decimonónicos que más me atraían, y sus vidas me enseñaron estos imprescindibles cien años, padres de la actualidad. Descubrí una nación que derrotó al imperio más poderoso del momento con la sangre plebeya y sin mando patricio y que, tras el largo e insoportable elenco de constituciones, se encontraba un pueblo que soñaba con un futuro mejor. Empero, mis deseos por conocer este siglo se expandieron allende las fronteras. Siendo un púber, gracias a Zola y Víctor Hugo, supe que muchos de los hijos bastardos de la Revolución Industrial no se resignaban a los abusos; y aparecieron en mi biblioteca lecturas revolucionarias que me ayudarían a entender las casas victorianas, el lenguaje grandilocuente, las levitas, las capas negras con sus sombreros de hongo, los bastones, los vestidos fastuosos, los amoríos prohibidos, los zapatos negros… de mano de Maheu: hambre, precariedad, accidentes laborales, alpargatas, carbón, escaso menaje y vestuario, gorros frigios, humildes moradas en las que se encontraban embutidas largas familias, solidaridad, minas, fábricas, ruido, niños sin educación, sindicatos, publicaciones costeadas con sudor… El siglo XIX es La Anna Karenina y Los Miserables; Marianela y La Regenta; El Retrato de Dorian Gray y Fausto; Las Barracas y Los Pazos de Ulloa; Moby Dicky y Frankenstein o El Moderno Prometeo; Don Juan Tenorio y Peñas Arriba; las Aventuras de Tom Swayer y Oliver Twist; El Estudiante de Salamanca y las Leyendas becquerianas; Las Aventuras de Sherlock Holmes y Nana; La Canción del Pirata y Comedias Castizas; Los Hermanos Karamazov y La Comedia Humana… El siglo XIX es esplendoroso. Y, si no le gusta, “vuelva usted mañana”.






